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Undying Vigor (Novela)

Undying Vigor (Novela) – Capítulo 18

¡Cof, cof, cof…!

Lys cayó de rodillas sobre la piedra húmeda, escupiendo grandes bocanadas de agua. Su cuerpo temblaba espasmódicamente mientras el líquido expulsaba gran parte del fango negro y corrosivo que la había estado consumiendo. Sin embargo, al mirar sus manos, vio que hilos oscuros de miasma aún palpitaban débilmente bajo su piel translúcida. No era suficiente.

Escuchó unos pasos acercándose por el agua.

Lys levantó la vista y vio a Caleb caminando hacia ella. El chico de los rizos castaños tenía una expresión ilegible. Instintivamente, la chica se encogió sobre sí misma, cubriéndose el rostro con los brazos en un acto puro de terror y sumisión, esperando el golpe final.

Esperando la muerte.

Pero el golpe nunca llegó.

Caleb se detuvo frente a ella, levantó una mano e hizo que una suave corriente de agua pura la envolviera. El agua acarició su piel, disolviendo suavemente hasta la última gota de impureza del Qliphoth. El miasma se evaporó por completo.

Cuando el agua cayó, Lys quedó empapada, arrodillada en el suelo. Su brazo izquierdo seguía rojo y con ampollas por el calor del fuego de Seraphina. Su uniforme universitario estaba reducido a harapos mojados, dejándola medio desnuda en la fría alcantarilla. Pero en el túnel no hubo morbo, ni vergüenza, ni insultos. Solo un pesado y lúgubre silencio.

A unos metros de distancia, Elian envainó su espada, mientras Aziel y Seraphina miraban a Kira con profunda confusión.

—Kira… —habló Aziel, rompiendo el silencio—. ¿Por qué detuviste a Caleb? Ella masacró a esas personas en el salón. Me despedazó a mí. ¿Qué fue lo que viste?

Kira se abrazó a sí misma, intentando sacudirse el frío y el dolor fantasma de la visión.

—Vi su verdad —respondió Kira, con la voz un poco ronca, mirando a la chica arrodillada—. Su nombre real es Lys Dina. Livia fue solo un alias que usó para engañarnos. Y la verdad es que ella no eligió esto.

Seraphina la miró, sorprendida. —¿A qué te refieres con que no lo eligió?

Kira exhaló un suspiro tembloroso y procedió a relatarles el infierno de la visión. Les habló de la huérfana. De cómo los miembros del Qliphoth la trataban como a un animal, lanzándole huesos para comer. Les contó cómo fue obligada a presenciar incendios y masacres, cómo la golpeaban hasta casi matarla.

—La trajeron a la Ciudad-Santuario y la abandonaron —continuó Kira, con los ojos anaranjados llenos de tristeza—. Pero antes de irse, alteraron su vasija a la fuerza. La obligaron a consumir los deseos más primitivos de la gente para poder sobrevivir. La convirtieron en un monstruo para que muriera aquí o para que hiciera el trabajo sucio por ellos.

Elian bajó la mirada, visiblemente afectado por la crueldad de la historia, mientras Aziel y Seraphina procesaban el peso de esas palabras, mirando a la chica que temblaba en el suelo, ya no como a un demonio, sino como a una víctima más de la oscuridad de ese mundo.

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El ascenso a la superficie fue lento. Cuando finalmente abrieron la pesada reja de hierro del acueducto sur, la luz del atardecer los cegó por un instante.

Fuera, un escuadrón completo de guardias de élite y los Jueces Silas y Elara los estaban esperando.

Apenas Lys Dina puso un pie en el pavimento, cuatro guardias se abalanzaron sobre ella. La agarraron bruscamente por los brazos, sin importarles sus quemaduras, y le colocaron pesadas esposas de hierro rúnico que anularon cualquier rastro de energía en su cuerpo.

—¡Esperen! ¡No la lastimen más! —Kira dio un paso al frente, interponiéndose.

Caleb también se adelantó, frunciendo el ceño. —¡No está oponiendo resistencia! ¡Trátenla con cuidado!

