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Undying Vigor (Novela)

Undying Vigor (Novela) – Capítulo 2

¡Ggrrr…!

El rugido hueco de su estómago resonó en el pequeño callejón. Aziel se encontraba acurrucado contra una pared de ladrillos húmedos, abrazándose las rodillas. Tenía la visión borrosa y el mundo a su alrededor daba vueltas lentas y pesadas.

Llevaba semanas, o quizás meses, vagando. Ya había perdido la cuenta de los días desde aquella noche en el bosque. El hambre era una garra invisible que le estrujaba las entrañas, provocándole mareos tan severos que a veces lo obligaban a vomitar bilis sobre el barro. Sentía que sus músculos se consumían, que su cuerpo exigía a gritos un descanso final.

Cualquier ser humano normal habría muerto de inanición hace mucho tiempo.

Pero él no.

¡Ba-dump… Ba-dump…!

Su corazón seguía latiendo con un ritmo inquebrantable. Cada vez que sentía que su consciencia se apagaba, acercándose por fin a la paz de la muerte, un calor abrasador brotaba desde su pecho, expandiéndose por sus venas y reiniciando su sistema. No lo curaba del dolor, no aplacaba el hambre, pero lo obligaba a seguir respirando.

«¿Por qué sigo vivo?», pensó Aziel, cerrando los ojos con fuerza mientras una punzada de dolor le atravesaba la frente. «Debería estar muerto… Mamá, papá… se supone que yo debía irme con ustedes».

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El recuerdo de aquel espacio atemporal, el umbral del lago oscuro, invadía sus sueños cada vez que lograba conciliar el sueño.

«Has forcejeado, Dios te ha dado vigor y no te has quebrado… Ahora te llamarás Aziel».

Las palabras retumbaban en su cabeza como un eco de campanas de bronce. Aquella figura imponente, envuelta en una armadura de puro rigor y fuego, le había entregado la bendición que su madre tanto deseaba para él. Pero…

«¿Quién era él?», se cuestionaba Aziel, abriendo los ojos hacia el cielo gris y nublado. «Mi madre hablaba de ángeles de amor, de sanación, de misericordia… pero él no era nada de eso. Era puro límite. Pura fuerza. Ni siquiera me atreví a preguntarle su nombre en medio de nuestra pelea. ¿Qué clase de ángel te bendice con la tortura de no poder morir?».

Soltó una risa seca, carente de cualquier humor. Era una ironía cruel. Había obtenido el mayor milagro que un humano podía pedir, y, sin embargo, se sentía como una maldición.

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Decidió desandar el camino. Si sus padres habían dedicado dieciocho años de su vida a ayudar a las personas de los pueblos vecinos, seguramente alguien le tendería una mano a su hijo.

Caminó con los zapatos rotos y la ropa hecha jirones hasta llegar al pueblo de Oakhaven. Recordaba bien aquel lugar; tres años atrás, su padre había trabajado de sol a sol reconstruyendo el techo del panadero local después de una fuerte tormenta, sin cobrar una sola moneda de cobre.

Aziel llegó a la puerta de la panadería. El olor a pan recién horneado hizo que su estómago se retorciera violentamente.

—Señor Thomas… —murmuró Aziel, con la voz rasposa, cuando el panadero abrió la puerta.

El hombre corpulento, con el delantal cubierto de harina, lo miró de arriba abajo con una mezcla de lástima y asco.

—Mis padres… Julian y Rebeca. Usted los conoce. Ellos arreglaron su tienda. Mis padres murieron, yo… necesito un poco de ayuda —suplicó el chico.

El panadero frunció el ceño, mirando hacia los lados para asegurarse de que nadie estuviera viendo a un vagabundo en su puerta.

—Lo lamento mucho, muchacho, pero los tiempos son duros. Y ese favor fue hace años. Toma, llévate esto, pero no vuelvas a pararte aquí. Vas a espantar a la clientela.

¡Blam!

La puerta de madera se cerró en su cara con un golpe seco. Aziel bajó la mirada hacia sus manos temblorosas. El señor Thomas le había entregado un mendrugo de pan duro, de esos que normalmente se les daban a los perros callejeros.

