¡Clinc! ¡Clinc!
El suave tintineo de los cubiertos de plata contra la porcelana fina era el único sonido que competía con el crepitar de la chimenea. La cena en el comedor privado de Elías Thorne fue una experiencia de ensueño. Tras dos años de comer cualquier cosa y sobras frías en la intemperie, Aziel y Seraphina contemplaban el banquete frente a ellos con un hambre voraz, aunque intentaban mantener los modales por puro respeto a sus anfitriones.
La atmósfera, afortunadamente, no era tan rígida como Aziel había temido. Eleanor, la esposa de Elías, se encargó de romper el hielo de inmediato. Con una calidez maternal y una sonrisa constante, lideró la conversación haciendo preguntas tranquilas sobre sus gustos, los paisajes que habían visto en sus viajes y cómo se habían conocido.
Aziel y Seraphina, cuyo cansancio físico y emocional los tenía al borde del colapso, sintieron cómo la tensión acumulada en sus hombros finalmente se disipaba. Eleanor escuchaba sus relatos con expresiones de genuino asombro y compasión, fingiendo a la perfección que no sabía absolutamente nada de la tragedia familiar que su esposo ya le había confiado en secreto. Para ella, eran simplemente dos jóvenes que necesitaban un refugio.
—Es un alivio ver que recuperan el color en sus rostros —comentó Eleanor con dulzura, extendiendo una jarra de jugo fresco—. Han caminado un sendero muy difícil, pero bajo este techo pueden descansar.
—Muchas gracias, señora Thorne. Todo está delicioso —respondió Seraphina con timidez, mientras sus ojos dorados brillaban con gratitud.
Aziel simplemente asintió, esbozando una pequeña sonrisa. Por primera vez en mucho tiempo, su estómago estaba lleno y su mente no estaba en alerta máxima.
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Al terminar la cena, Elías y Eleanor se retiraron a sus aposentos, permitiendo que un mayordomo guiara a los jóvenes de regreso a la sección este de la mansión. Sin embargo, al cruzar uno de los pasillos iluminados por lámparas de pared, tres chicas de la edad de Aziel salieron de un salón contiguo. Eran aprendices residenciales de la Casa del Juicio, y sus rostros rebosaban una curiosidad incontenible.
—¡Es él! ¡Es el chico del que todos hablan! —susurró una de ellas, una joven de cabello rizado, dando un codazo a su compañera.
Las tres se acercaron rápidamente, bloqueándoles el paso con sonrisas traviesas.
—Disculpa... ¿tú eres Aziel, verdad? —preguntó la del medio, mirándolo con ojos brillantes—. Corrió el rumor de que un portador directo de la Fuerza llegó hoy. ¡Es un honor conocerte!
—Eh... sí, hola —respondió Aziel, dando un paso atrás por el instinto de timidez, rascándose la nuca con nerviosismo.
La tercera chica miró entonces a Seraphina, detallando su hermoso vestido borgoña y su deslumbrante cabello dorado.
—¡Vaya! ¿Y ella quién es? ¿Eres su prometida? Hacen una pareja preciosa.
¡Glup!
Aziel casi se atraganta con su propia saliva, abriendo los ojos de par en par. Seraphina, por su parte, se congeló por completo. Su mirada tierna desapareció en un parpadeo; entrecerró los ojos dorados y apretó los labios en una línea delgada. No había ni un ápice de sonrisa en su rostro, mostrando una actitud repentinamente expectante y rígida.
—¡No, no, para nada! —intervino Aziel a toda prisa, agitando las manos en el aire—. Ella no es mi prometida. Es... bueno, es mi sirvienta personal. Mi maid.
Las tres chicas parpadearon sorprendidas y luego soltaron una risita melodiosa, divertido por la obvia vergüenza del muchacho.
—¡Ah, una sirvienta! —exclamó la de cabello rizado con picardía—. Entonces... eso significa que no tienes pareja, ¿verdad?
