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Undying Vigor (Novela)

Undying Vigor (Novela) – Capítulo 16

El sol brillaba con intensidad sobre la Plazoleta de los Cien Pilares.

Aziel y Seraphina llegaron juntos, luciendo mucho más relajados y con un aura de intimidad innegable. Sin embargo, apenas pusieron un pie en el punto de encuentro, Kira dio un salto hacia atrás como si los hubiera visto arder en llamas.

La chica de piel bronceada se cubrió el rostro con ambas manos, dándoles la espalda de inmediato. Sus orejas estaban rojas como cerezas.

—¡A-Aléjense al menos un metro de mí! —chilló Kira, temblando de pura mortificación.

Aziel y Seraphina parpadearon, confundidos. —Kira, ¿qué pasa? —preguntó Seraphina, dando un paso hacia ella.

—¡Dije que no te acerques! —Kira se asomó por entre sus dedos, con los ojos anaranjados llenos de vergüenza y pánico—. ¡Raziel es un chismoso, ¿entendido?! ¡Le pedí que me mostrara si estaban a salvo y la visión me mostró demasiado a salvo! ¡Dios bendito, sus sábanas blancas me van a perseguir en mis pesadillas!

¡Fush!

El rostro de Seraphina hizo cortocircuito. Soltó un chillido agudo y se escondió detrás de la espalda de Aziel, agarrando la camisa del chico mientras deseaba volverse invisible. Aziel se tapó la cara con una mano, tosiendo fuertemente y sintiendo que la dignidad se le escapaba del cuerpo. ¡Lo había vuelto a ver!

—Eh… ¿de qué hablan? —preguntó Caleb, llegando con un pan dulce en la boca, mirando a los tres sudar la gota fría—. ¿Qué sábanas? ¿Pasó algo épico y me lo perdí?

—¡Cállate, Caleb! —gritaron Kira y Seraphina al unísono.

Caleb levantó las manos en señal de rendición, tragando su bocado. —Vale, vale, no pregunto. Como sea, estamos aquí para cazar a la antagonista, ¿no? Si esa tal Lys sigue escondida, la mejor estrategia es el clásico cebo. ¡Tenemos que separarnos! Si vamos en grupos de dos y caminamos por zonas solitarias, seguro intentará cazar a alguien.

Kira, aún intentando calmar su rubor, asintió rápidamente, agradeciendo el cambio de tema. —Es lógico. Los Tagaririm buscan presas vulnerables. Aziel, tú ve con Seraphina hacia el Distrito de las Tejas Rojas. Caleb y yo iremos hacia los canales del sur. Mantengan los ojos abiertos.

◄ ▲ ▼ ▶

Durante las siguientes dos horas, Aziel y Seraphina caminaron por estrechos callejones, callejuelas empedradas y plazas secundarias. Aziel se mantenía alerta, caminando un paso por delante de Seraphina, con los sentidos agudizados gracias al vigor de Camael.

Entraron a un área residencial casi vacía, donde las sombras de los altos edificios bloqueaban la luz del sol. El silencio era inquietante.

—¡¡AYUDA!! ¡POR FAVOR, QUE ALGUIEN ME AYUDE!

El grito desgarrador de una joven rompió la quietud.

Aziel y Seraphina cruzaron miradas y echaron a correr de inmediato hacia el origen del sonido. Al girar en una esquina cerrada, se encontraron con una escena de pesadilla. Cuatro hombres corpulentos, con ropas de trabajadores portuarios, tenían acorralada contra la pared a una chica de baja estatura. La joven estaba llorando desconsolada, temblando de terror. Tenía el uniforme de la universidad arrugado y su cabello era de un vibrante color naranja.

—¡Déjenla en paz! —rugió Aziel, lanzándose al frente sin dudarlo.

¡Slash!