El Juez Silas levantó una mano, deteniendo las protestas de los jóvenes con una autoridad gélida.

—Basta. Ha sido capturada. Guardias, llévenla a las celdas de reclusión máxima de inmediato —ordenó Silas. Sin mediar una sola palabra más, los oficiales arrastraron a Lys lejos de allí. La chica de cabello naranja no forcejeó. Simplemente caminó con la cabeza gacha, arrastrando los pies.

Kira y Caleb se quedaron paralizados, con los puños apretados, sintiendo una amarga impotencia mientras la veían desaparecer en la distancia.

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Una hora después, los cinco jóvenes estaban de pie en el gran salón de audiencias de la Casa del Equilibrio.

Acababan de terminar de relatar cada detalle de la cacería en las alcantarillas, incluyendo la brutal emboscada, la "inmortalidad" de Aziel, el poder devastador del fuego de Seraphina y la visión purificadora de Kira y Caleb.

Los Jueces Elara y Silas escucharon todo en un silencio sepulcral.

—Analizaremos esta situación con el Consejo durante los próximos días —dictaminó Silas, cruzando las manos sobre su escritorio—. El caso de Lys Dina es extraordinario, pero no olviden algo fundamental, muchachos.

La Jueza Elara los miró a los ojos, uno por uno, con una severidad maternal.

—Entendemos la compasión que sienten por ella tras ver su pasado. Es noble. Pero no permitan que eso nuble la realidad. Lys Dina asesinó a docenas de personas a sangre fría en nuestro territorio. Ella disfrutó de la carnicería. Y, sobre todo… —Elara clavó su mirada en Aziel y Seraphina—... si no fuera por la bendición de Camael y ese misterioso fuego, ambos estarían muertos en este mismo instante. Ella no tuvo piedad de ustedes en ese callejón. Serían dos cadáveres más en su lista.

Las palabras cayeron como yunques en la sala. Aziel apretó la mandíbula y Seraphina desvió la mirada hacia el suelo. Era una verdad irrefutable. La empatía chocaba violentamente contra el instinto de supervivencia.

Comprendiendo que no había nada más que discutir, los cinco estudiantes hicieron una reverencia y se retiraron.

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La noche se cernió sobre la ciudad.

Los cinco jóvenes se reunieron en una pequeña fonda cerca de los dormitorios universitarios para cenar. Sin embargo, la comida quedó intacta en los platos. El ambiente era terriblemente depresivo.

Caleb, que normalmente no podía dejar de hablar, revolvía su estofado en silencio. Kira miraba por la ventana, perdida en sus pensamientos. Aziel sostenía la mano de Seraphina bajo la mesa, ambos aún agotados mental y físicamente por la experiencia de morir y matar en un mismo día. Elian, a pesar de su disciplina, tampoco tenía apetito.

Habían ganado. Habían capturado a la antagonista. Pero la victoria sabía a ceniza en sus bocas.

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En lo más profundo de la Ciudad-Santuario, en la zona de reclusión subterránea, el frío calaba hasta los huesos.

Normalmente, a los asesinos y criminales del Qliphoth se les arrojaba a las fosas comunes de la prisión. Sin embargo, debido a una insistente y desesperada petición de Caleb a los Jueces antes de irse, se le concedió a Lys Dina una celda solitaria. «Después de todo, sigue siendo una mujer, no la lancen con los demás», había suplicado el chico.

¡Clang!

La pesada puerta de hierro se cerró, sumiendo la celda en la oscuridad, iluminada solo por la tenue luz de la luna que se filtraba por un tragaluz enrejado.

Lys cayó de rodillas sobre la piedra helada. Su brazo chamuscado le ardía como si tuviera brasas pegadas a la piel. Llevaba unos harapos grises que apenas la cubrían del frío.

Sola. En el silencio absoluto.

Abrazó su propio cuerpo y comenzó a llorar.

Al haber sido purificada por el agua, el miasma del Qliphoth había abandonado su mente. Las emociones retorcidas, el hambre insaciable y la locura de la disonancia se habían ido. Y en su lugar, la claridad la golpeó con la fuerza de un tren.

