¡Fwoosh!
El viento se arremolinó violentamente sobre la gran muralla blanca. La Directora de la Universidad, cuyo rostro reflejaba una severidad absoluta, dio un paso hacia el vacío. Pero no cayó. Su cuerpo comenzó a levitar, suspendido por una densa red de energía espiritual que brillaba bajo sus pies.
—¡Cúbranme los flancos! ¡No permitan que esa corrupción toque la piedra de la muralla! —ordenó con una voz que resonó como un trueno.
Decenas de guardias de élite de la Universidad saltaron tras ella, usando sus propias habilidades para deslizarse por el aire o amortiguar su caída. Sin embargo, la masa de humo negro que se avecinaba no era una simple tormenta. Era un miasma espeso y letal.
¡Aargh!
Los primeros gritos no tardaron en escucharse. Tres guardias que se adelantaron demasiado fueron envueltos por zarcillos de sombra que brotaron del humo. Sus armaduras se oxidaron en segundos y cayeron al vacío, retorciéndose de dolor mientras la oscuridad carcomía su fuerza vital.
Aziel y Seraphina, resguardados tras las almenas de la muralla, observaban la escena con el aliento contenido.
—¡Retrocedan, muchachos! ¡Esto no es un campo de entrenamiento! —les gritó Gavin, poniéndose frente a ellos junto a Aria, ambos con sus armas desenvainadas y sus firmas espirituales ardiendo con intensidad.
—Juez Gavin… —tartamudeó Seraphina, con los ojos muy abiertos—. ¿Qué está pasando? ¿Por qué los guardias caen tan rápido?
Gavin apretó los dientes, sin apartar la vista del frente.
—No pensábamos que esto ocurriría… Lilith es un mito de pesadilla, una calamidad que no se había visto en siglos. Es la madre de las sombras y líder de las aberraciones. Su mera presencia corrompe el orden natural.
—¿Y por qué no atacan ustedes? —preguntó Aziel, sintiendo el impulso de su propia Fase 3 quemándole el pecho.
Aria negó con la cabeza, con una expresión de frustración pura.
—No sobreviviríamos, Aziel. Nosotros apenas hemos consolidado la Fase 4. Somos fuertes contra humanos o bestias menores, pero contra un demonio primordial seríamos cenizas. La Directora está en la Fase 5, ella se ha despojado de gran parte de su ego, por lo que su resistencia espiritual es inmensa. Los únicos que podrían enfrentarla de igual a igual son los cinco Líderes de las Casas, que poseen la Fase 6, pero todos estaban en la reunión del consejo en el centro de la ciudad…
¡Squelch! ¡Crunch!
Un sonido húmedo y nauseabundo interrumpió la explicación. Del interior del humo negro que rodeaba a la silueta de Lilith, comenzaron a emerger figuras humanoides. Pero no eran humanos. Eran aberraciones grotescas formadas por carne putrefacta y sombras líquidas.
De las cuencas vacías de sus ojos y de sus bocas desdibujadas brotaban enjambres de ciempiés gigantes y gusanos pálidos que se retorcían frenéticamente. Sus extremidades parecían troncos astillados que supuraban un ácido negro, derritiendo el pasto y la roca allí donde pisaban. Eran legiones de pesadilla, engendros del caos puro.
—¡Fuego a discreción! —gritó la Directora desde el aire, lanzando ráfagas de luz concentrada que incineraban a decenas de esos monstruos.
Pero por cada uno que caía, dos más se arrastraban fuera del humo. Uno de los engendros, con el pecho abierto y lleno de insectos zumbadores, logró acercarse demasiado y estalló frente a la Directora.
¡Crash!
La onda expansiva de ácido y sombras la golpeó de lleno. La Directora soltó un quejido sordo, llevándose una mano al hombro derecho, donde la túnica se deshacía rápidamente, dejando ver una quemadura oscura. Se vio obligada a retroceder en el aire, perdiendo terreno.
—¡Se acabó! ¡La muralla va a caer! —gritó uno de los guardias restantes, al borde del pánico.
¡RUMBLE!
La tierra tembló de nuevo, pero esta vez desde el interior de la ciudad. Una ráfaga de arena dorada pasó zumbando junto a Aziel y Seraphina, disparándose hacia el campo de batalla como un misil.
