La fría celda de piedra se fue iluminando gradualmente con los primeros rayos del amanecer.
Lys Dina estaba sentada en el suelo, con las rodillas abrazadas contra su pecho. A pesar del frío, sentía una calidez inusual en su interior. La tormenta había pasado.
«Me sentía tan arrinconada… tan abandonada», pensó, mirando el polvo bailar en el haz de luz que entraba por el tragaluz. «Pero no fue Dios quien me arrebató a mi familia. Fueron los humanos. Los miembros de la Familia Tagaririm destruyeron mi hogar y me arrastraron a su abismo. Y yo… yo dejé que me convirtieran en un monstruo».
Lys cerró los ojos, recordando a los tres jinetes en el desierto.
«Debo responder por lo que he hecho. Esos cultistas deben pagar, y yo debo expiar mis propios pecados. No puedo simplemente elegir morir como una cobarde para escapar del dolor. No consumiré más la luz de otros. No entraré en guerra. Debo pagar mis crímenes y esforzarme con cada aliento para no manchar el perdón que el Creador, a través de la misericordia de esos chicos, me ha dado».
Se puso de pie lentamente, sintiendo que sus piernas aún temblaban. Miró hacia la pequeña ventana y juntó las manos en una oración silenciosa.
—Gracias… —susurró Lys, con la voz quebrada pero firme—. Gracias a esos tres ángeles oscuros por mostrarme lo que debía hacer. Por mostrarme lo equivocada que estaba. No me justificaré más. No necesito lástima de nadie, y no voy a victimizarme nunca más. Asumiré toda la culpa de mis acciones. Entiendo que mis ideales estaban vacíos, y ruego… ruego por tener la valentía para afrontar el castigo que sea que venga hoy.
¡Clack!
La pesada puerta de hierro se abrió. Dos guardias de élite de la Casa del Equilibrio, junto a los Jueces Silas y Elara, entraron a la celda.
—Es hora, Lys Dina. El Consejo de las Cinco Casas se ha reunido —anunció Silas con voz solemne—. Y para tu sorpresa, los cinco jóvenes que intentaste asesinar también han solicitado estar presentes en tu juicio.
Lys abrió un poco los ojos, sorprendida de que quisieran verla después de todo, pero asintió y se dejó esposar sin oponer resistencia, caminando dócilmente flanqueada por los guardias.
◄ ▲ ▼ ▶
La llevaron hasta la Cúpula de las Decisiones, un inmenso salón circular de mármol blanco y oro ubicado en el corazón geográfico de la Ciudad-Santuario.
Al entrar, la inmensidad del poder de la ciudad la aplastó. Dispuestos en cinco estrados elevados, estaban las parejas de Jueces que lideraban las Casas:
Por la Casa del Juicio, el inmenso Elías Thorne y su esposa Eleanor, destilando un rigor absoluto.
Por la Casa del Equilibrio, Silas y Elara, con su aura de armonía letal.
Por la Casa del Legado, Alistair y Helena (los padres de Caleb), con miradas serenas e inescrutables.
Por la Casa de la Claridad, Darius y Selene, cuyos ojos parecían perforar los secretos del aire.
Y por la Casa de la Estructura, Otho y Leda, firmes e inamovibles como el cristal del tiempo.
En el centro del salón, de pie y con expresiones sumamente serias, estaban Aziel, Seraphina, Kira, Caleb y Elian.
Elías Thorne tomó la palabra, y su voz resonó como un trueno en la cúpula.
—Lys Dina, infiltrada de la Familia Qliphoth Tagaririm. Has confesado tus crímenes, y las evidencias de la masacre hablan por sí solas. El Consejo unánimemente dictamina que tu existencia es un peligro para la Ciudad-Santuario. Tu sentencia… es la muerte inmediata.
Lys Dina bajó la cabeza. No lloró. No suplicó. Simplemente asintió, aceptando su destino con una paz que desconcertó a varios de los Jueces.
—¡Un momento, Jueces Mayores! —la voz de Aziel rompió el protocolo, dando un paso al frente junto a sus amigos.
Eleanor Thorne frunció el ceño. —Joven Aziel, se les permitió presenciar la sentencia por haber sido las víctimas principales, no para interrumpir el veredicto.
—Lo sabemos, señora Eleanor. Pero solicitamos el derecho de cuestionar a la acusada antes de la ejecución —pidió Aziel con firmeza, respaldado por las miradas decididas de su escuadrón.