Trató de recordar su pasado. Vio los rostros borrosos de sus verdaderos padres y sus hermanos de sangre. Recordó el día en que la Familia Tagaririm irrumpió en su casa. Vio cómo los degollaban frente a ella. Recordó cómo los cultistas la agarraron por el cabello y le sonrieron con los dientes manchados de sangre, preguntándole: «¿Quieres morir igual que ellos, o vienes con nosotros?».

Lo hizo por miedo. Hizo todo lo que le pidieron por terror puro. Se culpaba cada noche. Recordaba estar en su celda en el culto, mirando al cielo estrellado a través de los barrotes, suplicándole a Dios: «Por favor… si debo morir, mátame ya. No dejes que me rompan más».

Pero Dios nunca respondió.

La golpeaban, la fracturaban, y luego usaban magia curativa para sanar sus huesos y que no se rompiera del todo. Su juguete eterno. Y cuando la abandonaron en la Ciudad-Santuario, y escuchó que había jóvenes de su edad que habían sido tocados por la gracia de los Ángeles… la indignación la cegó. Miraba el cielo perfecto de la ciudad y exigía una respuesta. «¿Por qué ellos? ¡¿Por qué a ellos los bendices y a mí me dejas pudrirme?!».

Sin respuesta. Solo silencio.

Entonces, el hambre de su vasija corrupta la atacó. Necesitaba consumir deseos. Al principio no quería, pero se convirtió en una ADICTA. Sabía que estaba mal, pero la sensación de violar la voluntad de los hombres, de robarles la vida, le dio un poder que nunca había tenido. Se sentía superior. Sentía que por fin tenía el control.

Pero luego, en el callejón, vio a los chicos inmortales. Vio la resurrección. Vio el fuego divino. Y el MIEDO la devolvió a su realidad: seguía siendo una hormiga indefensa en un mundo que al parecer, ella no comprendía del todo.

Ahora, en la soledad de su celda, el peso de sus víctimas la aplastó.

—¡MÁTAME! —gritó Lys Dina, desgarrándose la garganta, ahogándose en sus propias lágrimas, golpeando el suelo de piedra con su mano sana—. ¡DIOS, TE LO SUPLICO, ACABA CON MI VIDA! ¡ME LO MEREZCO!

Lloraba con una agonía insoportable. Con cada lágrima, sentía el dolor de las vidas que había segado. Sabía que no debía ser perdonada. Sabía que lo hecho, hecho estaba. No había vuelta atrás. Era un monstruo, y vivir con esa claridad era su peor castigo.

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Sus sollozos la agotaron hasta hacerle perder el conocimiento.

Cuando abrió los ojos, la fría celda de piedra había desaparecido.

Lys estaba de pie en un desierto infinito. El atardecer pintaba el cielo de tonos púrpuras y dorados. La fina arena cálida se mezclaba entre los dedos de sus pies descalzos.

Clop… clop… clop…

El sonido de cascos resonó a sus espaldas. Lys se giró lentamente.

Caminando hacia ella, a paso pausado, venía un majestuoso e imponente Caballo Negro.

Montado en él, había un hombre extremadamente delgado. Su piel era pálida, su cabello era de un negro profundo, y sus ojos eran dos pozos de oscuridad absoluta. En su mano izquierda, sostenía una balanza de bronce antiguo, de esas que se usaban para pesar y racionar el trigo y la cebada, el símbolo innegable de la escasez, la crisis y el hambre extrema.

El Tercer Jinete.

El hombre de ojos negros tiró de las riendas y detuvo al caballo frente a la chica. Bajó de la montura con un movimiento elegante y silencioso, deteniéndose a un metro de Lys. La balanza en su mano chirrió levemente con la brisa del desierto.

La miró con una intensidad que parecía desnudarle el alma.

—¿Aún tienes hambre? —le preguntó el hombre, con una voz que sonaba como el roce de dos piedras en medio de la sequía.

