¡Gulp!
El sonido de Aziel tragando saliva pareció resonar en medio del repentino y sepulcral silencio que se formó en la entrada de la ciudad. El gigante de dos metros de altura, con ese imponente abrigo carmesí y negro, seguía inclinado frente a él en una reverencia impecable.
«¡¿Qué demonios le pasa a este tipo?!», gritó Aziel en sus pensamientos, sintiendo una gota de sudor frío recorrerle la sien. «¡Es enorme! Sus músculos parecen rocas y su cara grita ‘te voy a aplastar’... ¡pero me está haciendo una reverencia! ¡Da muchísimo miedo!».
Seraphina, completamente intimidada por la monstruosa presencia del hombre, dio un paso tembloroso y se escondió detrás de la espalda de Aziel, aferrándose a la tela rota de su camisa.
Elias Thorne se irguió lentamente, y su mirada severa pareció suavizarse apenas una fracción de milímetro.
—Dime, portador, ¿cuál es tu nombre? —preguntó el Líder con su voz profunda.
—Aziel... Me llamo Aziel —respondió el chico, intentando mantener la compostura.
—Aziel —repitió Elias, asintiendo como si el nombre tuviera un peso sagrado—. Deseo invitarte a la Casa del Juicio. Tu presencia allí será un honor para nuestra estructura. Sin embargo... —Elias desvió su mirada de águila hacia la chica rubia que se asomaba tímidamente por encima del hombro del chico—, las reglas de la Ciudad-Santuario son estrictas. Las Casas principales no pueden acoger a civiles al azar. La joven tendrá que ser escoltada a los campamentos de refugiados del sur.
Seraphina apretó la camisa de Aziel con más fuerza, bajando la mirada. Otra vez la iban a apartar. Otra vez estaría sola.
Pero Aziel no dudó ni un segundo. Dio un paso firme hacia adelante, interponiéndose por completo entre ella y el gigante.
—Entonces no iré a ninguna parte —declaró Aziel, mirándolo a los ojos—. Si ella no viene conmigo, me daré la vuelta ahora mismo.
Elias enarcó una ceja, sorprendido por la insolencia, pero al mismo tiempo complacido por la firmeza del muchacho. Aziel había escuchado la historia de Seraphina la noche anterior; no iba a permitir que la única persona que no lo había mirado con asco en dos años fuera abandonada a su suerte.
—Ya veo. Eres un muchacho bastante terco diría yo... muy propio de la Fuerza —murmuró Elias, llevándose una mano a la barbilla, pensativo—. Bien. Solo hay una manera de justificar su residencia en la finca principal sin que las otras Casas presenten quejas.
—¿Cuál? —preguntó Aziel, a la defensiva.
—Diremos que es tu sirvienta personal—sentenció Elias con una seriedad mortal.
¡¿Eh?!
Aziel y Seraphina abrieron los ojos como platos, con las mandíbulas casi tocando el suelo. La chica se puso roja hasta las orejas, mientras Aziel agitaba las manos frente a él, estupefacto.
—¡¿Mi sirvienta?! ¡Oiga, apenas y tengo ropa interior limpia, no necesito una...!
—Está decidido —lo interrumpió Elias, dándose la vuelta con una ráfaga de su pesado abrigo—. Síganme. Tenemos asuntos que atender antes de ir a casa.
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Caminar por la Ciudad-Santuario era como estar en otro mundo. Las calles estaban pavimentadas con piedras blancas inmaculadas, y la arquitectura de los edificios parecía una mezcla perfecta entre lo antiguo y lo divino. Sin embargo, lo que más llamaba la atención de Aziel y Seraphina era la forma en que la multitud se abría como el mar Rojo al paso de Elias Thorne.
¡Ring!
La campanilla de una lujosa tienda de ropa en el distrito comercial sonó cuando Elias empujó la puerta de cristal. El interior olía a telas finas y perfumes caros. Las tres jóvenes que atendían el lugar estaban conversando animadamente, pero al ver al coloso carmesí entrar, palidecieron de inmediato.
—¡S-Señor Thorne! —chilló la encargada, sudando a mares mientras hacía una reverencia tan rápida que casi se golpea la frente contra el mostrador—. ¡B-Bienvenido a nuestra humilde boutique! ¿E-En qué podemos servirle?
—Mis invitados necesitan ropa digna. Vístanlos —ordenó Elias con su tono inflexible, señalando a los dos jóvenes que parecían vagabundos.