Los Jueces intercambiaron miradas y, tras un gesto afirmativo de Silas, se les concedió la palabra.
Kira dio un paso al frente, clavando sus ojos anaranjados en la prisionera. —Te cuestiono sobre tu pasado, Lys. ¿Por qué dejaste que la oscuridad te consumiera en primer lugar? —Porque fui débil —respondió Lys sin titubear, con la voz clara—. Dejé que el miedo me lavara el cerebro y me arrastrara a cometer atrocidades por pura supervivencia.
Caleb fue el siguiente. —Te cuestiono sobre tu presente. ¿Por qué no te resististe ayer en el alcantarillado? —Porque ya no hay hambre en mi interior —respondió ella, mirándolo con una gratitud silenciosa—. El agua lavó el miasma, y el dolor de mis acciones me aplastó. Mis crímenes son míos, y ya no deseo seguir derramando sangre.
Finalmente, Aziel y Seraphina dieron un paso al frente juntos. Seraphina la miraba con una expresión dura pero comprensiva. —Te cuestionamos sobre tu futuro. ¿Qué harás si el Creador te permite seguir respirando?
Lys Dina dudó. Trató de encontrar las palabras correctas, pero las lágrimas asomaron a sus ojos. —No tengo un futuro. Solo… acepto cualquier castigo que me impongan, sin reproches.
Aziel asintió y se giró para mirar directamente a los diez Jueces Mayores.
—Jueces, mis amigos y yo hemos pensado profundamente en esto durante toda la noche —anunció Aziel, con una calma que heló la sangre de los presentes—. Queremos ejercer nuestro derecho de amnistía sobre la prisionera y formalizar el Contrato de Esclavitud.
El silencio en la cúpula fue absoluto. Luego, el caos estalló. Los Jueces se levantaron de sus asientos, indignados y completamente sorprendidos por la locura que el muchacho acababa de escupir.
—¡Muchacho, ¿te has vuelto loco?! —rugió Elías Thorne, golpeando su estrado—. ¿Eres consciente de lo que implica ese contrato? El "amo" absorbe una parte del daño de su sirviente, y el lazo constante es un peligro directo para tu propia alma. Si ella se corrompe de nuevo, te destruirá a ti. ¡Es inevitable!
—Con todo respeto, señor Elías… yo puedo soportarlo —respondió Aziel, levantando la barbilla con orgullo—. Mi alma está protegida por el Vigor de Camael. Además no moriré fácilmente, y mi cuerpo resistirá cualquier retroceso que ella me cause. Yo asumiré la responsabilidad absoluta sobre la vida de Lys.
Seraphina asintió a su lado, con el rostro serio y determinado, demostrando que ambos estaban completamente de acuerdo con la decisión.
Alistair, el padre de Caleb, intervino con voz cautelosa. —Joven Aziel… el ritual del Contrato de Esclavitud requiere un pago equivalente de vida. El amo debe sacrificar, de manera permanente, una parte de su propio cuerpo para forjar las cadenas espirituales en el alma del sirviente. ¿Estás dispuesto a mutilarte por una asesina?
Aziel soltó una pequeña y seca carcajada. —Si eso es lo que hace falta… ofrezco mi brazo izquierdo.
Detrás de él, Caleb se tapó la boca para ocultar una sonrisa traviesa, y Kira tuvo que desviar la mirada. Por dentro, los jóvenes se estaban riendo de la ironía del sistema. Nadie más en el mundo tomaría a esta chica bajo su cargo; Kira y Caleb habían querido ayudarla, pero no podían sacrificar una extremidad ni poseían la tenacidad para contenerla. Pero Aziel… Aziel era la trampa perfecta del sistema.
Los Jueces conferenciaron en murmullos tensos durante largos minutos. Las reglas eran claras, y el derecho de un bendecido era absoluto si estaba dispuesto a pagar el precio.
Silas suspiró pesadamente. —Muy bien. El Consejo lo permite. El castigo de Lys Dina será la privación absoluta de su libertad. No podrá ir en contra de su amo, ni en pensamiento ni en acción, y estará condenada a vivir en la eternidad bajo sus órdenes. No habrá manera de escapar de este lazo… a menos que Aziel muera.
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El centro del salón fue despejado. Se encendió un brasero de bronce con un fuego azulado y mágico.
