En el jardín interior de la universidad, bajo la sombra de un gran árbol cuyas hojas parecían hechas de cristal ahumado, los tres jóvenes se acomodaron alrededor de la mesa. La brisa sutil de la mañana traía consigo el eco lejano de los murmullos de otros estudiantes, pero en ese rincón, la atmósfera se sentía extrañamente íntima.
Kira exhaló un suspiro, acomodándose un mechón de su largo cabello blanco detrás de la oreja bronceada.
—De verdad, lamento haberlos asustado ayer —repitió Kira, mirándolos con una honestidad inusual en sus ojos de fuego anaranjado—. Mi mente se satura muy rápido cuando la verdad de un evento me golpea de imprevisto.
—No te preocupes por eso, en serio —respondió Seraphina con una sonrisa radiante, restándole importancia al asunto con un ademán de la mano—. Ya nos explicaste cómo funciona. Más bien... ¡tengo muchísima curiosidad! ¿Cómo se veía el Ángel Raziel cuando te bendijo?
Aziel también inclinó el cuerpo hacia adelante, intrigado. El encuentro con una entidad así, siempre era un misterio absoluto.
Kira desvió la mirada hacia el cielo translúcido de la universidad, recordando con precisión matemática aquel instante.
—No fue en un callejón ni en un lago negro como el tuyo, Aziel —comenzó Kira, modulando su voz con suavidad—. Lo conocí en medio de un sueño lúcido. Al principio todo estaba oscuro, pero de la nada, el espacio se convirtió en una biblioteca infinita donde los libros flotaban en el vacío. En el centro de todo, estaba él.
»Tenía el cabello largo, de un color ceniza oscuro que parecía absorber la luz a su alrededor, y unos ojos plateados tan penetrantes que sentías que te leía el alma entera con solo parpadear. No llevaba una armadura pesada como Camael; vestía simplemente una bata fluida y sencilla, de un blanco purísimo que resplandecía de forma tenue. Su presencia no te aplastaba físicamente, pero te hacía sentir completamente expuesta. Como si todas tus mentiras, tus miedos y tus secretos estuvieran escritos en un papel frente a él. Fue una experiencia hermosa, pero a la vez aterradora.
Seraphina escuchaba con las manos apoyadas en las mejillas, completamente fascinada por la descripción, mientras Aziel asentía en silencio, comprendiendo que cada ángel operaba de una forma completamente distinta según su Esfera.
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¡Ring, dong…!
El sonido de las campanas anunció el final del espacio de descanso. Los tres jóvenes se pusieron de pie, recogieron sus pertenencias y comenzaron a caminar a paso rápido hacia el gran auditorio del ala norte.
La siguiente sesión era "Estudio de Entidades Espirituales", impartida por la Profesora Vespera. Tal como Kira les había adelantado durante su charla en el jardín, la maestra comenzó la clase explicando detalladamente la existencia de los diferentes niveles de criaturas que habitaban fuera de las fronteras de la Ciudad-Santuario: desde las sombras errantes más débiles hasta las grandes calamidades primordiales que poseían una conciencia profana y destructiva.
Aziel tomaba notas apuntando meticulosamente cada detalle, mientras Seraphina lo miraba de reojo en ocasiones, admirando la seriedad con la que él se tomaba su educación.
Al terminar el bloque de dos horas, los estudiantes comenzaron a desalojar el anfiteatro. Aziel, Seraphina y Kira caminaban juntos por el pasillo principal que conducía hacia los patios exteriores, discutiendo sobre los tipos de entidades que la profesora había dibujado en la pizarra rúnica.
Sin embargo, justo al doblar una esquina, una figura les bloqueó el paso.
Era una chica inusualmente delgada y de tez pálida. Su cabello era de un llamativo color rosa pastel, lacio y largo hasta la cintura, y sus ojos tenían un matiz cambiante que parecía brillar con una luz extraña. Vestía el uniforme de la universidad, pero llevaba la corbata completamente suelta y los botones superiores de la camisa desabrochados, dándole un aspecto desaliñado pero extrañamente magnético.
—Hola, nuevos —habló la chica de cabello rosado con una voz suave, casi como un susurro arrullador—. Una pregunta... ¿ya probaron la comida de la cafetería central?
Aziel parpadeó, un tanto descolocado por la repentina interrupción.