Seraphina dio un paso al frente, cruzándose de brazos, manteniendo una expresión gélida que parecía emanar un calor peligroso a pesar de su rol de sirvienta. Las aprendices estaban a punto de seguir bromeando cuando unos pasos pesados y lentos resonaron detrás de ellas.
—¿No tienen deberes que repasar para mañana, señoritas? —una voz anciana pero firme cortó el aire.
Era el anciano Juez que había llorado de emoción durante la reunión de la tarde. Las tres chicas se pusieron firmes de inmediato, palideciendo.
—¡Juez Samuel! —exclamaron a coro.
—A sus habitaciones. Ahora —ordenó el anciano con severidad.
Las jóvenes hicieron una reverencia apresurada y salieron corriendo por el pasillo, dejando escapar algunos murmullos apagados. El Juez Samuel se dio la vuelta hacia Aziel y Seraphina, y su rostro se transformó en una expresión de profunda benevolencia.
—Lamento el atrevimiento de las muchachas, joven Aziel. La juventud a veces carece de la templanza necesaria —dijo el anciano, acomodándose la túnica—. Pero es comprensible que estén alborotadas. Después de todo, estamos en el mes de Siván del calendario, y eso solo significa una cosa: el inicio del nuevo ciclo.
—¿El mes de Siván? —preguntó Aziel, confundido por el término del calendario.
—Así es. Es la época en la que las puertas de la institución se abren. Mañana mismo comenzarán los preparativos para que ambos entren a la Universidad Espiritual.
Seraphina ladeó la cabeza, abandonando su postura rígida.
—¿La Universidad Espiritual? ¿Qué es exactamente lo que se hace allí, señor?
—Es el centro donde refinamos la vasija humana —explicó Samuel, gesticulando con sus manos arrugadas—. Allí aprenderán sobre la estructura de las Esferas, la manipulación de la autoridad y las leyes del orden divino. No se preocupen, muchachos, la universidad está diseñada precisamente para enseñar desde los cimientos a quienes apenas despiertan su percepción.
En ese momento, una anciana de baja estatura y aspecto vivaz apareció por el pasillo, caminando a paso apresurado.
—¡Samuel! Te he estado buscando por todas partes. Deja de aburrir a los invitados distinguidos con tus discursos históricos a estas horas de la noche —lo regañó la mujer con un tono divertido, saludando a los chicos con un asentimiento de cabeza—. Buenas noches, muchachos. No le hagan mucho caso, le encanta hablar de más. ¡Vamos, camina!
La anciana tomó al Juez Samuel del brazo y, a pesar de sus protestas, comenzó a arrastrarlo por el corredor.
—¡Pero mujer, solo les estaba explicando sobre la Universidad, el nuevo período...! —se quejó el anciano a la distancia mientras desaparecía por la esquina.
Aziel y Seraphina se quedaron solos en el pasillo, compartiendo una mirada de total incomodidad y vergüenza ajena, antes de soltar una pequeña risa contenida.
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Al llegar a sus aposentos, los jóvenes se percataron de un detalle en el que no habían reparado por la tarde. Justo en medio de sus respectivas habitaciones, había una puerta de madera tallada que conectaba ambos cuartos directamente.
—¿Una puerta intermedia? —murmuró Seraphina, tocando el pomo desde el lado de Aziel.
—El mayordomo me explicó que las habitaciones de los portadores siempre están conectadas con las de sus asistentes —dijo Aziel, rascándose la mejilla con timidez—. De esa forma, el sirviente puede acudir rápidamente si su amo necesita algo en medio de la noche... pero, considerando que tenemos la misma edad, ciertamente es muy extraño.
—Un poco —coincidió Seraphina, aunque no parecía molesta. Cruzó la puerta y se sentó de manera informal en el borde de la gran cama de Aziel—. Aunque... prefiero que estemos conectados a estar aislada en una mansión tan grande.