Aziel se quitó la parte superior de su uniforme, dejando su torso y su brazo izquierdo al descubierto. Se arrodilló frente al brasero. A su lado, el Juez Elías Thorne desenvainó una espada de filo oscurecido, con el rostro marcado por la desaprobación.
Lys Dina fue puesta de rodillas frente a Aziel. La chica lloraba desconsoladamente, incapaz de creer lo que el muchacho estaba a punto de hacer por ella.
—¿Estás listo, muchacho? —preguntó Elías, levantando la espada.
Aziel asintió, extendiendo su brazo izquierdo sobre la piedra de sacrificio.
¡SQUELCH!
La hoja cayó con precisión milimétrica. El brazo izquierdo de Aziel fue cercenado limpiamente desde el hombro. El chico ahogó un grito de dolor, apretando los dientes hasta que las encías le sangraron, mientras Elías tomaba el brazo amputado y lo arrojaba directamente al fuego azul del brasero.
Las llamas se elevaron, consumiendo el sacrificio humano.
Resistiendo el dolor atroz, Aziel levantó su mano derecha y la colocó firmemente sobre el pecho de la chica que lloraba frente a él, justo sobre su corazón.
—¿Aceptas el contrato? —preguntó Aziel, con la respiración agitada y la sangre resbalando por su hombro amputado. Él no la quería forzar, y jamás la trataría como a una esclava en la práctica, pero era la única grieta legal para salvar su vida.
—S-Sí… —sollozó ella, cerrando los ojos mientras sus lágrimas caían sobre la mano del chico—. Acepto. P-Pero… a partir de ahora, por favor, llámame Dina.
En el instante en que las palabras abandonaron sus labios, el fuego del brasero estalló.
Una voz inmensa, grave y antigua, que parecía provenir del mismo tejido del universo, resonó en cada rincón de la Cúpula de las Decisiones, haciendo temblar los pilares de mármol:
—EL CONTRATO SE HA FORJADO. NO PODRÁS IR EN CONTRA DE TU AMO.
Dina sintió que un calor abrumador envolvía su pecho, forjando cadenas invisibles y protectoras alrededor de su alma purificada. El lazo estaba hecho.
El brazo en el fuego se consumió hasta las cenizas. Y entonces, lo imposible ocurrió.
¡Squelch… crac…!
Frente a los diez Jueces Mayores, que miraban con los ojos desorbitados, la luz radiante del Vigor de Camael brilló en el hombro destrozado de Aziel. El hueso creció a una velocidad cegadora. Los músculos, los tendones y la piel se entretejieron en el aire. En menos de cinco segundos, un brazo izquierdo completamente nuevo, perfecto y libre de cicatrices se había regenerado por completo.
La sala quedó en un silencio de tumba, destrozando toda la lógica que los Jueces creían conocer sobre los límites de los humanos bendecidos. Aziel movió los dedos de su nueva mano, comprobando que todo estuviera en orden, mientras Seraphina le dedicaba una sonrisa de puro alivio y orgullo.
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Sin embargo, en el instante exacto en que el brazo nuevo terminó de formarse, la mente de Aziel fue arrastrada bruscamente fuera de su cuerpo.
¡Fush!
El aire cálido del salón fue reemplazado por la gélida bruma. El abismo entre la vida y la muerte lo recibió una vez más.
Aziel miró a su alrededor. Ya no estaba el jinete de la muerte con su caballo pálido.
Frente a él, de pie en medio de la niebla, con una imponente armadura de acero carmesí que irradiaba una presión tan densa que apenas le permitía respirar, se encontraba una entidad de rigor y fuerza inquebrantable.
Era el Ángel Camael.
La densa y gélida bruma del Umbral se arremolinaba alrededor de las botas de Aziel. Frente a él, el Ángel Camael, imponente en su armadura de acero carmesí, dio varios pasos lentos y pesados que hicieron retumbar el vacío.
—Has entregado un pedazo de ti mismo, experimentando la agonía de la mutilación, por un alma manchada por el Qliphoth —la voz de Camael resonó como el choque de dos montañas—. Cuestiono tu voluntad, muchacho. ¿Es compasión ciega o una locura arrogante? Ella es una asesina. La moral humana dictamina que la sangre se paga con sangre.
Aziel no se encogió ante la imponente entidad. Mantuvo la barbilla en alto, mirándolo directamente a los ojos ocultos tras el yelmo.
