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Undying Vigor (Novela)

Undying Vigor (Novela) – Capítulo 8

¡Ba-dump!

El latido en el pecho de Aziel finalmente comenzó a estabilizarse, aunque el calor latente del sello seguía irradiando una sutil vibración. El chico respiró hondo, forzándose a mantener la compostura bajo la intensa mirada caprichosa de la joven forastera. No podía mostrar debilidad en las escalinatas de la universidad, no frente a la arrolladora presencia de aquella chica.

Dando un paso firme hacia adelante, Aziel rompió el silencio con una voz calmada pero decidida.

—Así que... tú también eres una bendecida por un ángel, ¿verdad? —preguntó, yendo directo al grano.

La joven de piel bronceada lo observó por un instante y, con un movimiento elegante y lleno de confianza, tiró de su largo y lacio cabello blanco hacia atrás, dejando ver una pequeña sonrisa desafiante en sus labios carmesí. Sus ojos, brillantes como dos intensas bolas de fuego anaranjado, se entrecerraron con diversión.

—Vaya, qué perspicaz —respondió ella con un tono melodioso pero cargado de una innegable altivez—. En efecto, lo soy. Y por la forma en que reaccionó mi propio sello al verte, asumo que tú estás en la misma condición. Aunque... —la chica dio un paso abajo, midiéndolo de arriba abajo con curiosidad—, te ves un poco joven para portar semejante carga. ¿No eres demasiado pequeño para estar aquí?

Aziel exhaló un suspiro, cruzándose de brazos.

—Tengo veinte años —contestó de inmediato.

—¡¿Veinte?! —las cejas blancas de la chica se arquearon con genuina sorpresa, y parpadeó un par de veces antes de soltar una pequeña risa—. Vaya, hubiera jurado que tenías unos dieciocho a lo mucho. Bueno, aunque no es una diferencia abismal, no imaginé que en efecto fueras de la edad adecuada para ingresar a la universidad.

«Si supieras que mi cuerpo se detuvo por completo y nunca más volveré a envejecer, probablemente te sorprenderías más...», pensó Aziel para sus adentros, manteniendo su rostro estoico y reservado.

—Mi nombre es Kira —se presentó finalmente la chica bronceada, extendiendo una mano de forma aristocrática—. Ya que el sol está empezando a calentar demasiado y el vestíbulo está lleno de curiosos, ¿qué les parece si dejamos las presentaciones formales y pasamos a hablar adentro?

Kira se dio la vuelta para regresar por donde venía, y fue entonces cuando Aziel se percató de que la chica no estaba sola. Detrás de ella caminaba una pareja de adultos vestidos con uniformes impecables de color blanco y dorado. Al verlos, Gavin y Aria, que venían acompañando a Aziel, abrieron los ojos de par en par y dieron un paso al frente de inmediato.

—¡Juez Darius! ¡Jueza Selene! —saludó Gavin con sorpresa, haciendo una respetuosa inclinación.

La pareja de la Casa de la Claridad sonrió con amabilidad, devolviendo el saludo a los oficiales de la Casa del Juicio.

—Gavin, Aria, es un placer verlos —respondió Darius, el hombre de la túnica blanca—. Vemos que el señor Thorne también ha enviado a su nuevo portador a las inscripciones.

Mientras los cuatro experimentados Jueces intercambiaban saludos y comentaban brevemente el cansancio de haber redactado los informes de Lilith la noche anterior, Kira se detuvo a mitad del pasillo de cristal y clavó sus ojos de fuego anaranjado en la chica que caminaba pegada al costado de Aziel.

—Por cierto... —comentó Kira, ladeando la cabeza con curiosidad hacia la rubia—. He notado que no dejas de mirarme. ¿Quién eres tú? ¿Su sirvienta o algo así?

Antes de que Aziel pudiera abrir la boca para explicar la incómoda mentira de que Seraphina era su "sirvienta", la chica de cabello dorado dio un paso al frente con una determinación desbordante. Imitando sutilmente el gesto de Kira, Seraphina se tiró su brillante cabello rubio hacia atrás y la miró fijamente con sus ojos dorados, inflando el pecho con orgullo.