Uno de los hombres se giró con una velocidad antinatural y lanzó un corte con un cuchillo de carnicero. La hoja rasgó el brazo de Aziel, salpicando sangre en la pared de piedra. El chico gruñó por el dolor, pero no retrocedió; usó la apertura para conectar un puñetazo brutal en la mandíbula del atacante, enviándolo al suelo con un crujido sordo.

—¡Seraphina, llévatela de aquí! —gritó Aziel, interponiéndose entre los tres hombres restantes y las chicas—. ¡Corre a buscar a los guardias! ¡Yo los retendré!

Seraphina no dudó. Agarró a la chica de cabello naranja del brazo, tirando de ella con fuerza. —¡Ven conmigo, rápido! —le dijo Seraphina, echando a correr por el callejón opuesto, llevándose a la víctima lejos del peligro.

Aziel se quedó solo frente a los tres matones.

¡Swoosh! ¡Clack!

La pelea fue sucia y sangrienta. Los hombres atacaban sin ningún tipo de instinto de conservación. Uno de ellos le clavó un puñal en el costado izquierdo. Aziel ahogó un grito, pero la bendición de Camael estalló en sus venas. Sus músculos se endurecieron como roca. Agarró la muñeca del agresor y se la rompió con un giro violento.

Le arrebató el cuchillo en el aire y, en un acto de pura supervivencia, se lo clavó directamente en la garganta al segundo hombre.

¡Squelch!

La sangre brotó a borbotones, y el hombre cayó de rodillas.

Pero algo andaba mal. Aziel jadeaba, sosteniéndose la herida del costado, y se fijó en los rostros de los atacantes. El hombre que se desangraba en el suelo no gritaba de dolor. Sus ojos estaban inyectados en sangre, dilatados, y sus expresiones faciales eran una mueca exagerada, grotesca y casi muerta. No se movían por instinto de supervivencia ni por maldad humana; se movían por pura, ciega y rabiosa IRA. Estaban bajo un control mental absoluto.

El cerebro de Aziel hizo clic.

El control de las emociones. Los Tagaririm. La chica del callejón… tenía el cabello naranja. Su estatura era la misma que la de Livia.

—¡¡SERAPHINA!! —el grito de Aziel desgarró su propia garganta.

Ignorando por completo a los matones restantes que se le echaban encima, el chico se dio la vuelta y corrió como un alma que lleva el diablo por el callejón donde las dos chicas habían desaparecido.

Corrió tropezando, empujando cajas y barriles, con el corazón martillándole el pecho.

Al doblar hacia un callejón sin salida, la imagen que se encontró lo paralizó en seco.

Tirada en el frío suelo de piedra, sobre un charco de su propia sangre, estaba Seraphina. Tenía un corte profundo y brutal en el abdomen. Su respiración era agónica, un silbido roto, y sus ojos dorados estaban medio cerrados, perdiendo el brillo rápidamente.

De pie frente a ella, limpiándose la sangre de un cuchillo curvo, estaba la chica de cabello naranja. Lys se giró lentamente hacia Aziel, y una sonrisa perversa, enferma y triunfal se dibujó en su rostro.

—Cayeron redonditos —susurró Lys.

¡¡¡AAAHHHHHH!!!

La cordura de Aziel se hizo añicos. El Vigor de Camael no estalló para protegerlo; estalló para destruir. Una ira incontrolable y ciega lo poseyó por completo. Se lanzó hacia Lys a una velocidad aterradora, con las manos extendidas, listo para arrancarle la cabeza.

Pero Lys lo estaba esperando.

La chica de cabello naranja levantó una mano, y sus ojos cambiaron a un tono oscuro y abismal.

—_Invocación del Qliphoth._

¡CRACK! ¡RUUUMBLE!

El suelo de piedra bajo los pies de Aziel estalló. Sombras líquidas y densas, negras como el alquitrán, emergieron del pavimento. De esa masa oscura brotaron docenas de enormes manos demoníacas, provistas de garras afiladas como cuchillas de guillotina.