—La moral humana fue la que le arrebató a su familia cuando era una niña. Fueron humanos quienes la destrozaron y la convirtieron en un arma —debatió Aziel con una firmeza absoluta—. Ella ha aceptado su castigo y ha pedido perdón genuinamente. No voy a permitir que vuelva a ser abandonada o ejecutada por la misma humanidad que la arrojó al abismo. Tomaré su carga.
Camael se detuvo. El silencio se prolongó durante un instante eterno en el Umbral.
Y entonces, ocurrió algo inédito. El yelmo del Ángel se disipó como humo rojo, revelando un rostro curtido por eones de guerra celestial. Las comisuras de sus labios se elevaron. Camael estaba sonriendo. No era una mueca de superioridad ni de ironía; era una sonrisa genuina, profunda y cargada de un inmenso respeto.
—Tu espíritu no es el de un cobarde, Aziel —dijo el Ángel de la Guerra Justa, asintiendo con orgullo—. Jamás creí que mi bendición sería utilizada para explotar un vacío legal en un contrato de esclavitud. Y sé muy bien que, aunque la carne se regenere a la perfección, tu cerebro sigue sintiendo cada onza del dolor de la amputación. Soportaste ese sufrimiento sin emitir un solo grito por ella.
Aziel bajó la mirada a su propio brazo recién regenerado y luego volvió a mirar a su Ángel.
—Al principio… odiaba esta bendición —confesó el muchacho—. Odiaba no poder morir y tener que levantarme después de ser destrozado. Pero ahora… te lo agradezco, Camael. Porque esta bendición me permite proteger a los que quiero.
El Ángel no respondió con palabras. Extendió su pesada mano acorazada y, con una suavidad que contrastaba con su inmenso poder, tocó el hombro de Aziel.
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Aziel parpadeó.
La bruma helada se desvaneció al instante, reemplazada por la luz cálida de la Cúpula de las Decisiones. Miró a su alrededor. El tiempo en el Umbral fluía de manera distinta; para los presentes en la sala, el muchacho no había estado ausente ni siquiera un milisegundo. Todo seguía en un silencio sepulcral tras la regeneración de su brazo.
Kira, que estaba un par de pasos atrás, cerró los ojos al sentir una presencia. Sin embargo, esta vez no hubo una punzada brutal, ni su cerebro pareció estallar de dolor. En cambio, una voz etérea, suave y cristalina, habló directamente en su mente con la suavidad de una pluma:
«Camael está de acuerdo con lo que el muchacho decidió».
Kira abrió los ojos de golpe, sorprendida. No le dolía la cabeza. No estaba mareada. Una sonrisa de puro alivio iluminó su rostro bronceado al darse cuenta de que, por primera vez, había recibido una revelación divina sin tener que pagar el precio del dolor físico.
Frente a ellos, en el estrado principal, la paciencia de Elías y Eleanor Thorne había llegado a su límite absoluto.
—Muy bien, vamos a dejar las cortesías y los protocolos de lado —exigió Elías, apoyando ambas manos sobre la baranda de mármol, mirando a Aziel con los ojos desorbitados—. ¡Por favor, Aziel, explícanos exactamente cómo demonios hiciste crecer un brazo nuevo de las cenizas! ¿Qué clase de bendición te otorgó nuestro Ángel?
Aziel, flanqueado por Seraphina a su derecha y la ahora dócil Dina a su izquierda, se preparó para hablar. Pero antes de que pudiera pronunciar una palabra, una carcajada resonó en la cúpula.
El Juez Silas, de la Casa del Equilibrio, se estaba riendo abiertamente, mientras la Jueza Elara se cubría la boca para disimular su propia diversión.
—Disculpen, Elías, Eleanor… —dijo Silas, limpiándose una lágrima de risa—. Es que resulta sumamente cómico que nosotros, los líderes del Equilibrio, ya supiéramos desde ayer que este muchacho es prácticamente inmortal, mientras que los mismísimos líderes de su propia Casa no tenían la más mínima idea.
Elías y su esposa se quedaron atónitos, con las mandíbulas desencajadas.
Aziel, sintiéndose un poco apenado por sus líderes, procedió a explicar detalladamente el Vigor y el Rigor que Camael le había otorgado, la incapacidad de su cuerpo para morir ante ataques físicos y la regeneración celular acelerada. Al terminar, Elías se dejó caer en su silla, masajeándose las sienes, comprendiendo por fin las razones de la absurda confianza de Aziel al aceptar el contrato de mutilación.
Mientras los Jueces discutían los papeleos finales del contrato para Dina, Caleb, Kira y Elian conversaban en voz baja en un rincón de la sala.