—No soy solo una sirvienta —declaró Seraphina con una voz firme y melodiosa—. Soy la compañera de Aziel. Caminamos juntos en esto.

Ba-dump.

Aziel sintió un vuelco en el corazón al escucharla hablar con tanta propiedad.

Kira parpadeó un par de veces ante el repentino arranque de orgullo de la chica rubia, pero lejos de molestarse, su sonrisa desafiante se ensanchó, encontrando la actitud de Seraphina sumamente divertida y genuina.

—Una compañera, ¿eh? Me gusta eso. Tienes agallas, monita—comentó Kira de forma natural—. Está bien, hablemos adentro entonces.

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El grupo ingresó al majestuoso vestíbulo de cristal de la universidad. Kira demostró estar sumamente adelantada; les explicó que había madrugado bastante para evitar las aglomeraciones, por lo que ya tenía en sus manos sus documentos impresos.

Durante las siguientes dos horas, gracias a la guía de Gavin, Aria y los Jueces de la Claridad, recorrieron las inmensas instalaciones, las aulas de meditación y las bibliotecas flotantes. El objetivo principal de Aziel era asegurarse de que Seraphina compartiera exactamente las mismas clases que él; después de todo, aunque ella estuviera en la Fase 2 y él en la Fase 3, los cursos introductorios del mes de Siván permitían que los nuevos ingresos compartieran el mismo bloque de horarios. Al final, lograron sincronizar sus horarios a la perfección.

—¡Uff, por fin terminamos! —exclamó Seraphina, sosteniendo su hoja de asignaciones con una sonrisa radiante—. Tenemos todas las clases juntos, Aziel.

—Qué alivio —suspiró el chico, sintiéndose mucho más tranquilo.

—Oigan, ya que nuestros Jueces siguen discutiendo sobre políticas de la ciudad con la Directora, ¿qué les parece si nos sentamos en esa mesa de cristal a charlar un poco? —sugirió Kira, señalando un área de descanso apartada en los jardines interiores de la universidad.

Los tres jóvenes se sentaron alrededor de una mesa de cristal pulido que reflejaba el cielo azul. Al principio, la conversación fue un intercambio casual sobre las maravillas de la Ciudad-Santuario, pero pronto el ambiente se volvió más íntimo y profundo. Comenzaron a compartir sus historias.

Aziel, manteniendo el misterio sobre sus muertes y su encuentro con el Ángel de la Muerte, le relató a Kira cómo sus padres habían fallecido a manos de criminales extraños y cómo había terminado vagando dos años como un paria hasta forcejear con una entidad celestial en medio de la penumbra de un lago helado.

—...y cuando el forcejeo terminó, descubrí que portaba el sello de Camael —concluyó Aziel, tocando sutilmente su pecho.

Al escuchar el nombre, Kira se echó hacia atrás en su silla, y sus ojos de fuego anaranjado brillaron con un asombro genuino.

—¡¿Camael?! —exclamó Kira, un tanto impresionada—. ¿El Ángel del Rigor, la Justicia y el Límite? Vaya, eso explica por qué emanas esa presencia tan densa y pesada. Forcejear con el guardián de la Fuerza y sobrevivir para contarlo es una locura, Aziel. Tienes mi respeto por eso.

Seraphina, intrigada por la naturaleza mística de la chica bronceada, apoyó los codos sobre la mesa de cristal e inclinó su cuerpo hacia adelante, mirándola fijamente.

—¿Y qué hay de ti, Kira? —preguntó Seraphina con curiosidad—. Aziel ya te contó su historia... ¿Quién fue el ángel que te otorgó esa bendición y esos ojos de fuego?

Kira cruzó las piernas con total elegancia, entrelazó sus dedos sobre su rodilla y, con una calma absoluta y una sonrisa impregnada de misterio, respondió con voz pausada:

—A mí me tocó el favor de la Esfera del Esplendor. El ser que descendió ante mí y grabó su autoridad en mi alma... fue el mismísimo Ángel Raziel.