La arena se condensó en el aire frente a la Directora, formando un muro de cristal con la dureza del diamante. Los ataques de sombra chocaron contra él, astillándose sin lograr atravesarlo.
Sobre el muro de cristal, aterrizó un hombre de porte sólido, vistiendo una túnica gris y dorada. Era Thalric Stone, el Líder de la Casa de la Estructura.
—No hay tiempo para el pánico, Directora. Retire a sus hombres —ordenó Thalric con una calma sepulcral—. Yo me encargaré de sostener los cimientos.
Sin esperar respuesta, Thalric se lanzó al vacío. Durante los siguientes treinta minutos, el cielo se convirtió en un lienzo de destrucción masiva.
¡Zzzzt! ¡Craaaack!
Thalric no usaba espadas. Sus manos dirigían tormentas de arena abrasiva que desollaban a los monstruos de carne y gusanos hasta reducirlos a polvo. Cuando Lilith alzaba los brazos y lanzaba lanzas de oscuridad concentrada, Thalric chasqueaba los dedos y enormes pilares de cristal surgían de la tierra, interceptando los ataques con explosiones ensordecedoras que hacían llover fragmentos brillantes sobre el campo de batalla.
Aziel no podía apartar la mirada. Era un combate de Fase 6. Un choque de titanes donde la arena y el cristal bailaban una danza a muerte contra el miasma y la putrefacción. Sin embargo, Thalric empezaba a sudar. La calamidad parecía tener energía infinita.
Justo cuando Lilith preparaba una esfera de oscuridad tan densa que distorsionaba el espacio a su alrededor para lanzarla contra la muralla entera…
—Qué interesante…
Una voz masculina, suave, melódica y carente de toda tensión, resonó desde las alturas. No fue un grito, pero todos, desde los guardias hasta la misma calamidad, la escucharon con total claridad en sus mentes.
Aziel, Seraphina, Gavin y Aria miraron hacia arriba.
En lo más alto del cielo gris, las nubes comenzaron a separarse. Un hombre joven, vestido con ropajes sencillos pero de un blanco cegador, estaba caminando hacia abajo. No volaba. Estaba literalmente bajando escalones invisibles en el aire. Con cada paso que daba, una sutil onda de luz dorada se expandía bajo sus pies, como si el propio tejido del espacio se solidificara para sostenerlo.
Tap. Tap. Tap.
El sonido de sus pasos, inexplicablemente, opacó el caos de la batalla.
A medida que el hombre descendía y se acercaba al campo de batalla, algo imposible ocurrió. Las sombras dejaron de retorcerse. Los engendros de gusanos y carne se congelaron a mitad de un paso. La esfera de oscuridad masiva en las manos de Lilith se detuvo en seco.
El viento dejó de soplar. El sonido desapareció. El tiempo mismo se había congelado.
Thalric Stone, que estaba en medio del aire preparando un contraataque, sintió la presión divina. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y, con un respeto que rayaba en el terror absoluto, deshizo sus defensas de cristal y aterrizó de rodillas en la hierba, agachando la cabeza.
El hombre misterioso terminó de descender, caminando tranquilamente hasta quedar frente a frente con la inmensa silueta de Lilith, quien, a pesar de su poder, estaba completamente petrificada, paralizada en un instante de su propia existencia.
El hombre ladeó la cabeza, observándola con una mirada insondable. Extendió su mano derecha y presionó suavemente su dedo índice contra la frente de la sombra primordial.
—Vuelve mejor en unos diez años.
¡VWOOM!
Un estallido de luz dorada inundó el mundo entero.
Aziel tuvo que cubrirse los ojos. Cuando pudo volver a abrirlos, el panorama era un espectáculo surrealista.
Todo estaba retrocediendo. Las ráfagas de viento soplaban hacia atrás. Los cadáveres de los guardias no regresaron a la vida, pero los escombros de la batalla y las marcas en la tierra se borraban a sí mismas. Los grotescos humanoides fueron absorbidos a una velocidad vertiginosa hacia el interior del humo negro, mientras la propia Lilith era arrastrada de espaldas, succionada hacia el gigantesco desgarro dimensional por el que había llegado.
El portal se cerró sobre ella con un ¡Snap! silencioso, y el cielo volvió a ser claro y azul, como si nada hubiera pasado.