Lys Dina bajó la mirada hacia la arena dorada. Las lágrimas ya no salían de sus ojos.

—Perdí el apetito —respondió ella, con la voz vacía.

El hombre de negro inclinó levemente la cabeza, observando su espíritu fracturado.

—¿Qué sientes que te falta, pequeña?

Lys Dina cerró los ojos, recordando la casa que le arrebataron cuando apenas era una niña, la familia que le robaron y la paz que nunca conoció.

—Nunca tuve un hogar al cual volver —murmuró, dejando que la brisa se llevara sus palabras.

El jinete levantó su mano libre y, con un toque casi paternal, apartó un mechón de cabello naranja del rostro de la chica.

—Tu apetito puede volver —le dijo el hombre, con un tono enigmático y solemne—. Pero esta vez, el alimento que busques… dependerá única y exclusivamente de ti.

Sin añadir nada más, el hombre de cabello negro se dio la vuelta. Montó ágilmente en su caballo de ébano, tomó las riendas y comenzó a cabalgar en dirección opuesta hacia el sol poniente, desvaneciéndose en el horizonte del desierto y dejando a Lys Dina a solas con el eco de su propia redención.

Lys Dina observó en silencio cómo la silueta del jinete de ébano se desvanecía lentamente en la calima del desierto, hasta convertirse en un punto borroso y desaparecer.

Se quedó sola. El viento soplaba, levantando finas cortinas de arena dorada a su alrededor.

Lentamente, Lys levantó la vista hacia el cielo teñido de púrpuras y naranjas, y habló en voz alta, rompiendo la quietud del páramo.

—¿Esa hambre que me consumía… era infundada, Dios? —preguntó, con la voz rasposa—. ¿Todo ese vacío, toda esa desesperación…?

No hubo una voz tronante que le respondiera. No hubo ángeles descendiendo para iluminarla. Pero, por primera vez en su vida, el silencio no se sintió como un abandono, sino como un lienzo en blanco.

Ella misma se respondió.

—Claro que lo era —susurró, bajando la mirada hacia sus pies descalzos hundidos en la arena cálida—. Intenté llenar un abismo infinito echándole cenizas. Creí que robar la luz de otros encendería la mía, pero solo me dejó más a oscuras. Hasta este momento… no he vivido. Solo he sobrevivido como un parásito, arrastrándome en el lodo.

Se abrazó a sí misma, caminando sin rumbo fijo por las dunas. Su mente, ahora libre del miasma corrosivo del Qliphoth, analizaba sus propias acciones con una claridad dolorosa.

«¿Por qué te pedí que me mataras?», se cuestionó, recordando sus gritos agónicos en la celda de piedra. «Si tanto asco me doy a mí misma, si tanto duele cargar con mis pecados… podría haber estrellado mi cabeza contra la pared de la prisión hasta que todo terminara. Podría haber mordido mi propia lengua para desangrarme. Tenía el poder de acabar con mi propia vida… pero no lo hice».

Se detuvo en seco. Las lágrimas volvieron a asomarse, pero esta vez no eran de pánico, sino de una profunda y dolorosa comprensión.

No se había quitado la vida porque, en el rincón más minúsculo, egoísta y destrozado de su alma, una chispa se negaba a apagarse. Quería seguir adelante. Anhelaba, con una fuerza irracional, encontrar una razón para existir que no estuviera manchada de crueldad.

Sintió un escalofrío al recordar el torrente de agua cristalina que Caleb había lanzado sobre ella. El agua que la limpió.

Una risa rota, amarga y carente de humor escapó de sus labios agrietados.

—«Lávate las manos antes de comer, Lys» —susurró, imitando el tono dulce de una voz que casi había olvidado. La voz de su madre.

Se miró las palmas de las manos.

—Mamá me lo decía siempre… —continuó hablando sola, mientras una lágrima resbalaba por su mejilla—. Pero mira lo que he hecho todo este tiempo. Me senté al banquete de este mundo con las manos manchadas de sangre y de suciedad. Yo misma me ensucié. Yo misma me convertí en la inmundicia que creí que los demás eran.

