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Undying Vigor (Novela)

Undying Vigor (Novela) – Capítulo 7

¡Ba-dump!

Aziel se encontraba sentado en el borde de su inmensa cama, contemplando sus propias manos a la tenue luz de las lámparas de la habitación. Lentamente, apretó el puño con fuerza. Sintió cómo los tendones y los músculos de su antebrazo se tensaban con una densidad sobrenatural, liberando una invisible pero perceptible onda de presión espiritual que sacudió sutilmente las cortinas del balcón.

No era una ilusión. El combate de práctica con el aprendiz rubio en el patio le había dejado las cosas claras. La bendición de Camael no se limitaba únicamente a la inmortalidad física; el ángel no solo le había otorgado un cuerpo que se negaba a morir, sino una vasija rebosante de un vigor y una fuerza sobrehumanas.

«Inmortalidad no es lo único…», reflexionó Aziel, entornando los ojos castaños. «Camael es el guardián de la Fuerza y el Rigor. Es lógico que su bendición potencie todo lo relacionado con la resistencia y el poder físico».

Sin embargo, recordó los detalles exactos del enfrentamiento. Cuando se plantó con firmeza frente al ataque del aprendiz, su fuerza no brotó de forma automática. Surgió en el milisegundo exacto en que su mente se endureció y tomó la decisión inquebrantable de no ceder.

«Depende de mi estado mental», dedujo, cruzándose de brazos. «Entre más decidido esté, más responde el vigor en mi cuerpo. Si dudo, la Fuerza se esconde».

Mientras seguía sumergido en sus pensamientos, Aziel recordó que Elías Thorne había mencionado que la Casa del Juicio asociaba la Fuerza con el elemento de la Tierra y el vigor animal. ¿Acaso la naturaleza misma y los instintos biológicos formaban parte del canal de su poder?

¡Clic!

El suave sonido de la cerradura de la puerta intermedia interrumpió abruptamente sus reflexiones filosóficas. Aziel levantó la mirada y sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

Seraphina entró a la habitación. Se había despojado del elegante vestido borgoña del día y ahora vestía una pijama de ropa holgada y casual, de tonos claros. Caminaba con total naturalidad, con sus pequeños pies descalzos pisando la alfombra de felpa. Al ver a Aziel despierto, sonrió de lado y se acercó a la cama, sentándose a escasos centímetros de él.

—¿Aún despierto, amo Aziel? —bromeó ella con un tono cantarín.

Aziel, sin embargo, no pudo responder de inmediato. Un pensamiento completamente extraño e inesperado invadió su mente al fijarse en los detalles: la pijama corta dejaba ver sutilmente la tersura de sus muslos debajo de la tela holgada, y el calor que emanaba de su cuerpo envolvía el ambiente.

«Espera… ¿qué estoy pensando?», se alarmó Aziel internamente, sintiendo cómo un rubor carmesí trepaba rápidamente por sus mejillas. «¡Concéntrate! ¿Acaso el vigor animal de la Casa del Juicio también altera mis hormonas o qué…?».

¡Fush!

Antes de que pudiera procesar su pánico, Seraphina interrumpió el hilo de sus pensamientos. Inclinó su cuerpo hacia adelante, acercando su hermoso rostro con los ojos dorados muy abiertos, quedando a tan solo unos centímetros de la cara del chico.

—¿Qué pasa? Te pusiste completamente rojo, Aziel —preguntó ella, ladeando la cabeza con una curiosidad inocente que rozaba la picardía—. ¿Te encuentras bien? ¿Te dio fiebre por el combate de madera?

—¡N-No! ¡Para nada! ¡Estoy perfectamente bien! —exclamó Aziel, echándose hacia atrás en la cama con los brazos estirados, tratando de ocultar sus nervios desbocados mientras su corazón hacía ¡ba-dump, ba-dump! a toda velocidad.

Seraphina parpadeó y luego se acomodó en la cama, estirándose perezosamente como un pequeño gato doméstico, apoyando su cabeza sobre una de las almohadas de Aziel. Oculta bajo su flequillo dorado, una sonrisa de sutil satisfacción se dibujó en sus labios.