—Eh, no, la verdad es que acabamos de...
Antes de que Aziel pudiera terminar la frase, la chica dio un paso rápido y fluido hacia adelante, invadiendo por completo su espacio personal. Con una lentitud calculada y una mirada fija en sus ojos castaños, la joven estiró su mano delgada y tocó de forma sugestiva el cuello de Aziel, deslizando sus dedos fríos por la piel de su garganta.
¡Gasp!
El pasillo pareció congelarse. Seraphina y Kira se quedaron completamente atónitas, con las mandíbulas desencajadas ante el atrevimiento de la desconocida.
Aziel se quedó inmóvil, con el cuerpo tenso, sintiendo una extraña y repentina oleada de calor recorrerle la espina dorsal, una sensación embriagadora que adormeció sus pensamientos por un segundo.
—¡Oye! ¡¿Pero qué te pasa?! —el grito de indignación de Seraphina rompió el trance. Con el rostro encendido de furia, la chica rubia dio un paso al frente y apartó bruscamente la mano de la chica rosada, interponiéndose entre ella y Aziel de forma protectora.
—¡Aléjate de él ahora mismo! —exigió Kira de inmediato, con sus ojos de fuego anaranjado destellando con una hostilidad peligrosa—. ¡¿Quién demonios te crees que eres para tocarlo de esa manera en medio del pasillo?!
La chica de cabello rosado dio un paso atrás de forma fluida, manteniendo una sonrisa enigmática y carente de cualquier pizca de vergüenza o arrepentimiento. Juntó las manos al frente y realizó una sutil inclinación de cabeza, disculpándose con una calma que rayaba en la insolencia.
—Mis disculpas, señoritas… No fue mi intención alterarlas —murmuró la chica, fijando sus ojos cambiantes por un último segundo en Aziel—. Es solo que… las emociones humanas son tan complejas. Sobre todo aquellas que se esconden dentro de los deseos más primitivos. Qué divertida es la juventud.
Sin decir una sola palabra más, la extraña joven se dio la vuelta y se alejó caminando con un contoneo perezoso, perdiéndose rápidamente entre la multitud de estudiantes del pasillo.
—¡Qué chica tan desagradable y loca! —exclamó Seraphina, cruzándose de brazos mientras bufaba de pura rabia—. Aziel, ¿estás bien? ¿Te hizo algo esa…?
Seraphina se interrumpió al notar que Aziel no respondía. El chico seguía de pie en medio del pasillo, con la mirada perdida en el vacío y la respiración sutilmente agitada.
Kira, que lo observaba con atención, frunció el ceño al notar un detalle perturbador: las pupilas usualmente castañas de Aziel se habían teñido de un sutil y antinatural color rosado brillante, un destello brumoso que parecía nublar su juicio.
¡Zzzzt!
Una aguda y punzante descarga de dolor golpeó las sienes de Kira. Su bendición de Raziel reaccionó de golpe, detectando una alteración inmediata en la verdad del estado mental de su compañero. Una emoción oculta había sido forzada artificialmente en su mente.
Sin dudarlo, Kira dio un paso al frente.
—¡Aziel, mírame! —ordenó.
Antes de que el chico pudiera reaccionar, Kira extendió ambas manos y cubrió por completo los ojos de Aziel con sus palmas, concentrando la energía de la Esfera del Esplendor. Un tenue destello de luz blanca y pura emanó de sus dedos, filtrándose de forma invisible en la frente del muchacho.
—¡Kira! ¡¿Qué estás haciendo?! ¡¿Qué le pasa a Aziel?! —preguntó Seraphina al borde del pánico, sin entender la situación.
—Esa chica de cabello rosado… —respondió Kira con los dientes apretados, concentrándose en romper el lazo mental—. Alteró una emoción en la mente de Aziel. Manipuló sus instintos de forma artificial. Afortunadamente, la bendición de Raziel me permite ver a través de los engaños e intervenir en los secretos de la mente para restaurar la verdad.
Kira exhaló un suspiro y retiró sus manos lentamente.
¡Blip!
Aziel parpadeó un par de veces de forma consecutiva. El brillo rosado de sus pupilas se disipó por completo, regresando a su profundo color castaño original. El chico sacudió la cabeza, como si se estuviera despertando de una pesadilla pesada y confusa, y miró a las dos chicas con total desconcierto.