—Oye, Elian —preguntó Caleb, apoyado contra una columna—. Tú eres dos años mayor que nosotros y ya estás en tercer año de la universidad. ¿Cómo funciona esto después de graduarse? ¿Simplemente nos dan una espada y nos mandan a pelear sombras?
Elian negó con la cabeza, sonriendo ante la visión simplista del chico de los rizos. —No es tan sencillo. Una vez que te gradúas, es obligatorio formar parte de un escuadrón oficial de la Ciudad-Santuario. Ya sea que te unas a uno veterano o que formes el tuyo propio. De hecho, en mi tercer año, que es ahora mismo, debo empezar a formar mi propio equipo para cuando salga a las fronteras.
Caleb silbó, impresionado. —El clásico Gremio de Aventureros… De verdad que los tropos de la fantasía nunca fallan.
Kira, escuchando la explicación de Elian, miró a sus compañeros. Vio a Aziel hablando con los Jueces, a Seraphina sosteniéndole la mano, a Dina respirando por fin, a Caleb diciendo tonterías y al joven Elian integrándose con naturalidad. Sin darse cuenta, cerró los ojos y pidió en silencio a Dios que, para cuando llegara el momento de graduarse, este mismo grupo caótico y disfuncional siguiera unido. Habían formado lazos inquebrantables en cuestión de días.
Caleb notó su expresión melancólica y le dio un leve empujón con el hombro. —Oye, no te pongas sentimental, soporte. Para llegar a formar ese gremio, los protagonistas primero tienen que aguantar vivos hasta la graduación. ¡Y con nuestra suerte, eso será un milagro!
Kira soltó una carcajada sincera, asintiendo ante la aplastante lógica de su amigo.
◄ ▲ ▼ ▶
Una hora después, el Consejo se disolvió. Los jóvenes se despidieron en la plaza central, cada uno dirigiéndose a su respectiva Casa para descansar.
Elías y Eleanor Thorne, aún procesando la información sobre la inmortalidad de su aprendiz, se dirigieron directamente a los despachos administrativos para poner al tanto al resto de los Jueces menores de su Casa sobre las capacidades de Aziel.
Mientras tanto, Aziel, Seraphina y Dina cruzaron el patio de entrenamiento y entraron a los pasillos residenciales de la Casa del Juicio.
A mitad del pasillo, la señora Martha, la estricta sirvienta mayor, los estaba esperando con un plumero en la mano. Su expresión pasó de la severidad a la más absoluta y genuina confusión cuando vio al grupo.
—Joven Aziel, señorita Seraphina… me alegra que regresaran sanos y salvos —saludó Martha, parpadeando rápidamente mientras miraba a la tercera integrante, que llevaba la cabeza gacha y vestía una capa prestada sobre sus harapos—. Pero… joven Aziel… ¿acaso salió de casa con una señorita y ahora regresa con dos?
Aziel se puso rojo y tosió nerviosamente, mientras Seraphina soltaba una risita ahogada ante la cara de espanto de la sirvienta, que parecía a punto de darle un sermón sobre la decencia en los dormitorios.
—¡N-No es lo que parece, señora Martha! —se apresuró a explicar Aziel, agitando las manos—. Ella es nuestra nueva… eh… responsabilidad por órdenes del Consejo. Vivirá con nosotros a partir de ahora. Dina, preséntate, por favor.
La chica de cabello naranja, aún tímida y asimilando su nueva realidad, dio un paso al frente y realizó una torpe pero sincera reverencia.
—H-Hola… Mi nombre es Dina. Prometo no causar muchos problemas… y limpiaré lo que me pidan.
Martha la examinó de arriba abajo, notando la fragilidad en la voz de la chica y las cicatrices frescas de quemaduras en su brazo. La dureza en los ojos de la sirvienta se suavizó de inmediato, siendo reemplazada por un instinto maternal.
—Por todos los ángeles, estás empapada de sudor y temblando, niña —dijo Martha, guardando el plumero—. No te preocupes por limpiar nada hoy. Vamos, te prepararé un baño caliente y te conseguiré ropa limpia. Y ustedes dos… —señaló a Aziel y Seraphina con el dedo acusador—... compórtense.
Con un suspiro largo y cansado, la sirvienta guió a Dina hacia los cuartos de baño, dejando a Aziel y Seraphina solos en el pasillo, sonriendo al darse cuenta de que, por primera vez desde que llegaron a la ciudad, la tormenta parecía haber cesado por completo.