Aziel y Seraphina contuvieron el aliento. Raziel, el guardián de los secretos profundos y el conocimiento oculto de la Casa de la Claridad. El tablero de la universidad estaba listo; dos bendecidos por fuerzas celestiales totalmente opuestas —el Rigor inamovible de la Tierra y la Luz reveladora de los Secretos— acababan de cruzar sus caminos bajo el cielo de Siván.

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—A mí me tocó el favor de la Esfera del Esplendor. El ser que descendió ante mí y grabó su autoridad en mi alma… fue el mismísimo Ángel Raziel.

Las palabras apenas habían abandonado los labios de Kira cuando, de forma repentina, la chica de piel bronceada cerró los ojos con fuerza y se llevó ambas manos a las sienes.

—¡Agh…!

Un quejido ahogado escapó de su garganta. El dolor punzante golpeó su cabeza como un martillazo invisible. Durante apenas un segundo, el mundo a su alrededor se desdibujó. Su mente fue invadida por un destello vívido: una inmensa columna de humo negro, la imponente silueta de Lilith a las afueras de la muralla de la ciudad, los engendros de sombras y, justo allí, resguardados tras las almenas, los rostros asombrados de Aziel y Seraphina presenciando la batalla.

Kira abrió los ojos de golpe, respirando con agitación, y clavó su mirada anaranjada en la pareja que tenía enfrente.

—Ustedes… ustedes estuvieron ahí ayer, en la muralla, cuando esa calamidad atacó la universidad —murmuró Kira, aún procesando la información.

Aziel y Seraphina se tensaron de inmediato, mirándose el uno al otro con evidente sorpresa.

—¿Cómo… cómo sabes eso? —preguntó Seraphina, apretando los bordes de la mesa de cristal.

Kira soltó un largo suspiro, masajeándose la frente con los dedos para disipar el dolor residual. Esbozó una sonrisa cansada para tratar de calmarlos.

—No se asusten. Una de las esencias de Raziel es la Verdad y los Secretos. Su autoridad rige sobre lo que está oculto —explicó Kira, apoyando los codos sobre la mesa—. A veces, mi mente recibe visiones repentinas. Fragmentos de momentos que son secretos o situaciones en las que no estuve presente pero que, de alguna manera, el universo me revela. Es extraño e impredecible, pero confío en que al avanzar en mis Fases espirituales lograré controlar este flujo de información.

Para aligerar la tensión, Kira miró fijamente unas servilletas de tela que estaban dobladas en el centro de la mesa de cristal. Sin mover un solo músculo, sus ojos brillaron levemente.

¡Fwip!

Las servilletas se levantaron en el aire, levitando un par de centímetros sobre la mesa y moviéndose lentamente en círculos, como si una mano invisible las guiara.

—Aparte de las visiones, también puedo usar mi mente para mover objetos físicos —dijo Kira, dejando caer las servilletas de vuelta a la mesa—. Aunque, como pueden ver, apenas puedo con cosas pequeñas. No lo manejo bien todavía.

—Eso es increíble… —susurró Seraphina, asombrada.

—No lo fue al principio —Kira soltó una risa amarga—. Recibí la bendición hace apenas un mes, y fue horrible. Durante las primeras semanas no podía dormir en absoluto. Cada vez que cerraba los ojos, mi cerebro recibía un torrente de visiones, imágenes y toneladas de información que simplemente no entendía. Sentía que mi cabeza iba a explotar por la sobrecarga de secretos. Afortunadamente, ya se está estabilizando.

Kira se recostó en su silla, cruzando los brazos mientras miraba a Aziel con un renovado interés.

—Y bien, Aziel, ya sabes qué hace la bendición de los secretos. ¿Qué hay de Camael? ¿Qué clase de poder te otorgó a ti?

Antes de que Aziel pudiera pensar en una respuesta prudente, Seraphina se inclinó hacia adelante, con los ojos brillando de orgullo y una sonrisa radiante en su rostro.

—¡Le dio un vigor y una fuerza increíbles! —anunció Seraphina, feliz de presumir a su compañero—. Ayer por la tarde, un aprendiz de la Casa del Juicio, un chico rubio muy arrogante, intentó pelear con él usando una espada de madera. ¡El tipo lo atacó con todo lo que tenía, pero Aziel ni siquiera se inmutó! ¡La espada de madera del otro chico se hizo añicos con solo chocar contra él, y Aziel lo mandó a volar con un solo golpe!