Aziel se sentó en una silla de madera cercana, observándola. Pasaron las siguientes dos horas charlando sobre las expectativas de la universidad, bromeando sobre el tamaño descomunal de Elías Thorne y recordando la graciosa escena de las empleadas de la tienda de ropa sudando de puro pánico.
—Mañana será el primer día de la semana —comentó Aziel, estirando los brazos—. Elías dijo que alguien nos acompañaría para las inscripciones formales. Espero que no sea él, sigo pensando que me va a triturar si hago una pregunta tonta.
—No seas exagerado —rió Seraphina, poniéndose de pie—. Descansa, Aziel. Mañana empieza todo.
—Descansa, Seraphina.
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El comienzo de una nueva semana por la mañana, los primeros rayos del sol iluminaron el patio principal de la mansión. Aziel y Seraphina, vistiendo las ropas nuevas que les habían comprado el día anterior, bajaron a la entrada principal. Allí, esperándolos junto a un carruaje elegante, se encontraba la pareja de Jueces más jóvenes que habían visto en la mesa de roble.
El hombre, de contextura ágil y una sonrisa brillante, dio un paso al frente de inmediato.
—¡Buenos días! Espero que hayan descansado —saludó con entusiasmo—. Mi nombre es Gavin, Juez de la Quinta Orden de la Casa del Juicio.
La mujer a su lado, de cabello castaño claro cortado hasta los hombros y ojos perspicaces pero amables, sonrió y dio un ligero asentimiento.
—Y yo soy Aria, su esposa —se presentó—. El señor Thorne está atendiendo asuntos del consejo de la ciudad, así que nosotros seremos sus guías hoy. Los acompañaremos directamente a la Universidad Espiritual para gestionar sus inscripciones y evaluar en qué nivel de Fase se encuentran sus firmas.
Gavin abrió la puerta del carruaje con un gesto caballeroso.
—Suban, muchachos. El camino hacia el refinamiento de la autoridad empieza hoy, y créanme, la universidad de la Ciudad-Santuario es un lugar que jamás olvidarán.
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¡Clac-clac-clac!
El rítmico galope de los caballos y el balanceo del carruaje marcaban el avance de los jóvenes por las amplias avenidas de la Ciudad-Santuario. Aziel y Seraphina miraban por la ventana, completamente fascinados, mientras Gavin y Aria compartían el asiento de enfrente con una actitud relajada y amigable.
—Dado que pronto pisarán las aulas, es fundamental que entiendan cómo se divide el poder y el orden en este lugar —comenzó Aria, cruzando las piernas con elegancia—. La Ciudad-Santuario se sostiene sobre cinco pilares fundamentales, las cinco Casas principales. Cada una de ellas custodia una Esfera de manifestación divina y sigue el camino de un ángel guardián específico, manejando un paralelismo natural.
Gavin asintió, tomando la palabra con entusiasmo:
—Así es. Está nuestra casa, la Casa del Juicio, bajo la tutela del Ángel Camael, donde nos especializamos en la Tierra y el Vigor. Luego está la Casa del Equilibrio, que sigue al Ángel Haniel mediante el Aire y el Flujo Emocional. Si buscan conocimiento e historia, la Casa del Legado custodia la Memoria a través del Agua gracias al Ángel Zadkiel. Para la Verdad y los secretos, la Casa de la Claridad trabaja con la Luz bajo la guía del Ángel Raziel. Y finalmente, la Casa de la Estructura, que sigue al Ángel Zaphkiel manipulando los elementos de Cristal y la Arena.
Aziel escuchaba con atención, procesando la inmensa cantidad de información. Había algo que todavía le causaba intriga desde la noche anterior.
—Juez Gavin... —intervino Aziel—. El Juez Samuel mencionó algo sobre las "Fases". ¿Cómo funciona eso exactamente?
—Ah, las Fases Espirituales —sonrió Gavin, acomodándose el cuello de la chaqueta—. Verás, a diferencia de otros sistemas vulgares, la autoridad de un alma no se puede medir con rangos o títulos pretenciosos. No tienen un nombre como tal; simplemente las llamamos Fases, del uno al seis, representando los seis días en que el hombre fue creado. Cada vez que avanzas de Fase, tu espiritualidad, tu percepción y la densidad de tu autoridad aumentan en gran medida.