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La escena se repitió una y otra vez.

En la ciudad de Volder, buscó a la señora Martha, una mujer a la que su madre había cuidado durante semanas cuando estuvo postrada por una fiebre mortal. La mujer simplemente lo miró desde la rendija de su ventana.

—Tus padres hacían caridad porque ellos querían agradar a Dios, no porque esperaran que yo les pagara. Yo no te debo nada, vagabundo. Vete de mi propiedad.

Incluso en los monasterios o en las pequeñas congregaciones donde Julian solía enseñar, le daban la espalda. «No tenemos lugar para ti», «Eres un chico fuerte, busca un trabajo», le decían, ignorando su estado demacrado y la mirada vacía de un chico cuya alma estaba marcada por un trauma indecible.

Aziel aprendió la lección a golpes de decepción. La humanidad, despojada de su máscara, era fría e ingrata. Las enseñanzas de paciencia y templanza de su madre parecían ahora un cuento de hadas frente a la cruda realidad. Nadie iba a salvarlo. Si el ángel de la Fuerza le había dado un límite a su muerte, él tendría que aprender a ponerle límites a los demás.

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Los días se convirtieron en meses, y los meses se fundieron en años.

Durante dos largos años, Aziel vagó por los caminos del mundo. Aprendió a pelear por un trozo de comida con los perros y los ladrones. Aprendió a dormir bajo la lluvia congelada, recordando con una punzada gélida en el pecho el hielo negro que había destrozado a su familia, un recuerdo que a menudo venía acompañado de un extraño dolor de cabeza, como si en su mente faltara la pieza de un rompecabezas que simplemente no podía visualizar.

A sus veinte años, su cuerpo se detuvo. El niño asustadizo y noble llamado Kael había muerto. En su lugar caminaba Aziel. Su cabello castaño oscuro ahora caía sobre una mirada endurecida y fría. Su complexión, aunque delgada por las carencias, poseía una fibra muscular densa, forjada por la autoridad divina que se negaba a dejarlo perecer.

Fue en el ocaso de un día brumoso cuando sus pasos lo llevaron a un paraje desconocido.

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En su viaje hacia la mítica Ciudad-Santuario, Aziel entró en un pequeño pueblo fronterizo. El olor a comida callejera inundó sus fosas nasales, haciéndolo flaquear. Con las manos temblorosas, sacó de su bolsillo unas pocas monedas mugrientas, el fruto de semanas de trabajos miserables y pesados. Sus únicos ahorros.

—Buenas tardes... Deme una arepa y un café, por favor —pidió Aziel con voz rasposa a la señora del puesto.

¡Sssss! El sonido de la masa asándose en la plancha era una melodía celestial. Tras pagar hasta la última moneda, Aziel devoró la comida en un rincón. El café caliente le devolvió un destello de calor a su cuerpo demacrado. Al terminar, suspiró, sintiéndose un poco más humano.

—¡Suéltame! ¡Por favor, déjenme en paz! —un grito agudo y desgarrador cortó el aire desde un callejón cercano.

Aziel frunció el ceño. El instinto de protección, ese vigor latente de la Fuerza, reaccionó de inmediato. Se asomó con cautela y lo que vio le revolvió el estómago: tres hombres adultos y corpulentos tenían acorralada a una joven de una belleza impresionante, cuyo cabello dorado resplandecía incluso en la penumbra. Los sujetos sonreían con malicia, tratando de sobrepasarse con ella, aprovechando su vulnerabilidad.

—Vamos, preciosa, no grites. Nadie te va a escuchar aquí —siseó uno de los tipos, estirando la mano hacia ella.

Aziel no lo pensó. Su cuerpo se movió solo.

—¡Oigan, escorias! ¡Aléjense de ella! —rugió Aziel, arremetiendo con fiereza.

Aprovechando la distracción, Aziel tomó a la chica de la mano. Al tacto, sintió una calidez extraña, casi como una llama latente.