«Jeje, en efecto, fue una excelente idea ponerme esta pijama holgada hoy…», pensó Seraphina para sus adentros, complacida por haber logrado poner nervioso al chico estoico a propósito.

Tras acomodarse bien, miró al techo de la habitación y adoptó una expresión más seria.

—Oye, Aziel… me quedé pensando en lo que dijo el señor Thalric en la universidad —comentó, balanceando una de sus piernas descalzas—. Dijo que el próximo semestre entraría otra persona bendecida por un ángel a la Ciudad-Santuario. ¿Quién crees que sea?

Aziel, aliviado de que el tema cambiara a algo más seguro, se acomodó a su lado, apoyando la espalda contra el cabezal de la cama.

—No lo sé —respondió, mirando la ventana—. Si tomamos en cuenta que nosotros estamos en la Casa del Juicio por Camael, y que la universidad se divide en cinco caminos… lo más probable es que ese nuevo estudiante pertenezca a otra de las Casas principales. Tal vez a la Casa del Legado o a la de la Claridad.

—¿Te imaginas cómo será su ángel? —preguntó Seraphina con los ojos brillantes—. Ya “vimos” a Camael a través de tus recuerdos, y a Zaphkiel, que controla el tiempo de una forma peculiar que da escalofríos. Me pregunto si los otros ángeles, como Haniel de la Armonía o Raziel de la Claridad, serán más amables con los humanos.

—Los ángeles no son amables ni crueles, Seraphina —murmuró Aziel con suavidad, recordando las enseñanzas de sus padres—. Son la manifestación de una faceta del Creador. Ejecutan órdenes exactas. El problema nunca son los ángeles; el peligro real son las personas que intentan usar esa autoridad para su propio beneficio.

La conversación continuó fluyendo de manera natural en la quietud de la noche. Hablaron sobre los horarios de las clases que verían en el mes de Siván, teorizaron sobre qué tipo de pruebas les pondrían los profesores y compartieron risas contenidas para no despertar al resto de la mansión. Poco a poco, el cansancio acumulado de un día lleno de batallas con demonios, encuentros divinos y duelos de madera comenzó a pasarles factura.

Las respuestas se volvieron murmullos lentos, hasta que el silencio de la noche los envolvió por completo. Ambos se quedaron profundamente dormidos en medio de las sábanas, uno al lado del otro, compartiendo el mismo espacio en una calma perfecta.

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A la mañana siguiente, los primeros rayos dorados del sol se filtraron por las cortinas del balcón.

¡Knock, knock!

Los suaves golpes en la puerta principal de la habitación de Aziel no recibieron respuesta alguna. Al ser el primer día oficial de la semana de inscripciones, una de las jóvenes sirvientas de la casa, encargada de llevar las toallas limpias y el agua para el aseo matutino, asumió que el joven portador seguía descansando.

Con total educación, la sirvienta empujó la puerta lentamente.

—Con su permiso, joven Aziel, vengo a dejar las toallas limpias para su… ¡¿EH?!

¡Clack!

A la sirvienta casi se le caen los utensilios de las manos y su rostro pasó por toda la gama de colores existentes antes de quedar completamente pálida de puro pánico. Frente a sus ojos, en medio de la gran cama señorial, el distinguido invitado Aziel y su supuesta "sirvienta personal", Seraphina, se encontraban durmiendo pacíficamente abrazados, con la pierna de ella cruzada sobre el torso del chico de forma comprometedora.

—¡L-Lo siento muchísimo! ¡No vi nada! ¡Disculpen la intromisión! —chilló la sirvienta en un susurro histérico.

¡BLAM!

La puerta se cerró con un golpe seco y rápido mientras los pasos de la empleada huían a toda velocidad por el pasillo exterior.

El fuerte sonido de la madera azotándose hizo que Aziel y Seraphina abrieran los ojos de golpe, sobresaltados.

—¡¿Qué pasó?! —exclamó Aziel, sentándose de inmediato con el corazón latiendo a mil por hora por el susto de la alarma matutina.

—¡¿Un ataque?! —Seraphina saltó a su lado.