—Precisamente por eso vamos allá —añadió Aria, mirando a ambos—. La Universidad Espiritual ha abierto sus puertas de manera anticipada durante este período de vacaciones, específicamente para evaluar, registrar e instruir a los jóvenes de nuevo ingreso . Queremos ver en qué punto se encuentran sus vasijas espirituales.
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¡Ssssh!
El carruaje se detuvo suavemente. Al bajar, Aziel y Seraphina soltaron un jadeo de genuino asombro. La Universidad Espiritual era una maravilla arquitectónica que desafiaba lo que ellos habrían visto en sus vidas. La estructura principal estaba construida casi en su totalidad por bloques de un cristal purísimo y translúcido que refractaba la luz del sol matutino en miles de arcoíris resplandecientes.
—Es hermoso... —susurró Seraphina, con los ojos dorados brillando de emoción.
—Impresionante, ¿verdad? —comentó Aria con orgullo—. De todas las facciones, la que más ha apoyado y diseñado esta estructura es la Casa de la Estructura. El líder Thalric Stone y su gente utilizaron su afinidad con el cristal y la arena fina para moldear este templo del saber. Prácticamente cada rincón de este lugar respira la precisión de Zaphkiel.
Al cruzar el majestuoso umbral de cristal, un asistente masculino vestido con un uniforme pulcro de color azul marino se acercó a ellos de inmediato, haciendo una respetuosa inclinación.
—Juez Gavin, Jueza Aria, es un honor tenerlos de vuelta de la Casa del Juicio —saludó el joven asistente con voz clara—. ¿Vienen para el registro de los nuevos aspirantes?
—Así es, la orden viene directamente del señor Thorne —respondió Gavin con seriedad—. Ellos son Aziel y Seraphina. Guíanos a la zona de pruebas de inmediato por favor.
El asistente asintió diligentemente y los condujo a través de pasillos de cristal reflectante hasta una gran sala circular. En el centro de la habitación, un complejo grabado rúnico brillaba con una tenue luz azulada sobre el suelo: la matriz de evaluación de almas.
Sin embargo, cuando Gavin le susurró al asistente los antecedentes de Aziel y la naturaleza de su condición, el rostro del empleado se descompuso por completo. Palideció, tragó saliva y miró al chico de cabello castaño como si estuviera viendo a un fantasma.
—¡¿B-Bendecido por un ángel?! ¡Por favor, esperen un momento! —exclamó el asistente, saliendo corriendo de la sala a toda prisa.
Minutos después, las pesadas puertas de cristal se abrieron y una mujer de porte imponente, avanzada edad pero con una mirada cargada de una vitalidad abrumadora, entró al lugar. Era la Directora de la Universidad. Se acercó a Aziel sin rodeos, extendiendo una mano temblorosa pero firme hacia el pecho del chico.
¡Bzzzt!
Una chispa de energía dorada saltó al contacto. La Directora cerró los ojos, sintiendo la vibración del alma del muchacho. Sintió el rigor absoluto, la firmeza inamovible y el calor latente del guardián del límite. Al abrirlos, su rostro reflejaba una reverencia absoluta.
—Es real... —murmuró la Directora, asombrada—. Lleva el sello sagrado, el sello de Camael inyectado en su misma esencia. Joven Aziel, tu alma ya ha superado los límites del despertar. Tu vasija está fijada. Oficialmente, estás determinado en la Fase 3. No necesitas pasar por las pruebas básicas.
Aziel dio un paso atrás, asintiendo en silencio mientras tocaba inconscientemente su pecho.
Seraphina miró la escena y, de repente, sintió una pequeña opresión en su corazón. Ella admiraba a Aziel, pero al verlo estar en un nivel tan alto debido a su bendición, un profundo deseo de no convertirse en una carga para él floreció en su pecho. Quería estar a su par, caminar a su lado como una igual, no desde las sombras.