—¡Corre! —le ordenó.

Ambos se lanzaron a toda velocidad por el laberinto de callejones, escuchando los gritos enfurecidos de los tres hombres que los perseguían de cerca. Doblaron en una esquina ciega, un callejón sin salida aparente. Aziel se detuvo en seco y empujó a la chica hacia una pequeña abertura en una verja.

—Escúchame bien. Sal de aquí, corre y busca ayuda —le pidió Aziel, respirando agitadamente mientras se daba la vuelta para encarar la entrada del callejón.

—Pero... ¡no puedo dejarte solo! ¡Te van a matar! —exclamó ella, con los ojos inundados en lágrimas de puro terror.

—¡Solo hazlo! ¡Vete ya! —sentenció él con una firmeza implacable.

La chica asintió, sollozando, y se escabullió rápidamente por la abertura en busca de guardias.

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Aziel se quedó solo. Al darse la vuelta, vio a los tres hombres entrar al callejón. Dos de ellos desenvainaron espadas cortas que brillaron con un peligro mortal. El tercero, el más robusto, avanzaba con los puños en alto, confiado.

¡Ba-dump!

Un vigor salvaje y divino latió en el pecho de Aziel. No sabía usar armas, pero tenía la fuerza de la persistencia. Ignorando a los hombres armados, Aziel arremetió con un estallido de velocidad directo hacia el sujeto desarmado. El tipo no se lo esperaba.

¡PUM!

El puñetazo de Aziel impactó de lleno en la mandíbula del matón. El sonido del hueso crujiendo fue seco. El hombre se fue hacia atrás, con los ojos en blanco, cayendo completamente noqueado sobre el pavimento.

Sin embargo, los otros dos no temieron. Al contrario, la furia los cegó. Aprovechando que Aziel estaba expuesto tras el golpe, avanzaron como víboras.

¡Slash! ¡Chack!

El dolor fue inimaginable. Una de las espadas atravesó limpiamente su pierna derecha; la otra se hundió en su brazo izquierdo. Aziel soltó un grito ahogado y cayó de rodillas, la sangre brotando a borbotones, tiñendo el suelo de un rojo carmesí.

—¡Maldito mocoso! ¡Mira lo que le hiciste a nuestro hermano! —gritó uno de los atacantes.

Cegados por la rabia, los dos sujetos comenzaron a golpearlo brutalmente en el suelo. Patadas, pisotones, impactos secos que iban rompiendo sus costillas. Un golpe directo con el pomo de la espada impactó en su rostro, quebrando su nariz y desfigurando sus facciones en una masa sangrienta de dolor y carne rota. Aziel sentía cada impacto. Su mente se nublaba. El sufrimiento físico era real y espantoso.

—Voy... voy a morir... Dios, realmente duele... voy a morir... —logró balbucear entre la sangre que inundaba su boca.

El matón principal alzó su espada, apuntando directamente al centro de su pecho.

¡Spurt!

La hoja de metal atravesó el corazón de Aziel. El chico experimentó un último espasmo de agonía absoluta. Su vista se apagó. Los hombres escupieron sobre su cuerpo inmóvil.

—Basura. Vámonos antes de que venga alguien.

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El dolor desapareció de golpe. Aziel abrió los ojos en la penumbra familiar del Umbral. El lago de aguas negras y quietas se extendía hasta el infinito. Frente a él, la silueta monumental del Ángel de la Muerte lo observaba en un silencio sepulcral, perturbador. Aunque Aziel nunca había visto esta entidad, lo sabía, era la Muerte.

No había reproches, no había peleas. Solo esos ojos de estrella muerta que miraban a la anomalía viviente. El Ángel sabía que el alma de ese chico estaba encadenada a la tierra por un decreto superior.

¡Gasp!

Aziel despertó de golpe en el callejón, tomando una bocanada de aire asfixiante. Sus heridas se estaban cerrando a una velocidad aterradora, los huesos se recolocaban con chasquidos internos y su corazón comenzó a latir de nuevo con fuerza. Los dos matones estaban de espaldas, a unos metros de él.