—Uh… ¿Qué pasó? —preguntó Aziel, frotándose la frente mientras una gota de sudor frío le resbalaba por el cuello—. Sentí como si una niebla densa hubiera invadido mi cabeza por un momento. No podía pensar con claridad.
Seraphina y Kira compartieron una mirada de profunda preocupación. El peligro en la Universidad Espiritual no solo venía de las murallas exteriores; las sombras de las intenciones humanas ya estaban empezando a jugar sus cartas dentro de los mismos pasillos de cristal.
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—¡Ey! ¡Qué casualidad encontrarlos por aquí, primíparos!
Una voz alegre y despreocupada rompió la tensión en el pasillo. Aziel, Seraphina y Kira se giraron de golpe, aún con los nervios a flor de piel por el incidente. Corriendo hacia ellos a paso perezoso, con las manos en los bolsillos y el cabello castaño lleno de rizos rebotando con cada paso, venía Caleb.
Seraphina parpadeó, desconcertada por el apodo. —¿Primíparos?
Caleb ignoró por completo las caras de confusión del grupo y miró hacia ambos lados del corredor, como si buscara algo.
—Oigan, ¿de casualidad no vieron pasar a una chica de cabello rosado y cara de mosca muerta por aquí? La estaba siguiendo —preguntó Caleb, rascándose la mejilla.
Kira, cuyos ojos anaranjados aún destellaban con la energía de su intervención, frunció el ceño con profunda irritación. —¿Es amiga tuya? —preguntó la chica de piel bronceada con un tono peligrosamente afilado.
—¡Para nada! —exclamó Caleb, ofendido—. ¡Me acaba de quitar plata! Se me acercó en el patio llorando de una manera súper dramática, diciendo que había perdido las monedas para comprar unos pergaminos obligatorios para su clase y que la iban a expulsar. Me dio tanta lástima que le di mis ahorros del almuerzo... ¡y a los cinco minutos la vi comprando dulces importados en la tienda de la esquina! ¡Me estafó en mi propia cara!
La tensión del grupo se evaporó de inmediato, reemplazada por una gota de sudor frío que bajaba por la nuca de los tres. Al ver que Caleb era solo una víctima más, decidieron explicarle lo que acababa de ocurrir y cómo la chica había manipulado mentalmente a Aziel.
Al escuchar el relato, los ojos de Caleb brillaron con una emoción inexplicable. Chocó su puño contra la palma de su mano.
—¡Vaya, vaya! ¡Así que finalmente hizo su aparición la antagonista de la historia! —exclamó Caleb, asintiendo como si todo tuviera un sentido narrativo perfecto.
Aziel, Seraphina y Kira se miraron entre sí, compartiendo el mismo pensamiento en un silencio sepulcral: «Este chico definitivamente siempre va a decir cosas raras».
—Como sea... para no seguir llamándolos "primíparos", mejor preséntense —sugirió Caleb, cambiando de tema con la misma rapidez con la que respiraba.
—Soy Aziel. Ella es Seraphina, y ella es Kira —se presentó el chico, aún frotándose levemente la sien.
—Perfecto. Ahora que somos un grupo, ¡vamos a la cafetería! Me muero de hambre y no tengo plata, así que alguno de ustedes me tendrá que invitar —dijo Caleb con una sonrisa desvergonzada, comenzando a caminar hacia el comedor central.
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Mientras tanto, en otra sección de la Universidad.
Tap... tap... tap...
La chica de cabello rosado caminaba por un pasillo iluminado con un contoneo suave. Fijó su vista en un joven de cabello negro que revisaba unos libros. Con una sonrisa enigmática, se acercó a él por la espalda y deslizó sus dedos fríos por el cuello del muchacho.
—Oye... ¿me prestas plata para el almuerzo? —susurró muy cerca de su oído.
El chico de cabello negro se tensó. Sus pupilas se dilataron, perdiendo el enfoque de inmediato. Entrando en un trance absoluto, sacó su monedero de cuero y le entregó todas sus monedas de plata sin decir una sola palabra. La chica tomó el dinero, le dio unas palmaditas en la mejilla y siguió su camino.
¡Fush!
La escena cambió. Piso siete. El corredor más alto y solitario del edificio principal de la universidad.
¡Bam!