Sin embargo, al mirar a su alrededor, el peligro no era un demonio. Ambos bajaron la vista y se percataron de la situación exacta: estaban en la misma cama, las sábanas revueltas y sus cuerpos extremadamente cerca el uno del otro tras haber pasado toda la noche juntos.

Ba-dump.

El silencio que se formó en la habitación fue absoluto. Seraphina miró a Aziel, Aziel miró a Seraphina. Durante tres segundos interminables, ninguno supo qué decir. Finalmente, una risa nerviosa y avergonzada escapó de los labios de ambos al unísono.

—Jaja… creo que nos quedamos dormidos hablando de los ángeles —murmuró Aziel, rascándose la mejilla con el rostro completamente encendido de rojo.

—S-Sí… jaja, las sábanas de la Casa del Juicio son demasiado cómodas, es una trampa —tartamudeó Seraphina, poniéndose de pie de un salto con el cabello dorado todo alborotado y las mejillas ardiendo como sus propias llamas.

Caminó a pasos apresurados hacia la puerta intermedia de conexión, abriéndola a toda prisa para refugiarse en su propio cuarto. Antes de cruzar, se dio la vuelta con una sonrisa divertida pero sumamente nerviosa.

—¡Me iré a cambiar rápido! ¡Recuerda que hoy el Juez Gavin dijo que tenemos que revisar los horarios y los salones para el nuevo ciclo de la Universidad! ¡No te quedes dormido, amo Aziel! —bromeó con voz chillona antes de cerrar la puerta intermedia con un clic rápido.

Aziel se quedó solo en la inmensa cama, tapándose el rostro con ambas manos mientras dejaba escapar un largo suspiro, intentando calmar los latidos de su pecho. El nuevo semestre en la Universidad Espiritual estaba por comenzar, y aunque los misterios y los peligros del mundo acechaban en las sombras, la vida en la Casa del Juicio definitivamente prometía ser cualquier cosa menos aburrida.

◄ ▲ ▼ ▶

¡Clack!

La puerta de su armario se cerró. Aziel terminó de abotonarse una elegante camisa de cuello alto color negro, combinada con un chaleco gris oscuro que acentuaba la firmeza de sus hombros. Se miró al espejo, aún extrañado por la pulcritud de su reflejo.

En ese momento, la puerta intermedia se abrió con un suave quejido. Seraphina entró al salón. El tiempo pareció detenerse por un instante para Aziel. Ella vestía uno de los nuevos vestidos que Elías Thorne les había comprado: una prenda de un azul profundo que contrastaba de forma hermosa con su resplandeciente cabello dorado. El corte del vestido era elegante, cayendo con suavidad hasta sus tobillos, dándole un aire casi celestial.

Los dos se quedaron mirando fijamente en medio de la habitación, sumidos en un silencio repentino.

—Te... ves hermosa con ese vestido —soltó Aziel de golpe.

En cuanto las palabras salieron de su boca, sus ojos castaños se abrieron de par en par. «¡¿Por qué rayos acabo de decir eso?!», se alarmó internamente, sintiendo cómo sus mejillas comenzaban a calentarse de nuevo.

Seraphina, en lugar de ponerse nerviosa o salir corriendo como lo había hecho por la mañana, sonrió de una manera dulce y radiante. Dio un par de pasos suaves y se acercó a él, acortando la distancia.

—Gracias, Aziel —murmuró con voz suave, mirándolo a los ojos—. Tú también te ves muy guapo hoy.

¡Toc, toc, toc!

Un repiqueteo rápido y frenético en la puerta principal rompió el ambiente romántico de inmediato.

—¡Con su permiso! ¡Joven Aziel, lamento muchísimo lo de esta mañana! —la voz chillona de la sirvienta de la limpieza resonó desde el pasillo, llena de angustia.

Aziel abrió la puerta y se encontró con una escena completamente cómica. La joven sirvienta estaba al borde de las lágrimas, haciendo reverencias repetidas a noventa grados, mientras que a su lado, un mayordomo mayor, de postura rígida y rostro severo, la sostenía del hombro con firmeza.