Apretó los puños. Pensó en esos cinco estudiantes. En el chico de los rizos que, a pesar de haber visto sus atrocidades, decidió usar su autoridad para curarla en lugar de ahogarla. Pensó en la chica de bronce que detuvo su ejecución. Y pensó en Aziel. Lo había descuartizado. Le había arrancado el corazón. Y, sin embargo, cuando resucitó y la vio acorralada… no vio en sus ojos el desprecio absoluto y enfermizo que sus propios "hermanos" del Qliphoth le dirigían.

Eran sus enemigos naturales, pero no la trataron como basura. La trataron como a un ser humano roto.

—Ya no quiero esto… —sollozó Lys, cayendo de rodillas en la arena, dejando que la brisa secara su rostro—. Ya no quiero estar en guerra con ellos. Ya no quiero estar en guerra con el mundo. Estoy tan cansada…

Respiró hondo, sintiendo que un inmenso peso se liberaba de su pecho. Una decisión firme había comenzado a echar raíces en su espíritu.

Pero el desierto aún no había terminado con ella.

¡Clop… clop… clop…!

El sonido no venía del oeste, por donde el jinete del hambre se había marchado. Venía del sur. Y era un sonido distinto. Era pesado. Metálico.

Lys levantó la cabeza y se giró lentamente.

A lo lejos, cabalgando hacia ella con una presencia aplastante, venía un nuevo equino. Un inmenso Caballo Rojo, del color intenso y brillante de la sangre recién derramada.

Montado sobre la bestia escarlata, avanzaba un jinete envuelto en una armadura oscura. No traía una balanza. En su mano derecha, descansando sobre su hombro, portaba una Gran Espada colosal, de filo dentado y oscuro.

El calor a su alrededor no era el del sol del atardecer; era la temperatura asfixiante de la ira y el conflicto. Era la figura a la que se le había otorgado el poder de arrebatar la paz de la Tierra, para que los hombres se degollaran los unos a los otros en un ciclo interminable de matanzas.

El Segundo Jinete. La Guerra misma, cabalgando directamente hacia la chica que acababa de decidir que ya no quería pelear.

El imponente caballo de pelaje escarlata se detuvo a escasos metros de Lys Dina. El calor que emanaba de la bestia secaba el aire del desierto, haciendo que respirar fuera un esfuerzo doloroso.

Con un movimiento pesado y metálico, el jinete descendió de la montura. Llevaba una inmensa capa oscura, raída en los bordes, que cubría su cuerpo y ocultaba su rostro por completo bajo una profunda capucha. Sin embargo, en medio de esa oscuridad insondable, brillaban dos luces rojas, intensas y crueles, como brasas alimentadas por el odio de mil batallas.

A su espalda, atada con cadenas, llevaba una espada colosal, casi tan grande como él mismo.

¡Ssssss…!

De la empuñadura de la gigantesca arma, una serpiente de escamas oscuras y ojos amarillentos se deslizó siseando, reptando por el metal hasta asomar su cabeza por encima del hombro del jinete.

Cualquier otra persona se habría paralizado de terror. Pero Lys Dina no retrocedió. No tembló. Simplemente se quedó de pie en la arena, mirándolo fijamente.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó Lys, con una voz extrañamente calmada.

El jinete dio un paso al frente. Su voz era un trueno sordo, el eco de espadas chocando en un campo de batalla.

—Si te deshiciste del hambre que te consumía… entonces, ¿por qué te ves tan triste, niña? —le cuestionó la entidad de la Guerra.

—Porque perdí el apetito —respondió ella, sin apartar la mirada.

El jinete soltó una carcajada ronca que hizo vibrar el suelo. Avanzó otro paso, acortando la distancia.

—Dios no escuchó tu súplica allá en tu celda. Te ignoró en tus peores noches —dijo el hombre de la capa, inclinando la cabeza—. Entonces, ¿por qué no hay ira en tus ojos?

Lys Dina apretó los puños a los costados de su cuerpo destrozado. Pensó en las atrocidades que había cometido, en la sangre que ella misma había derramado.