Del hombre de blanco, no quedaba ni el rastro. Había desaparecido junto con la amenaza.
En la muralla, el silencio era absoluto. Seraphina estaba aferrada al brazo de Aziel, temblando, mientras Gavin y Aria intentaban procesar lo que acababan de presenciar.
Thalric Stone se puso de pie en el campo despejado. Miró hacia la muralla, y aunque estaba cubierto de polvo y agotado, una sonrisa de orgullo y devoción inmensa adornaba su rostro.
—¡No teman! —gritó el Líder de la Casa de la Estructura, su voz resonando con triunfo—. ¡Ese hombre no era un simple aliado! ¡Quien acaba de descender y ha rebobinado el tiempo de la calamidad no es otro que el mismísimo Ángel Zaphkiel!
Aziel sintió un escalofrío recorrerle la espalda. «Zaphkiel… el ángel que manipula el tiempo», pensó, recordando la inmensidad de aquel ser que caminaba sobre la nada. En su pecho, la marca de Camael latió una vez, un reconocimiento silencioso hacia otro mensajero de las alturas.
La Universidad Espiritual estaba a salvo, pero la verdadera escala del mundo en el que Aziel acababa de entrar se había revelado frente a sus ojos en toda su aterradora y divina gloria.
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¡Aaaah…! ¡Despacio, por favor!
Los quejidos de los guardias heridos rompieron el silencio sepulcral que había dejado la desaparición del hombre de blanco. Varios médicos de la universidad, portadores especializados de la Casa del Legado y de la Bondad, se apresuraron a atender a la Directora. Aplicaban compresas con agua brillante y ungüentos esenciales sobre su hombro quemado por el ácido profano, logrando que el miasma negro se evaporara en un sutil vaho gris.
Thalric Stone, el Líder de la Casa de la Estructura, caminó con paso firme hacia la muralla, ascendiendo por los peldaños de cristal con una solemnidad imponente. Vestía una túnica grisácea que parecía inmóvil a pesar del fuerte viento.
Aziel y Seraphina seguían estupefactos, mirando fijamente el pedazo de cielo azul donde antes flotaba aquella entidad divina. Los pensamientos de ambos eran un torbellino de incredulidad.
«¿Ese era un ángel?», se preguntó Aziel internamente, apretando los puños. «Mi madre decía que eran seres majestuosos… pero él se veía tan… humano. Y lo más extraño de todo…».
—No tenía alas… —el susurro de Seraphina interrumpió sus pensamientos. Ella miraba a Gavin con los ojos dorados llenos de confusión—. Juez Gavin, el señor Thalric dijo que era el Ángel Zaphkiel, pero… ¿por qué no vimos sus alas? ¿No se supone que los ángeles las tienen?
Thalric, que acababa de llegar a la cima de la muralla junto a ellos, escuchó la pregunta de la chica y dejó escapar una sutil y fría sonrisa.
—Es una observación astuta, jovencita —intervino Thalric, su voz sonaba tan sólida y pulida como el cristal—. Lo que presenciamos hoy no fue la verdadera y absoluta manifestación angelical de Zaphkiel. Si un ángel descendiera con toda su gloria y majestad celestial a este plano material, la densidad de su autoridad desintegraría la realidad misma y nuestras almas se evaporarían. Lo que vieron fue solo una fracción infinitesimal, una pequeña parte de su conciencia que intervino a través del velo para mantener el orden.
Gavin y Aria se cuadraron de inmediato frente al Líder de la Estructura, haciendo una profunda reverencia.
—Señor Stone, agradecemos su oportuna intervención para resguardar la muralla —dijo Gavin con respeto, para luego señalar al chico a su lado—. Aprovechando el momento, queremos presentarle a Aziel. Es el nuevo invitado distinguido de la Casa del Juicio.
Thalric clavó sus ojos grises y analíticos en el muchacho. Al escanearlo, sus cejas se arquearon levemente con sorpresa. Sintió la vibración inconfundible en el pecho de Aziel.
—Vaya… un bendecido directo —murmuró Thalric, cruzándose de brazos—. Y por la vibración de rigidez que emana, reconozco el sello. Es Camael, ¿no es así?
—Sí, señor —respondió Aziel, inclinando la cabeza levemente.