—Le ruego que disculpe la inmadurez de esta aprendiz, joven Aziel —habló el mayordomo, haciendo una inclinación impecable—. Ya ha sido debidamente regañada por entrar a los aposentos de un invitado distinguido sin el permiso explícito. No volverá a ocurrir.

—¡S-Sí! ¡Lo lamento tanto! ¡Pensé que seguía dormido! —sollozó la chica, con la cara roja de vergüenza.

Aziel, sintiendo que la situación era demasiado exagerada, agitó las manos con una sonrisa nerviosa.

—No se preocupen, de verdad. No pasa nada, fue solo un malentendido —respondió el chico, intentando calmar las aguas mientras Seraphina soltaba una risita ahogada detrás de él.

Tras el divertido intercambio, el mayordomo les indicó que era hora de dirigirse al comedor para tomar el desayuno.

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Sin embargo, esta vez el camino no los llevó al salón privado del Líder Thorne. El mayordomo los guió hacia el Gran Comedor General de la Casa del Juicio. Al cruzar las inmensas puertas de arco, Aziel y Seraphina se detuvieron en seco, abrumados.

El lugar era gigantesco, con techos altos de piedra y grandes ventanales. La distribución del alimento era similar a un buffet de autoservicio: inmensas mesas de mármol estaban repletas de bandejas de plata que exhalaban vapor, con frutas exóticas, panes horneados, carnes sazonadas y jarras de café caliente. Decenas de aprendices y soldados de la casa caminaban de un lado a otro con sus platos, charlando alegremente.

—Esto es... muy extraño —susurró Aziel, pegándose al costado de Seraphina mientras miraba las filas de comida—. Nunca había estado en un lugar donde la comida se sirva de esta forma. Me siento fuera de lugar.

—Yo también estoy un poco nerviosa —confesó Seraphina, pero de inmediato infló sus mejillas con determinación—. Pero tenemos hambre, ¿no? ¡Yo tomaré la delantera! Sígueme.

Seraphina avanzó con paso firme hacia las mesas de servicio, tomando dos platos de porcelana y comenzando a pedir comida para ambos. Su deslumbrante belleza y la gracia con la que se movía no tardaron en llamar la atención. Varios jóvenes varones, aprendices avanzados de la casa, voltearon a mirarla con ojos desorbitados, cautivados por su cabello dorado y su silueta.

Sin embargo, en cuanto esos mismos jóvenes desviaron la vista y se percataron de la presencia de Aziel, quien caminaba justo detrás de ella con su postura firme y sus brazos definidos bajo la ropa nueva, retiraron la mirada a toda prisa, intimidados por el vigor silencioso que el chico emanaba.

Aziel, por algún motivo que no lograba comprender, sintió una profunda oleada de enojo al notar los ojos de los demás sobre Seraphina. Un ceño fruncido se dibujó en su rostro y su mandíbula se tensó de pura irritación. «¿Por qué me molesta tanto que la miren?», se cuestionó, molesto consigo mismo.

Tras recoger sus raciones, se sentaron en una mesa apartada cerca de un ventanal. Apenas daban los primeros bocados cuando una sombra se proyectó sobre su mesa.

—Hola... Disculpen, ¿este asiento está libre? ¿Puedo sentarme con ustedes?

Los dos levantaron la vista. Frente a ellos se encontraba una chica de su misma edad, con un uniforme gris, cabello castaño recogido en una trenza y una expresión tímida.

—Claro, adelante —respondió Seraphina con amabilidad, invitándola a sentarse.

La chica dejó su bandeja y soltó un suspiro de alivio, acomodándose los anteojos.

—Gracias... Mi nombre es Talia —se presentó con timidez—. A decir verdad, no soy una persona muy sociable. Me cuesta mucho hablar con los demás. Pero los vi entrar y supuse que eran nuevos en la ciudad. Pensé que... bueno, esta era mi oportunidad para intentar hacer amigos antes de que empiece el caos de las clases.

La honestidad de Talia rompió cualquier tensión. Aziel y Seraphina sonrieron, y pasaron el resto del desayuno charlando tranquilamente con ella, explicándole un poco de su situación mientras Talia les contaba sobre los distritos de la ciudad.