—Es tu turno, jovencita —le sonrió Aria de manera amable, invitándola a pasar al centro del grabado.
Seraphina tomó una respiración profunda, caminó hacia el centro de la matriz rúnica y cerró los ojos. Siguiendo las instrucciones de la Directora, comenzó a meditar. Se concentró en su interior, buscando en medio de la neblina de sus recuerdos olvidados un fragmento de su propia alma. Al hacerlo, un calor sutil y reconfortante, una chispa de fuego latente y puro, comenzó a emanar de su cuerpo, haciendo que el grabado del suelo brillara con un tono carmesí suave.
La matriz parpadeó un par de veces antes de estabilizarse.
—Fase 2 —dictaminó la Directora, anotando en su pergamino—. Es un resultado excelente para alguien que ingresa de forma externa y sin un linaje entrenado. Es completamente normal, jovencita, no tienes nada de qué preocuparte.
Seraphina abrió los ojos y bajó la mirada por un breve segundo, mordiéndose el labio inferior de forma sutil. Se sentía un poquito afectada por la diferencia de nivel con Aziel, pero rápidamente apretó los puños y alzó la cabeza, sus ojos dorados encendiéndose con una determinación renovada.
«No me voy a quedar atrás... ¡Voy a esforzarme el doble para alcanzarlo!», se motivó internamente, dedicándole una sonrisa decidida a Aziel—
¡¡¡BOOOOOOOOM!!!
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Un estruendo apocalíptico sacudió la Universidad Espiritual. Las inmensas paredes de cristal vibraron de forma violenta y un par de lámparas del techo se desprendieron, haciéndose añicos contra el suelo. El piso tembló como si un terremoto estuviera agrietando los cimientos mismos de la tierra.
—¡¿Qué fue eso?! —gritó Gavin, desenvainando instintivamente una daga de su cinturón mientras Aria se ponía en guardia.
—¡Viene del ala oeste! —exclamó la Directora, cuyo rostro se había tornado severo y frío—. ¡Esa zona conecta directamente con la Muralla Límite de la ciudad!
Sin perder un segundo, el grupo corrió a toda velocidad hacia los balcones superiores y las escaleras que conducían a la cima de la colosal muralla blanca que protegía la Ciudad-Santuario por ese flanco de la universidad. Al subir los últimos peldaños y asomarse al horizonte, el aire se volvió gélido y un olor a azufre y ceniza inundó sus pulmones.
A lo lejos, extendiéndose por el bosque y devorando las llanuras a una velocidad aterradora, una gigantesca columna de humo negro y denso se alzaba hacia el cielo, oscureciendo la luz del sol. No era humo común; era una masa de sombras vivas, una oscuridad absoluta que avanzaba carcomiendo y pudriendo todo lo que tocaba a su paso, transformando la vida en cenizas estériles.
La Directora de la Universidad se aferró a la baranda de piedra de la muralla. Sus manos temblaban violentamente y sus ojos estaban fijos en el centro de la masa de sombras, donde la silueta de una figura femenina, imponente, etérea y terrorífica, comenzaba a dibujarse en medio del humo negro.
—No puede ser... —susurró la Directora, con la voz quebrada por un terror antiguo—. Esa presencia... esa autoridad profana... Es una calamidad que no se había manifestado en la tierra desde hacía cientos de años...
Aziel dio un paso al frente, sintiendo que la marca de Camael en su pecho comenzaba a arder con una intensidad salvaje, como si respondiera al enemigo natural que se aproximaba.
—¿Quién es ella? —preguntó Aziel, con la mirada endurecida.
La Directora tragó saliva, pronunciando el nombre que hizo que incluso los experimentados Jueces, Gavin y Aria, dieran un paso atrás, horrorizados:
—Lilith... El demonio primordial. La madre de las sombras ha despertado... y viene directo hacia nosotros.