Kira levantó las cejas, genuinamente impresionada.

—¿En serio? Vaya, romper un arma de entrenamiento con pura resistencia corporal es…

¡Zzzzt!

Un latigazo de dolor brutal atravesó el cerebro de Kira de imprevisto.

Esta vez, no fue una visión distante. Fue una invasión sensorial sangrienta y aterradora. Vio un callejón oscuro. Escuchó el sonido metálico de las espadas siendo desenvainadas. Vio a dos hombres atravesar sin piedad el brazo y la pierna de Aziel. Sintió el eco del dolor del chico. Vio su rostro desfigurado por los golpes, la hoja hundiéndose en su corazón… y luego, la visión cambió drásticamente. El filo de una espada descendiendo, la cabeza de Aziel rodando por el pavimento y la sangre inundando la piedra.

¡Crash!

Kira se levantó de la silla con tanta brusquedad que la derribó hacia atrás. Llevó ambas manos a su boca para ahogar un grito de terror, sus ojos anaranjados desorbitados y fijos en Aziel, llenos de un horror indescriptible. Estaba temblando de pies a cabeza, hiperventilando.

—¡Kira! ¡¿Estás bien?! —exclamó Seraphina, levantándose de inmediato para sostenerla por los hombros.

Aziel también se puso de pie rápidamente, acercándose a ella. Pero en el instante en que él dio un paso, Kira retrocedió, mirándolo no como a un chico fuerte, sino como a una anomalía aterradora.

—Yo… yo estoy bien —balbuceó Kira, apartando la mirada rápidamente hacia el suelo, tratando de ocultar el pánico en su voz—. Yo… vi algo más. Vi más información… pero me duele demasiado la cabeza.

Aziel se quedó helado. Su corazón empezó a latir con fuerza, y un frío intenso se instaló en su estómago. «¿Qué vio?», pensó, presa del miedo. «La forma en que me miró… Dios, ¿acaso vio la muerte en el callejón? ¿Recibió la revelación de la muerte? ¿Sabe que no puedo morir?».

Kira se apresuró a enderezar su silla con manos temblorosas.

—Lo siento, de verdad. Creo que forcé demasiado mis límites hoy. Tengo que ir a buscar a los Jueces de mi Casa para descansar —se excusó Kira, forzando una sonrisa pálida que no llegó a sus ojos—. Fue un placer conocerlos. Nos veremos en clases.

Sin darles tiempo a responder, Kira se dio la vuelta y se alejó a paso rápido, casi huyendo por el pasillo de cristal, perdiéndose de vista.

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¡Clac-clac-clac!

El viaje de regreso a la Casa del Juicio fue radicalmente distinto al de la mañana. En el interior del carruaje, la atmósfera era tensa y pesada.

Gavin y Aria, quienes habían notado la repentina huida de la joven de la Casa de la Claridad, observaban a Aziel y a Seraphina con evidente preocupación.

—¿Ocurrió algo malo con la chica de cabello blanco? —preguntó Aria en tono suave, intentando romper el hielo—. Los Jueces Darius y Selene mencionaron que ella también ha pasado por mucho estrés últimamente.

—Nos estaba contando sobre su bendición —respondió Seraphina, jugando nerviosamente con los pliegues de su vestido—. Puede ver secretos o cosas que han pasado. Pero de pronto le dio un fuerte dolor de cabeza, nos miró muy asustada y simplemente se fue.

Aziel, sentado junto a Seraphina, miraba fijamente el paisaje por la ventana. Estaba perdido en sus propios temores. Si Kira realmente había visto sus muertes repetidas en el callejón, su mayor secreto —aquel que ni siquiera Elías Thorne comprendía en su totalidad— acababa de ser descubierto en su primer día de universidad.

—Las bendiciones son cargas pesadas —murmuró Gavin, apoyando la espalda en el asiento—. La mente humana no está diseñada para procesar la Verdad absoluta ni para contener la Fuerza divina sin agrietarse un poco. Tendrán que ser cuidadosos, muchachos. La Universidad no solo los pondrá a prueba contra las sombras de afuera, sino contra los demonios que los otros portadores lleven por dentro.