Las garras atraparon a Aziel en pleno vuelo.

—¡¡GAAAH!! —Aziel rugió, intentando liberarse con su fuerza bruta.

Pero las sombras no querían retenerlo. Querían despedazarlo.

¡¡SQUELCH!! ¡¡CRUNCH!!

Fue una carnicería instantánea. Las garras tiraron en direcciones opuestas. El brazo derecho de Aziel fue arrancado de cuajo desde el hombro, rociando sangre sobre las paredes del callejón. Otra garra masiva le amputó la pierna izquierda por debajo de la rodilla. Las sombras laceraron su pecho, abriéndolo en canal.

El cuerpo de Aziel cayó al suelo, reducido a un amasijo de carne destrozada y extremidades cercenadas.

Pero la verdadera pesadilla, el horror absoluto de la bendición de Camael, se hizo presente. No podía morir. Aziel seguía consciente. Sentía cada nervio desgarrado, cada gota de sangre derramada. Su cabeza, aún unida a su torso mutilado, giró espasmódicamente hacia Seraphina, mientras ahogaba sonidos agónicos, ahogándose en su propia sangre.

Lys soltó una carcajada maniática, deleitándose con la brutalidad de su trampa perfecta.

Pero la carcajada se apagó un segundo después.

Desde el suelo, Seraphina había visto todo. Vio a Aziel ser descuartizado por protegerla. El shock fue tan inmenso, el trauma tan profundo, que algo en el interior de su vasija espiritual rota hizo clic. La neblina de sus recuerdos olvidados antes de los cinco años se fracturó.

El cuerpo agonizante de la rubia comenzó a temblar.

¡Fwoosh…!

Una chispa nació en su pecho. Luego, una llamarada.

El cabello dorado de Seraphina comenzó a brillar, cambiando drásticamente. El rubio dio paso a un intenso, violento y cegador color naranja con rojo vivo, ondeando en el aire como lenguas de fuego puro, a pesar de que no había viento.

Las heridas letales en su abdomen no se cerraron con carne, sino que fueron cauterizadas instantáneamente por llamas doradas que brotaban de su propio cuerpo, cosiendo sus tejidos con fuego divino.

Seraphina se puso de pie. Ya no había rastro de la chica tímida y asustadiza. Sus ojos ardían como dos soles supernovas.

¡Tap, tap, tap!

Los dos hombres controlados que habían sobrevivido llegaron corriendo por la entrada del callejón para respaldar a Lys.

Seraphina giró lentamente la cabeza hacia ellos. No levantó las manos. No pronunció un hechizo. Simplemente los miró.

¡¡¡FWOOOOSH!!!

Dos inmensas esferas de fuego blanco y carmesí se materializaron en el aire frente a ella y salieron disparadas a la velocidad del sonido. Impactaron de lleno contra los hombres. No hubo gritos. No hubo sangre. En una fracción de segundo, los matones fueron incinerados hasta los huesos, reducidos a un montón de cenizas humeantes sobre los adoquines.

Lys retrocedió, tropezando con sus propios pies. Sus ojos cambiantes se abrieron desmesuradamente, llenos de un terror absoluto que nunca antes había sentido.

—¿Q-Qué eres tú…? —balbuceó la infiltrada del Qliphoth, temblando como una hoja, dándose cuenta de que acababa de despertar a un monstruo que no pertenecía a las cinco Casas conocidas.

Seraphina no respondió. El fuego a su alrededor se arremolinó, formando un halo de destrucción, y comenzó a caminar lentamente hacia la chica de cabello naranja.

¡Sizzle… ssshhh…!

Con cada paso que Seraphina daba hacia adelante, el callejón se transformaba en un horno ardiente. Los gruesos adoquines de piedra bajo sus pies descalzos no solo se agrietaban; se derretían. Una estela de roca fundida, brillante como la lava de un volcán, burbujeaba marcando su camino. El calor que emanaba de su cuerpo era tan abrumador que el aire a su alrededor se distorsionaba, creando ondas de espejismo.