Un fuerte golpe resonó cuando la chica de cabello rosado empujó violentamente a otro estudiante de semestres superiores contra el inmenso ventanal de cristal. El chico dejó caer sus pergaminos, respirando con agitación, completamente acorralado.
La joven no dudó. Avanzó un paso y, levantando su pierna, presionó su rodilla firmemente en la entrepierna del muchacho, frotándose de forma sutil pero innegablemente lujuriosa. El chico ahogó un gemido, paralizado.
La temperatura en el pasillo parecía haber subido de golpe. La chica rosada estaba sudando; pequeñas gotas resbalaban por su cuello pálido y un rubor intenso y febril teñía sus mejillas. Sus ojos cambiantes se iluminaron con un resplandor rosado, profundo y embriagador. Respiraba entrecortadamente, saboreando la vulnerabilidad de su presa.
—Tus instintos... son deliciosos —jadeó ella, acercando su rostro.
Sin darle tiempo a reaccionar, lo tomó de la corbata y unió sus labios en un beso profundo y desesperado. No era un beso de amor; era una succión de energía. La luz rosada de sus ojos se intensificó mientras extraía las emociones y el deseo reprimido del muchacho, alimentándose de la debilidad humana.
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¡Clac, clac, clac!
El ruido de los platos, los cubiertos y las risas llenaba la inmensa cafetería de la universidad. A pesar de haber sido estafado, Caleb logró su objetivo: Aziel y Seraphina, con el dinero que les había dado Elías Thorne, le invitaron el almuerzo. Los cuatro estaban sentados en una mesa redonda, devorando sus raciones.
—La verdad, la clase de Entidades Espirituales me decepcionó un poco —comentó Caleb con la boca medio llena, pinchando un trozo de carne con su tenedor—. La profesora Vespera solo habló de sombras errantes, miasmas básicos y elementales menores. ¡Yo quería saber más sobre las grandes calamidades! Quiero escuchar sobre el Leviathan, los Behemoths de las profundidades o los dragones del abismo. ¡Eso sí es interesante!
Kira cruzó las piernas y lo miró con superioridad.
—Somos estudiantes de nuevo ingreso, Caleb. Es una clase introductoria —explicó Kira con lógica—. La universidad no va a enseñarte cómo lidiar con una entidad capaz de hundir continentes cuando apenas estamos aprendiendo a no tropezarnos con nuestros propios egos.
—¡Qué pereza! —se quejó Caleb, recostando la cabeza en la mesa—. Yo vine aquí a escuchar cosas épicas, no a tomar apuntes de sombras que se asustan con una linterna.
Seraphina soltó una carcajada ante la actitud infantil del chico, y pronto los tres se enfrascaron en una discusión animada sobre qué entidades serían más aterradoras de enfrentar.
Pero Aziel no estaba participando en la conversación. Estaba mirando fijamente su plato, revolviendo la comida sin apetito.
Un sentimiento de profunda incomodidad se retorcía en su estómago. Aunque Kira había usado el poder de Raziel para disipar la manipulación mental de la chica rosada, y Aziel no podía recordar con exactitud qué imágenes había puesto ella en su cabeza... su cuerpo sí lo recordaba.
Ba-dump.
El calor en su pecho no era el del vigor de la batalla. Era algo mucho más primitivo. Se dio cuenta, con un rubor de vergüenza y pánico mezclados, de que había estado genuinamente excitado. Aquella chica, con solo tocarle el cuello, había encendido en él un deseo crudo, una vulnerabilidad que lo desarmó por completo en medio de un pasillo público, hasta que Kira lo sacó del trance.
«¿Cómo lo hizo?», se preguntó Aziel, tocando disimuladamente su pecho, justo encima de donde descansaba la marca invisible de Camael.
El sello del Ángel le daba una inamovible resistencia física. Le otorgaba la fuerza para no morir, para soportar cortes, decapitaciones y golpes brutales. Pero, ¿y su mente? Si una simple estudiante con habilidades extrañas podía manipular sus instintos de una forma tan invasiva y lujuriosa, ¿qué pasaría si un enemigo real se metía en su cabeza?
Aziel tragó saliva. Por primera vez desde que recibió la bendición, no sintió el respaldo de la Fuerza. Sintió un miedo silencioso, dándose cuenta de que la inmortalidad de su carne no era un escudo para las debilidades de su alma.