—Tiene sentido —soltó Thalric con una ligera carcajada seca—. Es totalmente normal que Elías Thorne lo reclamara para su propia casa de inmediato. A ese gigante le encanta acaparar la fuerza bruta. Sin embargo… —el Líder miró al horizonte con una expresión indescifrable y una sonrisa misteriosa—, prepárense. Parece que la universidad se va a poner interesante. En el próximo semestre les tocará lidiar con otra persona bendecida por un ángel que llegará a la ciudad.
Sin dar más explicaciones, Thalric Stone dio la vuelta y se desvaneció en una ráfaga de polvo de arena brillante, dejando a Aziel, Seraphina y a los dos Jueces completamente desconcertados por sus últimas palabras. ¿Otra persona bendecida? Eso era algo teóricamente inaudito.
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¡Clac-clac-clac!
El viaje de regreso en el carruaje fue mucho más ruidoso. Seraphina, intentando disipar el miedo residual que le había dejado la perturbadora silueta de Lilith, no paraba de hablar con Gavin y Aria. Les preguntaba detalles sobre las clases, sobre cómo era la vida de los estudiantes de Fase 2 y si realmente los engendros de sombras eran comunes en las fronteras. Los dos Jueces respondían con paciencia y algunas bromas, aliviados de que la chica mantuviera el ánimo arriba.
Aziel, en cambio, permaneció en absoluto silencio, mirando por la ventana.
Había visto a Camael, el ángel con el que forcejeó en la penumbra. Había visto al Ángel de la Muerte en el umbral del de esa oscuridad cada vez que su vida se apagaba. Pero ver a Zaphkiel manipular el tiempo, ver cómo rebobinaba los eventos y borraba los ataques de una calamidad con la misma facilidad con la que se pasa la página de un libro, le dejó una sensación profundamente perturbadora en el alma. Alterar el flujo de lo creado se sentía antinatural, una demostración de autoridad tan inmensa que lo hacía sentirse más insignificante que nunca.
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Al llegar a la inmensa propiedad de la Casa del Juicio, los mayordomos y las sirvientas ya los esperaban en la entrada para abrir las puertas del carruaje.
—Hemos llegado, muchachos —dijo Gavin, bajando del transporte—. El señor Thorne nos pidió que descansaran por hoy. Mañana procesaremos formalmente sus horarios de la universidad.
—Muchas gracias por todo, Juez Gavin, Jueza Aria —se despidió Seraphina con una reverencia, mientras Aziel asentía con gratitud.
Los dos experimentados guerreros se marcharon hacia el ala de oficiales, dejando a los dos jóvenes solos en el gran patio de entrenamiento lateral que conducía a sus aposentos.
—Uff… qué día —suspiró Seraphina, estirando los brazos—. Pensé que las universidades eran para leer libros, no para ver demonios de leyenda.
—Yo también —coincidió Aziel, sonriendo un poco—. Pero al menos confirmamos que estás en la Fase 2. Eso es increíble, Seraphina.
—¡Oye, tú! ¡El nuevo!
Una voz arrogante interrumpió su charla tranquila. Desde el centro del patio de tierra, tres jóvenes aprendices de la Casa del Juicio, que vestían uniformes de entrenamiento carmesí, se acercaron a ellos. El que lideraba el grupo, un chico alto y de cabello rubio cortado al ras, sostenía dos espadas de madera pesada sobre sus hombros.
—Corrió el rumor de que el Líder Thorne trajo a un muerto de hambre bendecido por Camael y lo instaló en el ala este —dijo el rubio con una sonrisa burlona, midiendo a Aziel con la mirada—. Te ves bastante normal para ser un "portador de la Fuerza". Queremos probar tu nivel. Veamos si realmente mereces estar bajo el mismo techo que nosotros.
Aziel sintió que el rostro se le calentaba de pura vergüenza. Detestaba llamar la atención y lo último que quería era armar un alboroto en su primer día.
—No tengo intenciones de pelear —respondió Aziel, dando un paso atrás—. Además, ni siquiera sé usar una espada.
Los otros dos aprendices soltaron una carcajada.
—¿Qué pasa? ¿El bendecido del ángel del rigor resultó ser un cobarde? —provocó el rubio, arrojando una de las espadas de madera directamente hacia los pies de Aziel.
¡Clack!
El arma de práctica golpeó el suelo de piedra.
Aziel miró el suelo, incómodo. Estaba a punto de negarse de nuevo, cuando sintió un fuerte empujón en su espalda.