Lys retrocedió tropezando, con los ojos desorbitados. La soberbia, la crueldad y la sed de sangre que la habían dominado hasta hace un minuto se evaporaron, dejando en su lugar la emoción más básica y humillante de todas: un miedo genuino y paralizante.

—¡A-Aléjate! ¡No te acerques! —gritó la chica de cabello naranja, con la voz desgarrada por el pánico, levantando las manos en un intento inútil de protegerse del calor abrasador.

Seraphina no pronunció una sola palabra. Sus ojos, ahora dos soles de fuego puro, carecían de cualquier empatía. Siguió avanzando, obligando a Lys a retroceder hasta que su espalda chocó contra el muro de piedra sin salida del callejón. Estaba acorralada. La infiltrada de los Tagaririm empezó a temblar violentamente, dándose cuenta de que había cometido el error más grande de su vida. Había despertado a un monstruo.

Seraphina levantó una mano, lista para reducirla a cenizas.

Pero entonces, un sonido húmedo, grotesco y antinatural resonó a espaldas de ambas.

¡Squelch… crac, crac…!

El ruido era como el de huesos triturados moviéndose y carne húmeda arrastrándose sobre la piedra.

El fuego de Seraphina vaciló. Ambas chicas giraron la cabeza lentamente hacia el centro del callejón. Lo que vieron fue una escena tan macabra y perturbadora que desafiaba todas las leyes de la creación divina.

Las extremidades amputadas de Aziel —su brazo, su pierna y los pedazos de su torso— estaban temblando. Hilos de sangre y tejido muscular brillante, impulsados por la luz innegable del Vigor de Camael, se extendían como enredaderas buscando su origen. Las partes destrozadas se arrastraban por el suelo de piedra, conectándose de nuevo al cuerpo principal con chasquidos húmedos y repugnantes.

◄ ▲ ▼ ▶

En ese mismo instante, la conciencia de Aziel flotaba en un abismo gélido y oscuro.

Había vuelto al Umbral. Ese lugar de bruma eterna entre la vida y la muerte.

Aziel estaba de pie, esperando el frío ineludible. Frente a él, emergiendo de la niebla, apareció la figura imponente con la túnica negra y la inmensa guadaña. El Ángel de la Muerte.

Sin embargo, esta vez algo fue diferente. Aziel abrió los ojos con asombro cuando la entidad celestial levantó una mano pálida y se bajó la capucha de su túnica oscura. No había un cráneo vacío ni un rostro terrorífico; debajo de la tela había un joven, apenas unos años mayor que el propio Aziel. Su rostro era de una belleza pálida, solemne y cargada de una tristeza eterna, con ojos que parecían contener el polvo de todas las estrellas muertas.

A su lado, resoplando en la bruma, apareció una montura. Era un caballo imponente, pero su pelaje no era de un color normal; era de un tono pálido y amarillento, el color exacto de la enfermedad y el fin absoluto.

El joven Ángel de la Muerte miró a Aziel a los ojos en completo silencio. No alzó su guadaña. No lo reclamó. Simplemente, con un movimiento fluido, montó sobre el lomo del caballo amarillento. Tiró de las riendas y, dándole la espalda al chico, se alejó cabalgando lentamente hacia la profundidad de la niebla, en dirección opuesta al mundo de los vivos.

El mensajero de la muerte le había negado la entrada una vez más.

◄ ▲ ▼ ▶

¡GASP!

Aziel abrió los ojos de golpe, aspirando una bocanada de aire fresco como si hubiera estado ahogándose.

Su cuerpo se arqueó sobre el pavimento del callejón. Los huesos de su pecho terminaron de soldarse con un sonido seco, y la piel se cerró sin dejar ni una sola cicatriz. El brazo y la pierna que habían sido amputados estaban perfectamente unidos, rebosantes de fuerza.