—No tiene sentido culpar a Dios por las decisiones que yo misma tomé y por el camino que yo misma me impuse —declaró Lys con firmeza—. Yo elegí hundirme.

¡CLANG!

El jinete soltó las cadenas. La colosal espada cayó al suelo del desierto, levantando una nube de arena y haciendo temblar las dunas. Con un movimiento brusco, el hombre se arrancó la pesada capa oscura.

De su espalda estallaron un par de inmensas alas rojas. No eran de plumas suaves; parecían forjadas con espadas afiladas y hojas de metal bañadas en sangre fresca, goteando escarlata sobre la arena dorada. Era un Ángel de la Guerra, imponente y destructivo.

Al mismo tiempo, la serpiente bajó reptando rápidamente por su cuerpo, deslizándose por la arena hasta llegar a Lys. Con un movimiento sinuoso, la víbora se enredó alrededor de las pantorrillas y los muslos de la chica, apretando sutilmente.

—Entonces, ¿por qué no maldices la injusticia? —insistió el Ángel, extendiendo sus alas sangrientas—. ¿Por qué no atacas a los Ángeles de Dios y a sus vasijas por no haberte bendecido a ti? ¡Ellos tienen la luz que te fue negada!

—Porque no lo merecía —susurró Lys, sintiendo el agarre frío de la serpiente, pero negándose a sucumbir—. No me merecía la bendición de nadie. Yo solo era un recipiente de suciedad.

El Ángel de la Guerra se acercó por completo, revelando finalmente su rostro. Era un hombre de facciones duras y afiladas, con el cabello de un color rojo sangre que ondeaba como fuego y unos ojos escarlata que destilaban pura violencia.

La miró desde arriba y le tendió una mano enguantada.

—Si te arrodillas ahora mismo… si me vuelves tu único señor —la tentó el jinete, con una voz profunda e hipnótica—, te daré el poder absoluto de la Guerra. Ya no serás una víctima. Dominarás la Ciudad-Santuario. Destrozarás a esos cinco estudiantes y te coronarás sobre sus cenizas.

Lys Dina miró la mano tendida. Luego miró al Jinete a los ojos. Su expresión no reflejó asombro ni ambición. Solo reflejó un absoluto y gélido desprecio.

—No ganaría nada con eso —dijo la chica, levantando la barbilla—. Ese sería un deseo vacío. Banal. Un trono de cadáveres no me daría un hogar. Así que deja de tentarme, porque no te voy a hacer caso.

Lys dio un paso atrás, forzando a la serpiente a desenredarse de sus piernas.

—La guerra ha terminado, Jinete. Y yo perdí.

Lys Dina parpadeó.

¡Fush!

Cuando volvió a abrir los ojos, el jinete de cabello rojo sangre, la espada colosal y el cielo del atardecer habían desaparecido sin dejar rastro.

El desierto estaba completamente vacío y oscuro. La noche había caído. Sobre su cabeza, un manto infinito de estrellas brillantes y una media luna afilada iluminaban débilmente las dunas de arena fría. El calor sofocante de la guerra se había desvanecido, reemplazado por un frío penetrante que le calaba hasta los huesos.

Clop… clop… clop…

El sonido de cascos volvió a resonar en la inmensidad del páramo nocturno.

De entre la penumbra, emergió un Caballo. Su pelaje era de un color pálido y amarillento, el tono enfermizo de un cadáver abandonado. Era el único jinete cuyo nombre resonaba explícitamente en los ecos de la creación: la Muerte.

Pero no venía solo. Siguiéndolo de cerca, arrastrándose como una sombra densa e infinita a ras de la arena, venía el Hades, la personificación de la tumba y el destino final, listo para tragar todo lo que el jinete tocara.

El jinete descendió del caballo amarillento. No había brutalidad en sus movimientos, solo una gracia silenciosa y definitiva. Al tocar el suelo, dejó extender un par de majestuosas alas blancas desde su espalda. Eran alas puras, pero frías como la nieve eterna. El joven de rostro pálido que Aziel había visto en su propia muerte ahora estaba frente a Lys.

