¡Clack!
Las pesadas puertas de madera de la comisaría local se abrieron, dejando entrar la brisa fresca del anochecer. Aziel y Seraphina salieron al callejón iluminado apenas por unos faroles de aceite.
El interrogatorio había sido exhaustivo, pero el veredicto final fue claro: legítima defensa. Los guardias reconocieron los rostros magullados de los asaltantes; resulta que eran criminales buscados desde hacía meses por robos y extorsión. Al final, las autoridades simplemente les dieron una palmada en la espalda y los dejaron ir, sorprendidos de que un chico aparentemente desarmado hubiera podido con ellos.
Aziel soltó un largo suspiro, frotándose la nuca. Su ropa seguía siendo un desastre, llena de rasgaduras y manchas oscuras que él había intentado lavar a medias en un abrevadero cercano.
—De verdad... no sé cómo agradecerte —murmuró Seraphina, caminando a su lado. Su voz era dulce, pero aún temblaba un poco.
—No tienes que hacerlo. Solo lo hice porque quería la verdad—respondió él, sin mirarla directamente, aún lidiando con el caos de sus propios pensamientos.
Caminaron juntos por un sendero de tierra que los alejaba del pequeño pueblo fronterizo. La noche caía rápidamente, y las estrellas comenzaban a salpicar el cielo oscuro.
—¿Por qué estabas sola en un lugar así? —preguntó Aziel, rompiendo el silencio—. Esos tipos no parecían simples ladrones al azar.
Seraphina bajó la mirada, jugando nerviosamente con un mechón de su brillante cabello dorado.
—Yo... he estado sola casi toda mi vida —comenzó a relatar, con un tono melancólico—. Soy huérfana. Solo tengo recuerdos de mi vida desde que tenía cinco años, en un pequeño orfanato. Todo lo de antes es... simplemente un espacio en blanco. Como si una neblina cubriera mi cabeza.
Aziel sintió un escalofrío repentino. Esa descripción... era inquietantemente similar al "hielo" que él sentía en su propia mente cuando intentaba recordar ciertos detalles de su infancia. Pero decidió guardar silencio y dejarla continuar.
—Cuando cumplí quince años, empecé a cuidar a una pareja de ancianos en una granja —continuó ella con una pequeña sonrisa—. Eran muy buenos conmigo. Pero hace unos días, me dijeron que tenían que viajar para reunirse con su familia lejana. La señora me entregó unos ahorros para que pudiera sobrevivir por mi cuenta. Tengo veinte años, se supone que soy una adulta, pero... me aterraba el mundo exterior.
—Y esos tipos se aprovecharon de eso —adivinó Aziel, frunciendo el ceño.
—Sí —asintió Seraphina, abrazándose a sí misma—. Al principio, hace unos días, se ofrecieron a "ayudarme" a guiarme por el pueblo. Yo no tenía a nadie más, así que acepté. Pero pronto empezaron a lanzarme comentarios extraños... insinuaciones muy incómodas. Yo lo aguanté porque no sabía adónde ir, hasta que hoy... hoy trataron de pasarse de la raya. Si no hubieras aparecido...
—Ya pasó —la interrumpió Aziel, deteniéndose para mirarla a los ojos. Había una firmeza en su voz, una autoridad que iba más allá de su apariencia desaliñada—. Estás a salvo ahora.
Seraphina sintió un calor subir a sus mejillas y asintió tímidamente.
—Y... ¿qué hay de ti, Aziel? —preguntó, tratando de cambiar de tema—. ¿De dónde vienes? ¿Cómo pudiste pelear contra esos tres hombres armados?
Aziel miró hacia la luna, recordando el dolor, la sangre y el mundo de la penumbra.
—Mis padres murieron hace un tiempo —dijo finalmente, con voz calmada—. Yo también vagué solo. Pero hace unos dos años... recibí la bendición de un ángel.
Seraphina se detuvo en seco. Sus hermosos ojos dorados se abrieron de par en par, brillando con una mezcla de asombro y fascinación bajo la luz de la luna.
—¡¿Un ángel?! —exclamó, acercándose a él, casi invadiendo su espacio personal—. ¡¿De verdad?! ¡He escuchado las historias, pero nunca pensé que conociera a alguien bendecido! ¿Cómo fue? ¿Fue hermoso? ¿Te dio alas de luz?
Aziel soltó una risa seca, recordando los golpes, el fuego y las rocas destrozadas del umbral.
—No... no fue exactamente así. Fue más bien un forcejeo. Una pequeña charla intensa, por así decirlo. No me gusta entrar en detalles.
—¡Oh! Ya entiendo —dijo ella, juntando las manos con devoción—. Tienes un Ángel Guardián. Por eso pudiste salir ileso de las espadas de esos matones. Él te protegió y te dio fuerza, ¿verdad?