—¡¿A quién llamas cobarde, idiota?! —gritó Seraphina, saliendo de detrás de Aziel con los puños apretados y los ojos dorados encendidos de indignación—. ¡Aziel aceptará tu tonto duelo y te dará una lección! ¡Vamos, Aziel! ¡Demuéstrales de lo que eres capaz! ¡No te dejes intimidar por estos presumidos!
Aziel la miró de reojo, con los ojos abiertos de par en par y una gota de sudor frío en la nuca. Seraphina estaba saltando cómicamente detrás de él, agitando los puños en el aire y dándole ánimos con una energía desbordante. Un grupo de chicas aprendices que pasaba por el pasillo elevado se detuvo a mirar la escena; al ver la actitud tan tierna, protectora y exagerada de la supuesta "sirvienta" hacia su amo, soltaron risitas afectuosas.
—¡Qué linda es! Mira cómo lo apoya —murmuró una de las espectadoras, riendo por lo bajo.
Aziel, completamente resignado y con las mejillas ligeramente coloradas por la vergüenza de ver a Seraphina haciendo tanto alboroto, suspiró profundamente. Se agachó y recogió la pesada espada de madera. Al empuñarla, el vigor de la Fase 3 latió en sus venas; la madera se sintió ligera como una pluma bajo su fuerza.
—Bien. Solo un intercambio —sentenció Aziel, caminando hacia el centro del área de combate.
El aprendiz rubio sonrió con suficiencia y adoptó una postura de esgrima perfecta, equilibrando su peso.
—Te daré el primer golpe, novato. ¡Intenta tocarme!
¡Ffwwosh!
El rubio se lanzó hacia adelante con una velocidad impresionante, lanzando un tajo diagonal directo al hombro de Aziel. El movimiento era técnico, fluido, propio de alguien que había entrenado durante años el vigor de la tierra.
Pero Aziel no tenía técnica. Tenía persistencia. Tenía el límite inamovible de Camael.
En lugar de esquivar o usar un bloqueo elegante, Aziel simplemente plantó ambos pies en la tierra. Su firma espiritual se expandió de golpe, una presión invisible que hizo que el suelo del patio vibrara de forma sutil. Alzó la espada de madera con una sola mano, utilizándola como un escudo rudo.
¡¡¡CRACK!!!
El impacto de las dos maderas resonó en todo el patio como un disparo. El aprendiz rubio abrió los ojos de par en par, conmocionado; sintió que había golpeado una muralla de granito sólido. La vibración del choque recorrió su brazo, entumeciéndole los dedos. Su espada de madera se astilló por completo debido a la brutalidad de la resistencia física de Aziel.
Aprovechando que el oponente había quedado desestabilizado por el rebote, Aziel dio un paso al frente y, con un movimiento simple pero cargado de un vigor aplastante, lanzó un tajo horizontal.
¡PUM!
El plano de la espada de madera de Aziel impactó de lleno en el costado del chico rubio. La fuerza del golpe lo levantó unos centímetros del suelo, arrojándolo un par de metros hacia atrás hasta caer de rodillas sobre la tierra, sin aliento y sosteniéndose las costillas con una mueca de dolor.
El patio quedó en absoluto silencio. Los otros dos aprendices tragaron saliva, dando un paso atrás, mientras las chicas del pasillo soltaban exclamaciones de asombro. Aziel no se había movido de su posición inicial; su postura era desordenada y carente de arte, pero su defensa había sido absoluta.
—¡SIII! ¡Te lo dije! ¡Eres el mejor, Aziel! —el grito de victoria de Seraphina rompió la tensión. Corrió hacia él con una sonrisa radiante, abrazando su brazo sin importarle las miradas de los demás—. ¡Vieron eso? ¡No duraron ni un segundo contra él!
Aziel exhaló un suspiro, dejando caer la espada de madera al suelo. Miró a Seraphina, cuya alegría genuina parecía derretir cualquier rastro de la frialdad que la batalla de Lilith había dejado en su mente.
Sonrió de lado, dejándose arrastrar por la chica hacia el interior de la mansión. La escala del mundo de los ángeles y los demonios era aterradora, pero mientras caminara junto a ella, Aziel sabía que su inmortalidad tenía un frente que valía la pena proteger.