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Una vez terminado el desayuno, se despidieron de Talia y se dirigieron hacia las grandes puertas de la entrada principal de la finca. Allí, tal como lo habían prometido, los estaban esperando Gavin y Aria junto al carruaje elegante.

Sin embargo, el aspecto de los dos jóvenes Jueces provocó que Aziel y Seraphina abrieran los ojos de par en par.

Gavin tenía unas ojeras enormes y profundas bajo sus ojos, y su usual sonrisa brillante parecía un tanto descolorida. Aria sostenía una taza de café humeante con ambas manos, cabeceando sutilmente de pie mientras se apoyaba contra la estructura del carruaje.

—Buenos días, muchachos... —saludó Gavin con la voz pastosa y arrastrada, dejando escapar una risa cansada al ver las expresiones de los chicos—. Sí, ya sé lo que están pensando. Parecemos muertos vivientes.

—¿Qué les pasó? ¿No pudieron descansar? —preguntó Seraphina, preocupada.

¡Slurp!

Aria dio un largo trago a su café y suspiró, intentando espantar el sueño.

—Tuvimos que pasar toda la noche redactando y entregando el informe oficial sobre la aparición de Lilith y la posterior intervención del Ángel Zaphkiel —explicó Aria con una sonrisa exhausta—. Tuvimos que presentarlo ante el consejo de los Jueces Superiores, y luego dar un reporte detallado al señor Elías y a la señora Eleanor. Creo que... con suerte, pudimos dormir como dos horas en total, jaja.

—Pero un deber es un deber —añadió Gavin, abriendo la puerta del transporte con un último esfuerzo caballeroso—. Suban, muchachos. Hoy es el día de la asignación formal de sus horarios en la Universidad Espiritual.

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El viaje en carruaje fue tranquilo, y en poco tiempo las majestuosas estructuras de cristal de la universidad aparecieron ante ellos, brillando bajo el sol de la mañana. Los estudiantes de nuevo ingreso ya abarrotaban las escalinatas principales, vistiendo sus túnicas académicas.

Aziel y Seraphina bajaron del carruaje junto a Gavin y Aria, comenzando a caminar hacia el gran vestíbulo de cristal.

Sin embargo, justo al llegar a la mitad de la escalinata, los pasos de Aziel se detuvieron en seco.

¡BZZZT!

Una descarga eléctrica y candente atravesó su pecho de golpe. No era doloroso, pero la marca de Camael en su alma latió con una fuerza salvaje, liberando una pulsación de vigor que hizo que Aziel se llevara una mano al pecho, respirando agitado.

Al mismo tiempo, una silueta que descendía en dirección opuesta por las escaleras se detuvo congelada en su lugar.

Era una chica de una belleza exótica y perturbadora. Tenía la piel de un tono bronceado perfecto y un cabello de un blanco inmaculado que caía en cascada sobre sus hombros. Pero lo más impactante eran sus ojos: las pupilas brillaban como dos intensas bolas de fuego de un color anaranjado oscuro, una mirada cargada de una autoridad absoluta que exigía sumisión.

La chica bronceada clavó sus ojos de fuego directamente en Aziel. Algo instintivo y espiritual pareció marcar a ambos en ese milisegundo exacto, una conexión invisible que tensó el aire a su alrededor.

Aziel, con el corazón latiendo a mil por hora, bajó sutilmente la mirada hacia el pecho de la joven forastera. No tuvo que adivinarlo. Pudo percibir la firma energética invisible que emanaba de su misma alma, una vibración de autoridad sagrada que respondía directamente al ardor de su propio sello.

Recordó con un escalofrío las palabras misteriosas que el Líder Thalric Stone les había dejado el día anterior en la muralla: «En el próximo semestre les tocará lidiar con otra persona bendecida por un ángel...».

«Es ella...», pensó Aziel, con la mirada endurecida y la respiración contenida, mientras la chica de cabello blanco sostenía su mirada con una sonrisa desafiante. «Ella es la otra bendecida».

El nuevo ciclo en la Universidad Espiritual finalmente había comenzado, y el choque entre las fuerzas divinas estaba a punto de desatarse.

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Kira - Bendecida por un Angel

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