Aziel simplemente sonrió, una sonrisa que ocultaba el peso de sus múltiples muertes.
—Algo así…
Seraphina lo observó con detenimiento. Lo miró de arriba abajo, ladeando la cabeza con curiosidad.
—Oye... acabas de decir que hace dos años pasó eso. Y yo tengo veinte. ¿Qué edad tienes tú?
—Veinte —respondió él con naturalidad.
—¿Veinte? —Seraphina parpadeó, sorprendida—. Te ves... un poquito más joven. Como si el tiempo no hubiera pasado por ti desde hace un par de años.
«Maldita sea», pensó Aziel. La bendición había fijado su estado en el momento en que recibió la marca; evidentemente, para los ojos de una persona normal, él ya no estaba envejeciendo al ritmo habitual.
Sin embargo, los ojos de Seraphina descendieron desde su rostro aniñado hacia sus brazos descubiertos por la ropa rasgada. Se percató de que, a pesar de su rostro joven, su complexión no era la de un niño. Sus músculos estaban marcados, densos y definidos como roca tallada, fruto del vigor inhumano que latía en su interior.
Al darse cuenta de que se le había quedado mirando los brazos y el pecho magullado del chico, Seraphina se puso roja como un tomate.
—¡Y-Yo... eh... qué buena luna hace hoy! —tartamudeó, apartando la mirada rápidamente y acelerando el paso.
Aziel soltó una pequeña y genuina carcajada. Por primera vez en años, sintió que el mundo no era tan oscuro.
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Caminaron durante el resto de la noche, compartiendo pequeñas anécdotas sin importancia, disfrutando de la compañía mutua. Finalmente, cuando el cielo comenzó a teñirse de un profundo naranja y lila en el horizonte, anunciando el amanecer, llegaron a su destino.
Frente a ellos se alzaban unas murallas ciclópeas, hechas de una piedra blanca que parecía emitir su propia luz. Era la Ciudad-Santuario. Las enormes puertas de hierro y cristal ya estaban custodiadas por decenas de guardias con armaduras impecables.
Aziel y Seraphina se acercaron, pero dos lanzas se cruzaron frente a ellos, bloqueándoles el paso.
—Alto ahí —ordenó uno de los guardias, mirándolos con evidente desdén. Evaluó la ropa hecha harapos de Aziel y la suciedad en el vestido de Seraphina—. Los mendigos no pueden entrar a la ciudad por la puerta principal. Vayan a los campamentos de refugiados en el sur.
—No somos mendigos —replicó Aziel, con una calma que desentonaba con su aspecto.
El guardia estaba a punto de gritarle, pero al mirar a Seraphina, su expresión cambió. Quedó completamente embelesado por la exótica belleza de la chica, sus ojos dorados y su cabello brillante capturando los primeros rayos del sol.
—Bueno... —tartamudeó el guardia, suavizando la voz—. Quizás la señorita pueda entrar si la llevamos al registro, pero tú, vagabundo, te quedas afu...
¡Booooom!
Un estruendo sacudió la tierra bajo sus pies.
Desde lo alto de la colosal muralla, una figura había saltado, aterrizando justo frente a ellos con la fuerza de un meteorito. El impacto levantó una nube de polvo y agrietó el pavimento de piedra. Los guardias retrocedieron, aterrorizados, bajando las lanzas de inmediato.
Cuando el polvo se disipó, la imponente silueta se irguió. Era un hombre bestial. Medía casi dos metros de altura, con unos hombros tan anchos que parecía llevar una armadura invisible, y una musculatura que desafiaba toda lógica humana. Vestía un abrigo pesado de color carmesí y negro, y su rostro estaba marcado por una severidad absoluta.
Era Elias Thorne, el temido Líder de la Casa del Juicio.
Los guardias tragaron saliva, temblando, esperando que el coloso les diera una reprimenda por el ruido. Sin embargo, Elias ni siquiera los miró.
Sus ojos, afilados como cuchillos, se clavaron directamente en Aziel. Sintió la presión espiritual. Sintió el rigor. Sintió el fuego del ángel latir en la sangre de ese muchacho andrajoso.
Para sorpresa de todos los presentes, el gigante de dos metros flexionó la cintura y, con un movimiento impecable, realizó una profunda y respetuosa reverencia frente al chico.
—Mi nombre es Elias Thorne —resonó su voz, profunda y grave como el crujir de la tierra—. Es un verdadero honor recibir en nuestra ciudad a alguien que porta la firma de la Fuerza. Sea bienvenido, portador.
Seraphina miró a Elias, luego a los guardias boquiabiertos, y finalmente a Aziel, quien simplemente se mantuvo estoico, a pesar de no tener idea de lo que estaba pasando.