Al ver que su pecho subía y bajaba, el fuego en el cabello de Seraphina se apagó de inmediato. El naranja y rojo ardiente dio paso a su hermoso rubio natural. Las llamas que la rodeaban se disiparon en el viento.

—¡Aziel!

Seraphina corrió hacia él, arrojándose de rodillas sobre los adoquines manchados de sangre. Las lágrimas brotaron de sus ojos dorados como cascadas. Lo abrazó con una fuerza desesperada, hundiendo el rostro en su cuello, llorando a mares.

Aziel, aún un poco desorientado, sintió la calidez de la chica y le devolvió el abrazo, rodeándola con sus brazos regenerados.

—Seraphina… ¿estás bien? —preguntó él con voz ronca, acariciando su cabello y examinándola de arriba abajo. Apenas hace unos minutos la había visto con el abdomen destrozado y agonizando, y ahora su piel estaba intacta, sin rastro de la herida mortal.

—¡Yo debería preguntarte eso a ti, idiota! —sollozó ella, aferrándose a su camisa rasgada—. ¡Te vi morir! ¡Te vi en pedazos! Pensé… pensé que te había perdido…

—Bueno… No puedes perderme —susurró Aziel, pegando su frente contra la de ella, cerrando los ojos con un inmenso alivio al sentir los latidos de su corazón. En medio del charco de sangre y el caos, la interacción era de una belleza cruda y pura. Sobrevivieron. Estaban juntos.

Sin embargo, cuando Aziel miró por encima del hombro de la chica hacia el fondo del callejón, el muro estaba vacío. La infiltrada de los Tagaririm había aprovechado la distracción de la resurrección para huir.

◄ ▲ ▼ ▶

¡Plash, plash, plash!

En la oscuridad pestilente de las alcantarillas, muy por debajo de las calles de la Ciudad-Santuario, una figura corría tropezando con las aguas negras.

Lys se recargó contra el muro húmedo del desagüe, respirando con una agitación frenética. Se limpió violentamente las lágrimas que surcaban sus mejillas sucias. Una parte de su uniforme y la piel de su brazo izquierdo estaban sutilmente chamuscadas, enrojecidas y doliendo a rabiar por el calor extremo, a pesar de que las llamas de Seraphina ni siquiera la habían tocado directamente.

Hah… hah…

Lys sudaba a mares. El temblor de su cuerpo era incontrolable. Su mente, que antes era un templo de cálculo frío y crueldad, ahora era un torbellino de pánico y conflicto mental.

—¡¿Qué demonios son esas cosas?! —gritó Lys a la oscuridad de las alcantarillas, llevándose las manos a la cabeza, tirando de su cabello naranja—. ¡¿Qué clase de monstruos son?!

Había visto a la chica rubia con el abdomen perforado levantarse envuelta en fuego divino y curarse. Había visto a los matones ser incinerados en cenizas en un parpadeo. Y peor aún… había visto al chico de cabello castaño, al que sus sombras habían descuartizado y desmembrado por completo, armarse de nuevo y respirar como si nada hubiera pasado.

Eran inmortales. Eran anomalías.

Lys se deslizó por la pared de ladrillo hasta caer sentada en el fango de las alcantarillas. Ya no había ira en su corazón. Ya no había rastro de la lujuria con la que devoró a sus presas. Ni siquiera quedaba el resentimiento o la envidia hacia la luz de la ciudad.

El único sentimiento que ahora la consumía, ahogándola en una oscuridad asfixiante, era el MIEDO.

Un terror primitivo, oscuro y absoluto al darse cuenta de que ni siquiera la muerte misma era capaz de detener a las presas que había intentado cazar. Había despertado a la Fuerza y al Fuego, y ahora, ella era la que estaba siendo cazada.