Las empleadas tragaron saliva, asintieron frenéticamente y arrastraron a Seraphina y a Aziel hacia los probadores.
Lo que siguió fue un caos divertido. Seraphina, olvidando por completo el miedo y la tensión de los días anteriores, se dejó llevar por la emoción. Sus ojos dorados brillaban mientras revisaba los estantes.
—¡Aziel, prueba esto! ¡No, espera, esta camisa te quedará mejor! —decía ella, pasándole prendas sin parar por encima de la puerta del probador.
Cuando Aziel finalmente salió, llevaba un pantalón oscuro ajustado, botas de cuero negro y una camisa gris de tela resistente que se amoldaba a la perfección a sus músculos. Seraphina llevaba un vestido sencillo pero elegante de tonos crema y borgoña que realzaba el color dorado de su cabello.
Aziel suspiró, sintiéndose extraño al no llevar harapos después de dos años, pero al ver la sonrisa radiante de Seraphina evaluando su atuendo, no pudo evitar devolverle una sonrisa genuina.
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Después de la tienda, la tarde comenzó a caer. Elias los guió hasta una plaza tranquila y, para sorpresa absoluta de ambos, se detuvo frente a un pintoresco puesto de postres.
—¿De qué sabor lo quieren? —preguntó el gigante de dos metros, con el rostro más serio del mundo, mirando el menú de helados.
Aziel y Seraphina parpadearon un par de veces, incrédulos. La imagen del temido líder comprando helado era tan surrealista que casi parecía un chiste. Minutos después, los tres estaban sentados en una banca de la plaza; Elias comía su helado de limón con una solemnidad militar, mientras los jóvenes disfrutaban de los suyos.
—Y bien —empezó Elias, mirándolos—. Conozco sus nombres, pero no sus historias. ¿De dónde vienen?
La brisa de la tarde sopló con suavidad. Seraphina fue la primera en hablar, relatando su vida desde el orfanato, sus lagunas mentales antes de los cinco años y cómo había terminado huyendo de aquellos matones. Elias escuchó sin interrumpir, asintiendo levemente.
Luego, fue el turno de Aziel. Omitió las partes más dolorosas de sus múltiples muertes, pero le habló de sus dos años vagando y, finalmente, del encuentro en aquel lago oscuro.
—Mi madre deseaba que un ángel me bendijera. Y lo hizo, supongo. Aunque no me dijo su nombre —explicó Aziel, mirando su mano—. Solo recuerdo que era un hombre imponente. Tenía el cabello de un tono anaranjado oscuro, casi como el fuego apagado. Su armadura parecía inquebrantable, y sus alas... eran enormes, irradiaban un rigor que te paralizaba el corazón solo con estar cerca. No había dulzura en él, solo una fuerza absoluta.
Al escuchar la descripción, los ojos de Elias Thorne se iluminaron. Una sonrisa lenta y orgullosa se dibujó en el severo rostro del gigante.
—Cabello anaranjado, armadura de rigor y alas que exigen reverencia... —murmuró Elias, apretando el puño con emoción contenida—. No cabe duda. Has sido tocado por Camael, el Ángel de la Fuerza y el Límite. El santo patrono de nuestra Casa.
Elias se puso de pie, su enorme figura bloqueando los últimos rayos del sol.
—Bendito sea Dios que has llegado a mis puertas, Aziel. Vamos. Es hora de que conozcas tu nuevo hogar.
Caminaron un par de cuadras más hasta que el bullicio de la ciudad quedó atrás. Ante ellos se erigió una inmensa propiedad rodeada de gruesos muros de piedra tallada y puertas de hierro forjado. En lo alto de la entrada principal, un emblema tallado en la roca mostraba una balanza sostenida por una espada: el símbolo de la Fuerza y el Juicio.
Habían llegado a la Casa del Juicio.
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¡Creeeeak…!
Las enormes puertas de hierro forjado se abrieron con un quejido metálico, revelando el interior de la Casa del Juicio. Si la Ciudad-Santuario ya era impresionante, aquel recinto era un mundo aparte.
Los ojos de Aziel y Seraphina no daban abasto. Pasaron por inmensos patios pavimentados donde decenas de jóvenes entrenaban con espadas de madera y escudos, rodeados por jardines perfectamente podados y estandartes de color carmesí y negro que ondeaban al viento. Los pasillos exteriores estaban sostenidos por columnas de roca sólida, talladas con escenas de batallas antiguas y balanzas que representaban la justicia y el límite. Todo allí gritaba orden, poder y disciplina.