Aziel apretó los puños sobre sus rodillas. El silencio reinó en el carruaje el resto del trayecto. El mes de Siván apenas comenzaba, y los hilos del destino ya se estaban tensando peligrosamente a su alrededor.

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¡Ding, dong…!

El sonido armónico de las inmensas campanas de cristal de la universidad resonó por toda la Ciudad-Santuario, anunciando el inicio del primer bloque académico del día.

Para los estudiantes de semestres superiores, las clases ya habían comenzado formalmente desde el día de ayer, pero para los alumnos de nuevo ingreso, este era el verdadero primer día. Después del caos de las asignaciones y los exámenes de Fase de la jornada anterior, Aziel y Seraphina llegaron a la universidad luciendo conjuntos de ropa mucho más sencillos y cómodos, acordes para la vida estudiantil. Aziel llevaba una camisa blanca de tela suave con un chaleco ligero, mientras que Seraphina vestía una falda oscura y una blusa de mangas largas que le daban un aire tierno e intelectual.

—¿Estás seguro de que es por aquí? —preguntó Seraphina, mirando un mapa impreso en un pergamino mientras caminaban por un pasillo translúcido lleno de estudiantes—. Siento que ya pasamos por esta estatua de cristal dos veces.

—Debe ser en el segundo piso del ala este… creo —respondió Aziel, suspirando y rascándose la nuca. Tratar de no perderse en su primer día en una universidad del tamaño de una ciudadela estaba resultando ser una verdadera prueba para su paciencia.

Finalmente, tras seguir a un grupo de jóvenes que parecían igual de desorientados, lograron encontrar su destino.

¡Ssssh…!

Las puertas dobles se abrieron con un susurro mecánico, revelando un auditorio gigantesco en forma de anfiteatro. Los asientos estaban dispuestos en gradas curvas que descendían hacia un escenario principal de madera pulida.

—Guau… hay mucha gente —susurró Seraphina, aferrándose levemente a la manga de Aziel.

Decidieron buscar un lugar discreto y se sentaron en la penúltima fila, bastante alejados del atril de la profesora. La clase asignada era "Introducción a la Espiritualidad", impartida por la Profesora Miriam, una mujer de mediana edad con gafas de media luna y una voz sumamente monótona que resonaba por todo el auditorio.

Mientras la profesora explicaba los conceptos básicos de cómo la vasija humana canalizaba la energía, Aziel y Seraphina charlaban en susurros.

—¿Entendiste algo de lo que dijo sobre la 'densidad del ego'? —preguntó Aziel, apoyando la barbilla en su mano.

—Solo un poco. Creo que se refiere a que entre más pienses en ti mismo, menos espacio hay para la autoridad —le susurró Seraphina de vuelta, inclinándose hacia él con una sonrisa cómplice.

En medio de su charla, Aziel bajó la mirada hacia las primeras filas. Allí, sentada justo en el centro y con la espalda completamente recta, estaba Kira. La chica de piel bronceada y cabello blanco tomaba notas con una atención inquebrantable, asintiendo ante las palabras de la profesora. Al verla tan concentrada y aparentemente recuperada del colapso de ayer, Aziel soltó un pequeño suspiro de alivio. Al menos estaba bien.

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¡Ring…!

El timbre marcó el final de la clase de dos horas. Los estudiantes comenzaron a estirarse y a recoger sus pergaminos entre bostezos y murmullos. Aziel y Seraphina se pusieron de pie y empezaron a bajar por las escaleras del auditorio, cuando una voz perezosa los interrumpió desde el asiento de al lado.

—Uaah… por los cielos, creí que iba a morir de aburrimiento.

Un chico de su misma edad, con el cabello castaño claro lleno de rizos desordenados y una expresión de total desgano, se estiró en su asiento haciendo crujir su espalda. Al notar a Aziel y Seraphina a su lado, les dedicó una sonrisa amistosa pero cansada.