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El abrazo en medio del callejón ensangrentado se prolongó durante varios minutos, hasta que la adrenalina que nublaba sus sentidos comenzó a disiparse, dejando paso a la cruda realidad física de su situación.

Al separarse un poco para mirarse a los ojos, Aziel sintió el roce directo de la piel de la chica contra su pecho. Bajó la mirada, y sus ojos castaños se abrieron de par en par.

Durante el feroz ataque de las garras de sombra y el posterior estallido de fuego divino, el vestido ligero de Seraphina había quedado prácticamente destruido. La tela de su abdomen y gran parte de su pecho estaba desgarrada y quemada, dejándola peligrosamente expuesta.

Aziel, sintiendo que el rostro le ardía, desvió la mirada rápidamente hacia la pared, pero al hacerlo, se dio cuenta de que su propia situación no era mejor: su camisa blanca estaba reducida a jirones empapados en sangre seca, y sus pantalones estaban rasgados por todos lados debido a las amputaciones previas. Básicamente, ambos estaban casi desnudos en medio del callejón.

—S-Seraphina… tu ropa —tartamudeó Aziel, intentando cubrirla inútilmente con las manos sin atreverse a tocarla de más, mirando desesperado hacia todas las esquinas del callejón buscando algo, cualquier cosa, para taparla.

La rubia miró hacia abajo, soltando un pequeño chillido de pura vergüenza y cubriéndose el pecho con los brazos cruzados, poniéndose del color de una fresa.

—¡No mires! ¡Cierra los ojos, Aziel! —le pidió ella, encogiéndose sobre sí misma.

—¡L-Lo juro, no estoy mirando! ¡Pero no tenemos con qué cubrirnos! —respondió él, dándole la espalda rápidamente, completamente en pánico.

—Tengan. Pónganse esto rápido antes de que pase algún guardia y tengamos otro tipo de problemas.

Una voz femenina, fría pero teñida de un evidente cansancio, resonó desde la entrada del callejón.

Kira estaba de pie allí, con los ojos firmemente cerrados y dándoles la espalda por respeto. En su mano extendida sostenía dos gruesas capas para estudiantes que acababa de comprar a toda prisa en un puesto cercano. Las lanzó hacia atrás, y las telas cayeron justo a los pies de Aziel.

—¡Kira! —exclamó Seraphina, aliviada, agarrando una de las capas y envolviéndose en ella rápidamente. Aziel hizo lo mismo.

—¿Cómo supiste que estábamos…? —empezó a preguntar el chico, ya un poco más presentable.

Kira se giró hacia ellos, frotándose las sienes. —La autoridad de Raziel. Vi el destello de la emboscada. Vi cómo te hacían pedazos, Aziel, y vi el fuego de Seraphina. Lo vi todo. Sabía que sus ropas no sobrevivirían a algo así, por lo que le dije a Caleb que esperara a la vuelta de la esquina mientras yo traía con qué cubrirlos.

Una vez que estuvieron decentemente vestidos con las capas, Kira hizo una seña con la mano, permitiendo que Caleb finalmente entrara al callejón.

El chico de los rizos castaños entró caminando lentamente, mirando los charcos de sangre, las marcas de quemaduras en los muros y los dos montones de ceniza humeante en el suelo. Al llegar frente a ellos, Caleb tragó saliva ruidosamente.

—No pude ver nada desde la otra calle… —murmuró Caleb, con los ojos desorbitados, mirando a Aziel y luego a Seraphina—. Pero Kira me lo contó todo mientras veníamos corriendo. ¡Ustedes dos son unos malditos monstruos!

Caleb se agarró la cabeza, emocionado pero profundamente perturbado por la brutalidad de lo que habían sobrevivido.