El sol brillaba con un resplandor dorado sobre los patios de entrenamiento de la Casa del Juicio.
Después de que la señora Martha se llevara a Dina para prepararle un baño, Aziel y Seraphina se quedaron unos minutos disfrutando de la brisa. No pasó mucho tiempo antes de que el aprendiz rubio, el líder de los novatos, apareciera corriendo junto a otros cinco chicos, agitando espadas de madera.
—¡Aziel! —lo llamó el rubio, deteniéndose a una distancia prudente—. ¡Ya resolviste tus asuntos en la ciudad! ¿Qué dices, nos das unas cuantas rondas de combate? ¡Queremos medir nuestra fuerza contra el bendecido!
Aziel miró a los chicos, luego miró a Seraphina y esbozó una media sonrisa.
—Iré a entrenar un rato. Siento que tengo demasiada energía acumulada —le dijo Aziel. Sin importarle quién los estuviera mirando, se inclinó y le dio un beso tierno y prolongado en los labios.
Seraphina sonrió, acariciandole suavemente la mejilla. —Ve, pero no los lastimes mucho. Te estaré mirando.
Aziel asintió. Caminó hacia el grupo de aprendices y, con un movimiento fluido, se quitó la camisa rasgada, dejando al descubierto su torso perfectamente esculpido. Los chicos tragaron saliva, intimidados pero emocionados, y le arrojaron una espada de práctica.
¡Clack! ¡Pam! ¡Swoosh!
El sonido de la madera chocando inundó el patio. Aziel se movía con una gracia salvaje. Paraba los golpes de tres chicos al mismo tiempo, usando su fuerza abrumadora para desarmarlos con simples giros de muñeca. Aunque contenía el Vigor de su Fase 3 para no romperles los huesos, la diferencia de poder era abismal. Bloqueaba, esquivaba y contraatacaba, sudando bajo el sol, completamente en su elemento.
Mientras tanto, Seraphina caminó hacia los pastizales cercanos. Un grupo de jóvenes aprendices y sirvientas de la casa estaban sentadas en círculo bajo la sombra. Al verla acercarse, las chicas le hicieron espacio de inmediato, con sonrisas cargadas de picardía.
—¡Vaya, vaya! Así que la novia del bendecido por fin se digna a pasar tiempo con nosotras —la molestó una chica de cabello corto, esperando que Seraphina se pusiera nerviosa y tartamudeara como solía hacerlo.
Pero el roce con la muerte había cambiado a la rubia. Seraphina no bajó la mirada. En su lugar, infló el pecho con orgullo, levantó la barbilla y sonrió con superioridad.
—Así es. Somos pareja —declaró Seraphina con voz clara—. De hecho, ya dormimos juntos en la misma habitación.
Las chicas se quedaron con la boca abierta, completamente descolocadas por la descomunal seguridad de Seraphina. Sin embargo, la chica de cabello corto recuperó la compostura y soltó una risita maliciosa, llevándose una mano a la boca.
—Oh… con razón —murmuró la chica, guiñándole un ojo—. Ya nos preguntábamos por qué la señora Martha andaba quejándose de los ruidos nocturnos en el ala este y de las cabeceras golpeando la pared. Se ve que Aziel tiene... mucha energía.
¡Fush!
La seguridad de Seraphina se esfumó en un milisegundo. Su rostro pasó de ser una máscara de orgullo a un tomate hirviendo, y el humo casi le salió por las orejas mientras se tapaba la cara con ambas manos, maldiciendo internamente la falta de insonorización de la Casa del Juicio.
◄ ▲ ▼ ▶
Pasado el mediodía, las chicas en el pastizal comenzaron a jugar con sus energías espirituales para pasar el rato. Usando pequeñas fracciones de autoridad, hacían florecer margaritas de la nada o manipulaban pequeñas gotas de rocío para crear arcoíris en el aire.
Seraphina miraba fascinada, pero suspiraba con tristeza. Intentó concentrarse, pero sabía que si liberaba su magia, lo único que lograría sería carbonizar el pasto, las flores y probablemente a sus amigas. Su poder no era para crear; era devastación pura.
Estaba absorta en sus pensamientos cuando una sombra se proyectó sobre ella.
—¿Terminaste tu charla?