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Hah… hah…
En el solitario séptimo piso del edificio principal, la respiración de la chica de cabello rosado comenzaba a calmarse. Un hilo de saliva brillante resbalaba por la comisura de sus labios carmesí. Se limpió con el dorso de la mano, pero su mente no estaba en el placer del momento; estaba analizando fríamente la situación.
«Es imposible…», pensó, frunciendo el ceño mientras sus ojos cambiantes perdían el destello rosado.
Cuando se había marchado del pasillo tras tocar a Aziel, no se fue muy lejos. Había alterado parcialmente su forma física para camuflarse entre los estudiantes y observar desde la distancia. Vio perfectamente cómo aquella chica de piel bronceada y cabello blanco había colocado sus manos sobre los ojos del chico, rompiendo la manipulación mental en cuestión de segundos.
«El trance que induzco dura exactamente una hora antes de disiparse por sí solo. Es una regla inquebrantable de mi autoridad… pero esa chica lo destrozó como si fuera cristal fino. ¿Quiénes son esos novatos?», se cuestionó, intrigada.
Giró la cabeza lentamente para mirar a sus espaldas. Allí, tirado en el suelo del pasillo frente al ventanal, yacía el estudiante de semestres superiores que acababa de besar. Estaba completamente desmayado, con la respiración errática. Su uniforme estaba rasgado y su rostro y cuello estaban cubiertos de marcas de labial rosado.
La chica lo observó con una indiferencia increíble, fría y absoluta, como si estuviera viendo un envoltorio de caramelo vacío tirado en la calle. Ya no le servía.
Llevó sus manos a su largo cabello rosado. Al deslizar los dedos desde la raíz hasta las puntas, el color vibrante comenzó a desteñirse rápidamente, transformándose en un tono negro y opaco. Acomodó su peinado en una trenza más recatada. Sabía que no podía alterar su complexión física —seguía siendo igual de delgada—, pero sacó un par de lentes de lectura de su bolsillo y se los colocó. Con un par de tirones rápidos, ajustó su uniforme para que luciera pulcro y estricto, ocultando cualquier rastro de la depredadora que era hace un momento.
Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia las escaleras, sin mirar atrás.
¡Fush!
Apenas la chica desapareció por el umbral de las escaleras, una ráfaga de viento antinatural barrió el séptimo piso. Cuando la brisa se detuvo, el cuerpo del chico desmayado se desvaneció en el aire, sin dejar ni el más mínimo rastro de que alguna vez alguien hubiera estado allí.
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La tarde en la universidad continuó su curso.
El último bloque del día era una clase mucho más calmada. El aula no era un auditorio escalonado, sino un salón amplio y circular con cojines en el suelo. El profesor a cargo era un hombre bastante joven, de aspecto sereno, que enseñaba las bases de la meditación para conectar el cuerpo físico con la vasija del alma.
—Cierren los ojos. No busquen el poder; busquen el silencio. El espíritu solo habla cuando el ego se calla —instruyó el joven profesor, caminando descalzo entre los alumnos.
Aziel se sentó con las piernas cruzadas, cerró los ojos y se dejó llevar. Inmediatamente, la pesadez de la marca de Camael pareció estabilizarse. Entró en un estado de paz tan profundo que dejó de escuchar los murmullos de sus compañeros. A unas cuantas filas de distancia, Kira experimentó lo mismo; la luz reveladora de Raziel encontró un remanso de tranquilidad en su mente, acallando los secretos del mundo exterior.
El tiempo pasó volando.
¡Ring…!
La campana sonó, indicando el final de las clases. Los estudiantes comenzaron a levantarse, estirando las piernas entumecidas.
Caleb, que se había quedado dormido a los diez minutos de empezar, se desperezó exageradamente y se acercó a Seraphina.
—Bueno, yo me rindo por hoy. Tengo que ir a mi casa antes de que mi familia empiece a molestar —bostezó Caleb, acomodándose su mochila—. Nos vemos mañana.
—¡Adiós, Caleb! ¡Ve con cuidado! —se despidió Seraphina, agitando la mano.
Cuando el aula quedó casi vacía, Aziel y Kira finalmente abrieron los ojos. Parpadearon un par de veces, desorientados. Al mirar a su alrededor, se dieron cuenta de que solo quedaban ellos y Seraphina, quien los miraba con una sonrisa divertida.