—Esto es… gigantesco —susurró Seraphina, girando la cabeza hacia todos lados, maravillada.
Aziel asintió, sintiéndose diminuto a pesar del vigor que latía en su pecho.
Al llegar a la entrada de la mansión principal, una fila de sirvientas con delantales impecables y mayordomos de frac se inclinaron al unísono.
—¡Bienvenido a casa, señor Thorne! —dijeron todos a coro.
Sin embargo, al levantar la vista, el personal no pudo ocultar su desconcierto. Detrás del imponente gigante de dos metros venían dos jóvenes que, a pesar de llevar ropa limpia y de buena calidad, caminaban con la timidez e incomodidad de dos forasteros.
—Preparen el Gran Salón —ordenó Elias sin detenerse—. Y avisen a mi esposa, Eleanor. Quiero a los cuatro Jueces Mayores de nuestra Casa y a sus esposas en el salón en cinco minutos. Es un asunto de suma importancia.
Los sirvientes se dispersaron de inmediato como hormigas diligentes.
Mientras caminaban por los largos y lujosos corredores iluminados por candelabros de cristal, Seraphina se acercó a Aziel por la espalda. Estaba temblando. Con sus pequeños dedos, tiró nerviosamente de la manga de la camisa gris del chico.
—Aziel… —susurró ella, casi al borde del pánico—. Hay demasiada gente importante. ¡Nos van a descubrir! ¡Van a saber que somos unos vagabundos!
Aziel se pasó una mano por el cabello castaño, alborotándolo mientras una gota de sudor frío le resbalaba por la frente. Se inclinó hacia ella y le susurró por lo bajo:
—Tranquila… yo también estoy aterrorizado. Solo asiente, sonríe y no hables a menos que te pregunten.
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¡Clack!
Las puertas del Gran Salón se cerraron tras ellos. El lugar era majestuoso, con una enorme mesa redonda de roble en el centro. Allí ya los esperaban.
Elias tomó asiento en la cabecera, junto a una mujer de porte elegante, cabello oscuro recogido y una mirada amable pero perspicaz. Era Eleanor Thorne. Alrededor de la mesa estaban los cuatro Jueces Mayores (los líderes internos de la Casa) junto a sus esposas. Aziel notó rápidamente la distribución: tres de las parejas eran adultos mayores, con canas y rostros marcados por la experiencia, mientras que la última pareja lucía bastante más joven, apenas unos años mayores que él y Seraphina, seguramente nombrados recientemente.
Elias se puso de pie, y el silencio reinó en la sala.
—Hermanos de la Fuerza —comenzó Elias, con su voz resonando en las paredes de piedra—. Hoy, nuestra Casa ha recibido el mayor de los honores. Este joven frente a ustedes no es un invitado cualquiera. Su nombre es Aziel, y porta en su alma el sello del Ángel Camael.
¡Gasp!
La reacción fue instantánea. Las cuatro parejas se pusieron de pie de un salto, volcando un par de copas de agua en el proceso. Las expresiones de severidad se transformaron en rostros iluminados por la emoción, la incredulidad y la reverencia.
—¡¿Bendecido por el propio Camael?! —exclamó uno de los Jueces más ancianos, con los ojos llorosos—. ¡No hemos tenido un portador directo de la Fuerza en generaciones! ¡Bendito sea el Creador por esta misericordia!
Todos se acercaron, rodeando a Aziel con sonrisas exultantes, tratándolo casi como a un príncipe perdido. Seraphina quedó un poco relegada, observando la escena con asombro.
—Y díganos, joven Aziel —preguntó la esposa del Juez más joven, mirando con curiosidad a la chica rubia de ojos dorados—. ¿Quién es esta hermosa señorita que lo acompaña? ¿Su prometida, tal vez?
Seraphina se puso más roja que los estandartes de la casa.
—E-Ella… —Aziel se atragantó con sus propias palabras, recordando el plan.
—Es su sirvienta personal —intervino Elias con total naturalidad—. Su maid.
¡Fush! El rostro de Seraphina parecía a punto de echar humo, pero recordando las palabras de Aziel, hizo una torpe y apresurada reverencia, casi chocando su frente contra sus propias rodillas. Aziel, contagiado por los nervios, también hizo una reverencia avergonzada, rascándose la nuca.