Seraphina levantó la vista. Aziel estaba de pie frente a ella, aún sin camisa. Su pecho subía y bajaba rítmicamente, y su piel estaba cubierta por una fina capa de sudor brillante que resaltaba cada músculo de su torso.
¡Gasp!
Las chicas a su alrededor contuvieron la respiración, casi desmayándose ante la visión, abanicándose frenéticamente con las manos.
Antes de que Seraphina pudiera responder, Aziel se inclinó y, con una facilidad insultante, la levantó del suelo al estilo princesa.
—¡A-Aziel! ¡¿Qué haces?! —chilló Seraphina, aferrándose a su cuello por instinto, roja de vergüenza bajo la atenta y envidiosa mirada de todas.
—Tengo hambre. Es hora del almuerzo —dijo él, simplemente, y comenzó a caminar llevándola en brazos hacia la inmensa zona de alimentos de la Casa del Juicio.
Atravesaron los pasillos y llegaron al gran comedor, que funcionaba estilo buffet con largas mesas repletas de carnes asadas, frutas exóticas, panes humeantes y jarras de jugo fresco.
Al llegar a la entrada doble, Aziel bajó a Seraphina con delicadeza. Los inmaculados mayordomos de la puerta se quedaron parpadeando, intentando mantener su postura profesional ante la curiosa entrada triunfal de la pareja.
Se sirvieron platos abundantes y se sentaron en una mesa apartada cerca de los ventanales.
Estaban a punto de empezar a comer cuando una figura se acercó a su mesa a paso rápido.
Era Dina.
La chica estaba irreconocible. Llevaba un vestido sencillo pero limpio, prestado por las sirvientas. Su cabello naranja, libre de suciedad y sangre, caía enmarcando su rostro pálido. Su brazo izquierdo estaba vendado cuidadosamente con ungüentos curativos.
Apenas llegó a la mesa, las lágrimas que había estado conteniendo brotaron como un río. Se dejó caer de rodillas junto a la silla de Aziel y, sin pensarlo, se abalanzó sobre él, abrazándolo con una fuerza desesperada mientras sollozaba abiertamente.
—¡Gracias…! —lloraba Dina, escondiendo el rostro en el hombro del chico—. ¡Estaba lista para morir, lo juro! No sé cómo voy a compensar todos mis pecados, pero dedicaré cada segundo de mi vida para ayudar a la gente y devolverles el favor. ¡Lo juro!
El comedor entero se quedó en absoluto silencio. Los aprendices y oficiales que almorzaban voltearon a ver la escena con los ojos como platos.
Todos sabían que Seraphina era la pareja oficial del bendecido, y ahora, ¿había una segunda chica hermosa arrodillada y abrazándolo con devoción mientras lloraba de gratitud? Los murmullos estallaron como pólvora.
Seraphina no dijo absolutamente nada. No hubo celos ni molestia. Miró a Dina con una profunda compasión, comprendiendo que ese abrazo era el desahogo de un alma que había escapado del mismísimo infierno.
Después de unos minutos, Dina logró calmarse. Aziel le pidió que se levantara y fuera a servirse algo de comida. Cuando regresó con su bandeja, se sentó exactamente a la izquierda de Aziel, mientras Seraphina estaba a su derecha.
Dina se secó las lágrimas restantes y bajó la cabeza, haciendo una pequeña reverencia desde su asiento.
—Mi señor Aziel… mi señora Seraphina… lamento el espectáculo. Fui inapropiada —se disculpó, con un tono sumiso.
Seraphina se tensó, sumamente nerviosa por los títulos. —¡N-No, por favor, no nos llames así! —pidió, agitando las manos—. Es demasiado incómodo. Sé más casual con nosotros.
—¿De verdad? —Dina parpadeó, confundida—. Pero el contrato… soy su propiedad. ¿Puedo llamarlos por sus nombres?
—Sí. Y yo soy Aziel, a secas —afirmó el chico, tomando un trozo de pan—. De hecho, Seraphina y yo ya lo hablamos. No vamos a decirle a nadie que eres una esclava bajo contrato. Suena horrible, y no queremos que te traten diferente. Diremos que simplemente estás bajo nuestro cuidado y protección.
Dina apretó los labios. —Pero no importa que suene horrible… Yo me lo merezco. Yo asesiné a…
—Dina, basta —la interrumpió Seraphina con voz suave pero firme, poniendo una mano sobre la de ella—. Ya pagaste tu precio. La Cúpula dictó tu sentencia y Aziel la asumió. A partir de hoy, eres parte de nosotros.