La rabia y el instinto de supervivencia dominaron a Aziel. Se levantó en absoluto silencio. Estiró la mano, tomó la espada que aún estaba tirada en el suelo y, con un movimiento rápido y certero, avanzó.

¡Stab!

Atravesó el pecho del primer sujeto desde atrás. El hombre soltó un gemido ahogado y cayó muerto al instante. El último matón se dio la vuelta, horrorizado al ver al chico que acababan de asesinar de pie, cubierto de sangre y con los ojos inyectados en ira.

—¡¿Qué mierda eres?! ¡Demonio! —gritó el hombre, perdiendo el juicio.

Preso del pánico, el sujeto canalizó su autoridad espiritual. Sus manos brillaron con un destello opaco y fragmentos de cristal afilados brotaron del aire.

—¡Muere! —rugió, desatando una ráfaga violenta de cristales cortantes.

¡Slash! ¡Slash! ¡Slash!

Los cristales acribillaron el cuerpo de Aziel, mutilando su carne. Pero antes de que Aziel pudiera dar un paso, el hombre usó toda su fuerza física, concentrando la energía de cristal en el filo de su espada, y lanzó un tajo horizontal desesperado.

¡Chack!

El mundo dio una vuelta violenta para Aziel. Vio el suelo del callejón acercarse rápidamente mientras su cuerpo caía decapitado hacia el otro lado. Su cabeza rodó por el suelo. Segunda muerte.

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De vuelta en la penumbra. El mismo lago negro, el mismo silencio. El Ángel de la Muerte volvió a aparecer frente a él, inclinando levemente la cabeza, como si contemplara un reloj defectuoso que se negaba a detenerse. El silencio del Ángel, mientras sus alas blancas estaban quietas, era casi una burla sutil: «Vuelve allá, aún no es tu tiempo».

¡Ba-dump!

Aziel abrió los ojos por segunda vez en el callejón. Se incorporó de inmediato. Se tocó el cuello: la piel estaba perfecta, lisa, sin una sola cicatriz. Su cabeza y su cuerpo se habían unido y restaurado por completo.

—¡Por aquí! ¡En este callejón! —la voz de la chica de cabello dorado resonó a la distancia, seguida por el sonido de pasos pesados y armaduras.

Seraphina irrumpió en el lugar acompañada por tres guardias de la ciudad. El último matón ya había huido despavorido tras cometer la decapitación. Los guardias comenzaron a asegurar el perímetro, revisando el cuerpo del matón que Aziel había matado e investigando la escena.

Seraphina corrió hacia Aziel, pero se detuvo en seco, ahogando un grito con sus manos. Sus hermosos ojos dorados se abrieron de par en par, llenos de un shock absoluto. El callejón era una carnicería: el suelo estaba inundado de charcos de sangre, y la ropa de Aziel, su rostro y su cabello estaban completamente empapados de un color rojo espeso y macabro.

—¡Aziel! ¡Dios mío, estás cubierto de sangre! —exclamó ella, con la voz temblando mientras se acercaba con cuidado, estirando sus manos hacia él—. ¿Dónde te duele? ¿Dónde están tus heridas?

Aziel, aún en el suelo, se miró las manos cubiertas del fluido vital. Luego miró a Seraphina, quien empezó a revisarlo frenéticamente, solo para darse cuenta, con una mezcla de infinito alivio y profunda confusión, de que debajo de toda esa sangre no había ni un solo rasguño. Su piel estaba intacta. Su respiración era normal.

—No tengo... no tengo heridas... —murmuró Aziel, con la voz vacía.

Mientras Seraphina se tranquilizaba y limpiaba una lágrima de sus ojos, Aziel apretó los puños. Miró los charcos de sangre en el suelo, la sangre de su propia decapitación, la sangre de su corazón perforado. En ese instante, la cruda y absoluta verdad se grabó en su mente con la fuerza de un rayo.

No tenía regeneración. No era suerte.

«Literalmente... no puedo morir», pensó, mientras la marca del Ángel latía con un calor silencioso en su pecho.

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