La miró con sus ojos carentes de luz y estrellas.

—Si ya no hay guerra contra los hijos de la luz… y tampoco hay hambre por consumir sus almas —habló el Ángel de la Muerte, con una voz que era como el susurro del viento de invierno—, entonces, ¿qué harás en este mundo?

Lys Dina se quedó paralizada, sorprendida por la pregunta. —¿Qué haré? —repitió, confundida.

—Hablabas de morir en tu celda —continuó el Ángel de la Muerte, ladeando la cabeza—. Decías que te rindes. Que ya no tienes ganas de nada, ni ambiciones, ni odio. Dime, niña… ¿no es eso exactamente lo mismo que estar muerto?

El Ángel extendió su mano derecha.

¡Fwshh!

Una inmensa guadaña de plata opaca se materializó en su agarre. La hoja brilló bajo la luz de la media luna.

El Ángel dio un paso hacia ella.

El corazón de Lys dio un vuelco. Se alteró, retrocediendo torpemente en la arena. La resignación que creía tener se evaporó.

El Ángel se detuvo. —¿Tienes MIEDO? —le preguntó.

Ella no respondió. El aliento se le atascó en la garganta.

El Ángel de la Muerte dio otro paso lento, levantando ligeramente la guadaña. —Lloraste pidiendo tu fin. ¿Puedo ejecutar yo tu ansiada excusa de morir ahora mismo?

—¡¿Por qué viniste aquí?! —le gritó Lys, con la voz quebrada y lágrimas empezando a asomar por sus ojos cambiantes.

El Ángel bajó la guadaña y la miró. —Porque Nuestro Padre siempre ha observado. Cada lágrima que derramaste en la oscuridad. Cada grito de auxilio que creíste que fue ignorado. Él lo escuchó todo. Y ahora, en el umbral, se te hace la pregunta definitiva: ¿Quieres en verdad morir?

Lys Dina dudó. Las lágrimas rodaron libremente por sus mejillas. Le dolía respirar, le dolía vivir con los recuerdos de la sangre, de los huesos tirados, de la manipulación. Era demasiado el peso de sus pecados. Sentía que se asfixiaba bajo la culpa de lo que le había hecho a los inocentes y a esos cinco chicos.

El Ángel dio el tercer paso. La hoja de la guadaña rozó la arena, lista para segar su alma.

—¡DETENTE! —exclamó Lys de repente.

Apretó los puños, plantó los pies firmemente en la arena y levantó el rostro empapado en lágrimas hacia el Ángel de la Muerte.

—¡No quiero morir! —gritó, y cada palabra fue una liberación—. ¡Quiero vivir! ¡Quiero ayudar! ¡No quiero estar en guerra con ellos, y no voy a consumir lo bueno que han construido! ¡Pero tampoco me voy a quedar en una celda sin hacer nada esperando mi fin!

Lys Dina lo enfrentó, mirando a la Muerte directamente a los ojos, sin retroceder un solo centímetro más.

—¡No voy a morir hasta pagar mi deuda!

El Ángel de la Muerte la observó durante un largo momento. La brisa nocturna agitó sus alas blancas. Lentamente, sin mostrar emoción alguna, el joven asintió con la cabeza.

¡Fush!

La guadaña desapareció. El jinete, el caballo amarillento y la sombra del Hades se disolvieron en la bruma de la noche, como si nunca hubieran estado allí.

La visión se fracturó.

Lys Dina abrió los ojos de golpe, aspirando una bocanada de aire helado. Estaba de vuelta en su celda solitaria de la Casa del Equilibrio. El suelo de piedra estaba frío, pero su corazón latía con una fuerza y una convicción que nunca antes había sentido.

Ya no era el monstruo del Qliphoth. Ya no era Livia, la asesina de los Tagaririm. Y definitivamente, ya no era una niña rota esperando ser salvada o aniquilada.

Esta era, en efecto, Lys Dina.

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Dina forma original

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