—¡Aziel es literalmente inmortal, y tú tienes daño mágico de fuego devastador! —Caleb se tiró de rodillas al suelo, juntando las manos y mirando al cielo azul translúcido de la ciudad—. ¡Oh, Creador de este mundo, gracias! ¡Infinitas gracias por permitirme ser el alivio cómico que se hizo amigo de los personajes principales en lugar de ser un enemigo! ¡Larga vida al grupo!

Kira le dio un golpe en la nuca para que se levantara, mientras Aziel y Seraphina soltaban una pequeña risa cansada, agradecidos de que la energía absurda de Caleb disipara un poco el terror de la masacre.

◄ ▲ ▼ ▶

Aprovechando que aún era mediodía, los cuatro se alejaron del callejón antes de que llegaran las autoridades y buscaron refugio en una pequeña taberna vacía del Distrito de las Tejas Rojas.

Se sentaron alrededor de una mesa redonda de madera en el rincón más oscuro, pidiendo únicamente agua y algo de pan para calmar los nervios.

—Entonces… —comenzó Kira, entrelazando los dedos sobre la mesa—. Lys usó magia de sombras, garras del Qliphoth. Y escapó por las alcantarillas.

Aziel asintió, su rostro endurecido por la rabia al recordar la masacre de la que habían sido víctimas. —Los hombres que controlaba no sentían lujuria. Era ira pura. Se movían como máquinas de matar descerebradas. Cuando las garras me destrozaron, vi su rostro. Disfrutaba el dolor. Pero cuando Seraphina despertó… Lys se aterrorizó. Por primera vez, vio algo que no podía manipular. Huyó como una rata.

Caleb miró a Seraphina con una mezcla de respeto y temor. —Seraphina… ¿de dónde salió ese fuego? No sabías que podías hacer eso, ¿verdad?

Seraphina miró sus propias manos, aún temblorosas. Negó lentamente con la cabeza, con la mirada perdida en los callos de sus palmas.

—No. Yo… solo vi a Aziel desmoronarse en el suelo. Vi su sangre, escuché la risa de esa chica, y sentí que el mundo entero se me venía encima. No pensé en invocar magia ni en usar autoridad angelical. Solo sentí una chispa en mi pecho que quemaba más que el dolor, y de repente, todo el callejón ardía conmigo.

Kira asintió, analítica. —Las vasijas humanas reaccionan a traumas extremos. Tu poder no parece venir de una de las cinco Casas conocidas. El fuego no es el elemento del Juicio ni del Equilibrio. Hay algo más en ti, Seraphina.

La rubia guardó silencio, apretando los puños sobre sus faldas.

Mientras los otros tres continuaban debatiendo los siguientes pasos y cómo lidiar con Lys ahora que sabían que estaba herida y aterrada, Seraphina se sumió en sus propios pensamientos.

«Ese fuego…», pensó, cerrando los ojos.

El poder devastador que había brotado de su alma no se sentía como algo extraño o ajeno. Se sentía antiguo. Familiar. Cuando la rabia y el fuego consumieron su mente en el callejón, fue como si la densa niebla blanca que bloqueaba sus memorias de antes de los cinco años se hubiera derretido un poco bajo el calor extremo.

En ese breve instante de furia, a través de las llamas, Seraphina recordó algo. Una imagen difusa de su pasado más lejano.

Se vio a sí misma siendo muy pequeña. Y alrededor de ella, la acompañaban cuatro personas.

Seraphina frunció el ceño, forzando a su memoria a mostrarle más. Intentó visualizar sus rostros, recordar sus voces, saber quiénes eran aquellos individuos que formaban parte de su vida perdida antes del orfanato. Pero fue inútil. Por más que el fuego hubiera derretido parte del bloqueo, los rostros de esas cuatro personas seguían siendo una mancha borrosa y vacía en su mente.

«¿Quiénes eran?», se preguntó Seraphina, abriendo los ojos para mirar a Aziel, quien le sostenía la mano por debajo de la mesa para darle apoyo. «Y por qué siento que el despertar de este fuego… apenas es el comienzo».

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