—¡Oh, ya veo! —rió uno de los Jueces mayores—. Para tener una sirvienta tan joven y refinada, debe provenir de una familia muy ilustre. No se preocupe, muchacho, aquí será tratado con los honores de su estatus.
Aziel forzó una sonrisa. Si supieran que hace apenas unas horas estaba comiendo sobras en un callejón y siendo decapitado, probablemente se desmayarían.
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Tras la reunión, Elias ordenó que los llevaran a sus aposentos.
En la privacidad de su despacho, Eleanor sirvió dos copas de té y miró a su gigantesco esposo.
—Elias… ese chico no viene de una familia ilustre, ¿verdad? Sus ojos tienen la mirada de alguien que ha visto la muerte demasiadas veces. Y esa chica, su "sirvienta"… lo mira como si él fuera lo único que la ancla a este mundo.
Elias suspiró profundamente, tomando la taza entre sus enormes manos.
—No te equivocas, Eleanor. Son huérfanos. Ella no tiene memoria de su pasado, y él… él ha sobrevivido a horrores que quebrarían a cualquiera de nuestros Jueces. Por eso los traje. La Ciudad-Santuario es un nido de víboras políticas. Si las otras Casas descubren su origen, intentarán usarlo o destruirlo. Aquí, bajo mi techo, podré entrenar a ese chico para que controle la carga de la inmortalidad que lleva consigo.
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Mientras tanto, en el ala este de la mansión.
¡Pum!
Aziel se dejó caer de espaldas sobre la cama más grande y suave que había tocado en toda su vida. Su habitación era gigantesca, con tapices elegantes, un balcón privado y sábanas de seda. La puerta que conectaba con la habitación contigua se abrió, y Seraphina asomó la cabeza.
—¿Siguen aquí esos señores mayores? —preguntó ella en un susurro, entrando con cuidado.
—No, ya estamos solos —suspiró Aziel, sentándose en el borde de la cama—. Todo esto es… una locura. Es tan repentino que da miedo. Hace unas horas estaba muriendo en un callejón, y ahora soy el invitado de honor de un gigante y tú eres mi sirvienta.
Seraphina soltó una pequeña risita cristalina y se acercó, sentándose a su lado en la cama.
—Al menos hemos podido salir de la pobreza —dijo ella, con una sonrisa dulce—. Ya no pasaremos hambre, Aziel.
Se miraron en silencio. La suave luz de la luna entraba por el ventanal, iluminando el cabello dorado de Seraphina y resaltando sus hermosos rasgos. Al darse cuenta de lo cerca que estaban sentados, el roce accidental de sus rodillas sobre las suaves sábanas envió un corrientazo eléctrico por el cuerpo de ambos.
Ba-dump.
El corazón de Aziel latió con fuerza, y esta vez no era por el vigor del ángel. Seraphina apartó la mirada rápidamente, abrazándose las rodillas con el rostro ardiendo.
—B-Bueno… —tartamudeó ella, poniéndose de pie de un salto—. I-Iré a ver mi habitación. ¡Asegúrate de descansar, amo Aziel! —bromeó nerviosamente antes de salir corriendo y cerrar la puerta de conexión.
Aziel se quedó a solas, riendo por lo bajo mientras se frotaba el rostro caliente.
Lentamente, la sonrisa se desvaneció, dando paso a una expresión de profunda paz. Se levantó y caminó hacia el balcón. Observó la inmensidad de la Ciudad-Santuario bañada por la luz plateada. Pensó en Camael. Aquel ángel de cabello anaranjado, severo, implacable.
«Así que ese es tu nombre… Camael», pensó, tocando su pecho donde residía la marca.
Aziel juntó sus manos y cerró los ojos. No oró al ángel; sus padres le habían enseñado bien. Elevó sus pensamientos más allá de la ciudad, más allá de los cielos y los mensajeros celestiales, dirigiéndose directamente al Creador.
—Dios… no sé por qué permitiste que mi camino se cruzara con el de Tu servidor, ni por qué me diste esta vida que no se apaga —susurró al viento de la noche—. Pero guíame. Te ruego que todo lo que ocurra a partir de ahora, todo este poder y este lugar, sea para bien. Y, por favor… permíteme protegerla.
Abrió los ojos, sintiendo por primera vez en años que no estaba vagando sin rumbo. Ahora, tenía un propósito.