—Hola. Soy Caleb —se presentó, colgándose su bolso de cuero al hombro—. ¿Qué les pareció la clase? A mí me dio una pereza terrible, la verdad. Casi me quedo dormido en la segunda mitad.

Seraphina parpadeó, sorprendida por la franqueza del chico.

—¿Pereza? Bueno, a nosotros nos pareció muy buena para ser una clase introductoria —respondió ella con sinceridad—. Explicaron muy bien cómo funciona el despertar espiritual.

Aziel asintió de acuerdo. Al fin y al cabo, para ellos todo esto era conocimiento nuevo e invaluable.

Al escucharlos, Caleb soltó una pequeña carcajada burlona y negó con la cabeza, como si estuviera hablando con dos niños pequeños.

—Ustedes no saben cómo funciona esto, ¿verdad? —dijo Caleb, riéndose por lo bajo—. La regla no escrita de la universidad es que el primer día de clases, el profesor solo debe presentarse, dar la lista de libros y dejarnos ir temprano. ¡Se supone que así es la vida universitaria! Pero la profesora Miriam nos tuvo aquí sentados dos horas enteras soltando teoría. ¡Una tortura!

Aziel y Seraphina se miraron el uno al otro, completamente sorprendidos y con los ojos muy abiertos. Nunca habían asistido a una escuela formal en sus vidas; los dos habían crecido viajando, en orfanatos o sobreviviendo en las calles. La idea de que los estudiantes esperaran "no hacer nada" el primer día les parecía un concepto extraño.

Caleb, divertido por sus caras de asombro, se despidió con un gesto perezoso de la mano.

—En fin, iré a buscar algo de comer en la cafetería antes de la siguiente clase. ¡Nos vemos luego, aplicados!

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Tras dejar a Caleb atrás, los dos jóvenes salieron del auditorio y comenzaron a caminar por los pasillos bañados por la luz del sol que se filtraba a través del techo de cristal.

¡Tap, tap, tap!

Unos pasos apresurados resonaron frente a ellos. Al levantar la vista, se toparon de frente con Kira. La chica de ojos de fuego anaranjado se detuvo en seco al verlos. La expresión de altivez con la que la habían conocido ayer desapareció por un instante, reemplazada por un matiz de culpa.

Kira miró directamente a Aziel, y las imágenes de la visión sangrienta parecieron destellar rápidamente en sus pupilas.

—Así que eres tú… —susurró Kira, casi para sí misma, recordando el peso de lo que aquel chico cargaba en silencio.

Aziel se tensó, temiendo que ella mencionara la inmortalidad en medio del pasillo abarrotado. Pero Kira, recuperando su compostura aristocrática, dio un paso al frente e inclinó levemente la cabeza, en un gesto de respeto genuino.

—Chicos… quiero disculparme por mi actitud de ayer —dijo Kira, con un tono suave y sincero—. Salir corriendo de esa manera fue de muy mala educación. La visión fue… demasiado intensa y abrumadora para mí, y perdí el control. Lo siento mucho, de verdad. Espero que puedan perdonarme y que podamos seguir siendo compañeros tranquilamente.

Seraphina sonrió de inmediato, aliviada de ver que la chica no los estaba evitando.

—¡Claro que sí, Kira! No te preocupes por eso. Entendemos que tu bendición puede ser difícil de manejar.

Aziel también asintió, relajando los hombros. Si Kira iba a guardar el secreto, él no tenía motivos para desconfiar de ella.

—Todo está bien. Estamos en el mismo barco —añadió él con una pequeña sonrisa.

Kira les devolvió la sonrisa, esta vez más relajada, y señaló con la cabeza hacia uno de los jardines interiores de la universidad.

—Tenemos un buen rato libre antes del siguiente bloque. ¿Qué les parece si aprovechamos este espacio para continuar la charla que dejamos a medias ayer? Prometo no desmayarme esta vez.

—¡Me parece perfecto! —aceptó Seraphina alegremente.

Los tres jóvenes caminaron juntos hacia los jardines, listos para profundizar en los misterios de sus bendiciones y forjar una extraña pero sólida amistad en medio de la inmensidad de la Ciudad-Santuario.

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