Al escuchar eso, el muro emocional de Dina colapsó de nuevo. Volvió a llorar a mares. Esta vez, se levantó y abrazó a Aziel por el cuello con un brazo, y a Seraphina con el otro, apretujándolos a los dos contra su pecho en un llanto de absoluta felicidad y redención, dejando una escena sumamente cómica para los desconcertados espectadores del buffet.
◄ ▲ ▼ ▶
La noche envolvió la mansión carmesí.
Decididos a no ocultar más que eran una pareja con todas las letras, Seraphina pasó la primera hora de la noche moviendo todas sus pertenencias, sus pergaminos y su ropa, y las instaló definitivamente en los armarios de la inmensa habitación de Aziel.
Esto dejó su antigua habitación, perfectamente conectada por la puerta intermedia, vacía y disponible.
Dina se quedó parada en el umbral del que ahora sería su cuarto. Miró la inmensa cama de plumas, las sábanas de seda, los cojines limpios y la alfombra mullida. Sus ojos se llenaron de lágrimas otra vez.
Nunca, ni siquiera antes de que los Tagaririm la secuestraran, había dormido en un lugar tan cálido y seguro. Siempre había dormido en suelos de piedra, calabozos o, más recientemente, en callejones y alcantarillas.
—Esto es demasiado… —susurró Dina, acariciando la manta—. Gracias.
Luego, notó un detalle arquitectónico y ladeó la cabeza. —Oigan… ¿y por qué hay una puerta en el medio de la pared que conecta nuestros cuartos? ¿No es un poco redundante si hay pasillo afuera?
Aziel y Seraphina intercambiaron una mirada de pánico, recordando las emboscadas que habían sufrido mutuamente por culpa de esa puerta.
—Ah… detalles de los arquitectos del Juicio. Son muy rigurosos. Ignórala —mintió Aziel rápidamente, empujando suavemente a Seraphina hacia su propio cuarto y cerrando la puerta intermedia con seguro.
—¡Buenas noches, Dina! ¡Que descanses! —gritó Seraphina desde el otro lado.
Dina se encogió de hombros, se metió bajo las sábanas cálidas y, con una paz que nunca antes había conocido, se quedó profundamente dormida en menos de un minuto.
Sin embargo, al otro lado de la pared, la noche apenas comenzaba.
Aziel y Seraphina, ahora oficialmente compartiendo espacio, no tardaron en dejar salir toda la tensión acumulada del día. Primero fueron abrazos. Luego, besos suaves que rápidamente se volvieron hambrientos y desesperados.
Rustle… rustle…
Las pijamas terminaron tiradas en el suelo de madera. Las sábanas se desacomodaron por completo. Los besos dejaron paso a los mordiscos en el cuello, y la temperatura de la habitación se elevó drásticamente mientras se dejaban llevar por la intimidad del acto, olvidando por completo que ya no estaban solos en el ala este.
¡Gasp!
En la habitación contigua, Dina abrió los ojos de golpe, sobresaltada en medio de la oscuridad.
Parpadeó, intentando ubicar qué la había despertado. Y entonces, lo escuchó.
Desde la pared compartida, y filtrándose claramente por la rendija de la puerta intermedia, comenzaron a llegar los ruidos. Los jadeos entrecortados de Aziel. Los gemidos ahogados y agudos de Seraphina. El innegable y rítmico golpe de la cabecera de la cama de caoba estrellándose contra la pared una y otra vez.
¡Bam… bam… bam…!
Dina se quedó congelada, mirando el techo, con el rostro ardiendo como si la hubieran bañado en fuego.
Se cubrió la cabeza con la almohada, apretándola contra sus oídos con todas sus fuerzas, pero el vigor infinito de su "amo" era demasiado evidente.
«¿Acaso está bien que yo escuche esto?», se preguntó Dina, hiperventilando y retorciéndose de la incomodidad en la cama. «¿Por qué tienen tanta energía? ¿Acaso no lo desmembraron esta misma mañana?».
Los gemidos subieron de tono, y Dina soltó un quejido de pura agonía mental, haciéndose bolita bajo las sábanas.
«Empiezo a pensar que haberme dejado decapitar por los Jueces en la Cúpula habría sido mucho más piadoso», pensó Dina, con una lágrima resbalando por su mejilla. «Esto sí que es un verdadero castigo celestial. ¡Es una tortura!».
Fin del Volúmen 1: El inmortal