—¡Hasta que por fin despiertan! —bromeó la chica rubia, acercándose a ellos.
—¿Qué pasó? ¿Terminó la clase? —preguntó Aziel, frotándose los ojos. Habían pasado dos horas y él lo sintió como si hubieran sido cinco minutos.
—Hace rato. El profesor decidió no molestarlos. Dijo que rara vez ve a estudiantes de nuevo ingreso entrar en un estado de inmersión tan profundo en su primer día, así que continuó la clase y nos dejó salir en silencio —explicó Seraphina soltando una risita.
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Al salir de la universidad, los tres decidieron que era buena idea ir a comer algo. Como Aziel y Seraphina no querían llegar muy tarde a la Casa del Juicio para no preocupar a Elías y Eleanor Thorne, acordaron cenar temprano en una de las plazoletas comerciales a las afueras de la zona estudiantil.
Encontraron un restaurante rústico y acogedor llamado "El Caldero de Bronce". El lugar estaba iluminado por faroles de cristal ámbar, con mesas de madera robusta y un delicioso aroma a carne asada, especias y pan recién horneado flotando en el ambiente.
Se sentaron en un cubículo apartado, ordenaron un estofado abundante y comenzaron a comer mientras el sol empezaba a teñir el cielo de tonos naranjas. Inevitablemente, la conversación volvió al incidente del pasillo.
—Todavía no puedo creer el atrevimiento de esa chica de cabello rosado —murmuró Seraphina, cortando un trozo de pan con el ceño fruncido—. Acercarse a alguien que no conoce y tocarle el cuello de esa forma… Es perturbador.
Kira asintió, tomando un sorbo de agua antes de clavar sus ojos anaranjados en Aziel.
—Eso no fue un simple coqueteo, Seraphina. Fue manipulación directa —dijo Kira con seriedad—. Aziel, ¿qué te pasó exactamente? ¿Qué sentiste cuando te tocó?
Aziel sintió que el bocado de carne se le atoraba en la garganta. Tragó con dificultad, sintiendo cómo sus mejillas amagaban con ponerse rojas. No podía decirle a Kira —y mucho menos a Seraphina— que se había sentido genuinamente excitado y sumiso ante el tacto de una desconocida. La vergüenza era demasiada.
—Yo… —Aziel forzó una expresión de confusión, mintiendo descaradamente—. Solo sentí que mi mente se quedaba completamente en blanco. Como si una niebla muy espesa me impidiera pensar. No sentí nada más. Solo vacío.
«Por favor, que Raziel no intervenga. Por favor, que Raziel no intervenga…», suplicó Aziel en su mente, esperando con terror que a Kira le diera una punzada de dolor por estar ocultando la verdad.
Pero la chica de piel bronceada simplemente asintió, creyendo sus palabras sin inmutarse.
—Tiene sentido. Anuló tu voluntad para dejarte como un lienzo en blanco —concluyó Kira.
Aziel exhaló el aire que estaba conteniendo. Se tranquilizó de inmediato; al parecer, la bendición de los Secretos no se activaba con mentiras triviales o si la persona no forzaba el flujo de información.
—De todos modos, no podemos dejar que ande por ahí haciendo eso —dijo Seraphina, inflando las mejillas con optimismo—. Deberíamos investigar quién es. Y no será difícil. Después de todo, ¡el cabello rosado destaca muchísimo! La encontraremos fácilmente mañana en los pasillos y la reportaremos.
—Es un buen plan —coincidió Aziel, sintiéndose más animado—. Estaremos atentos.
Lo que los tres jóvenes no sabían, mientras terminaban su estofado y planeaban su pequeña investigación, era que no estaban solos.
En el cubículo justo al lado del suyo, dándoles la espalda, estaba sentada una joven solitaria tomando una taza de té. Llevaba gafas de lectura, el uniforme ajustado impecablemente y su cabello era de un negro profundo, recogido en una trenza.
La "chica de rosado" había escuchado toda la conversación. Cada palabra.
Detrás del marco de sus lentes, sus ojos cambiantes brillaron con una fascinación oscura. Una sonrisa retorcida y emocionada se dibujó en sus labios. Dejó unas monedas sobre la mesa de madera, se puso de pie en silencio y salió del restaurante, perdiéndose en la multitud de la Ciudad-Santuario mientras el sol terminaba de ocultarse.