El aire en el cuarto piso era irrespirable. El edificio, cuyas dos primeras plantas albergaban el cálido restaurante Las Brasas del Herrero, guardaba un contraste macabro. Los dos pisos superiores estaban diseñados como un inmenso y elegante salón de eventos con techos abovedados y candelabros de cristal, pero ahora, ese cristal estaba salpicado de un rojo oscuro y viscoso.
Caleb seguía de rodillas cerca del umbral de la puerta, con las manos apoyadas en el suelo de madera, vaciando el contenido de su estómago mientras tosía violentamente. Su cuerpo temblaba sin control. En su vida pasada, la muerte era algo que solo veía a través de pantallas o leía en novelas de misterio; tener la carnicería humana frente a sus propios ojos, el olor a hierro y fluidos, lo había destrozado.
Aziel, Seraphina y Kira estaban pálidos y con los ojos muy abiertos, pero se mantenían en pie. Sus vidas no habían sido fáciles. Aziel había sido masacrado repetidas veces en las calles; Seraphina había crecido sin nada, viendo la crudeza del mundo exterior desde joven; y Kira había sobrevivido sola antes de recibir el favor de Raziel. Habían visto la crueldad, pero la brutalidad sádica de este acto los dejó paralizados.
—No entiendo… —susurró Seraphina, tapándose la boca y la nariz con la manga de su vestido—. Antes solo los drenaba y hacía desaparecer los cuerpos. Esto… esto es una carnicería sin sentido.
Aziel dio un paso al frente, interponiéndose ligeramente entre las chicas y el peor de los cadáveres.
—No fue para alimentarse. Fue una rabieta —dijo Aziel con voz tensa, su Vigor manteniéndolo firme—. Nos engañó abajo como la mesera, subió, y masacró a toda esta gente solo porque podía. Quería dejar un mensaje.
¡Clang, clang, clang!
El sonido de armaduras metálicas subiendo por las escaleras interrumpió la lúgubre escena. Una docena de guardias de la Ciudad-Santuario irrumpió en el salón, con las espadas desenvainadas. Al ver la masacre, incluso los oficiales más veteranos palidecieron y retrocedieron un paso.
—¡Por el Creador…! —exclamó el capitán de la guardia, cubriéndose el rostro—. Aseguren el perímetro. No toquen nada. ¡Tenemos que informar de esto a la Casa del Equilibrio de inmediato! Este distrito está bajo su jurisdicción.
Los guardias comenzaron a acordonar la escena y a desalojar a los curiosos. Aziel y Kira intercambiaron una mirada y, sin decir una palabra, ayudaron a Caleb a ponerse en pie. Cuando el capitán y dos de sus tenientes bajaron las escaleras para dirigirse a la sede de la Casa, los cuatro jóvenes los siguieron de cerca.
Al salir a la calle, el capitán se dio cuenta de que los seguían y se giró bruscamente, frunciendo el ceño.
—¡Oigan, ustedes! La escena del crimen está cerrada. Regresen a sus dormitorios o sus hogares, no tienen nada que hacer siguiéndonos.
Kira dio un paso al frente, con sus ojos anaranjados brillando con autoridad.
—Tenemos que ir a esa Casa también —declaró Kira con voz firme—. Tenemos información crucial sobre quién hizo esto y cómo lo hizo. Somos testigos directos de su camuflaje previo.
El capitán los evaluó por un segundo, notó la seriedad en sus rostros y asintió a regañadientes. —Bien. Síganme y no estorben.
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La caminata los llevó hasta el ala sur de la ciudad. A diferencia de la robusta y pesada Casa del Juicio, la Casa del Equilibrio era una obra de arte etérea. Estaba construida con mármol blanco y plata, y parecía flotar sutilmente sobre el suelo. Decenas de campanillas de viento tintineaban con una brisa suave y constante que siempre soplaba en la zona, sin importar el clima exterior. La autoridad de Haniel sobre el aire y la armonía emocional se sentía en cada rincón, induciendo una paz casi instantánea que ayudó a calmar los nervios destrozados de Caleb.
Fueron escoltados hasta una sala de audiencias circular, donde los esperaban dos Jueces Mayores de la Casa: el Juez Silas, un hombre de semblante sereno y cabello platinado largo, y la Jueza Elara, una mujer de mirada compasiva que vestía túnicas en tonos verdes y plateados.
Tras escuchar el reporte inicial del capitán, los Jueces posaron su atención en los estudiantes.
—El oficial dice que ustedes poseen información sobre esta atrocidad. Hablen con libertad—pidió la Jueza Elara, indicándoles que tomaran asiento.
Kira tomó la iniciativa. Se sentó con la espalda recta y comenzó a relatar los eventos desde el principio: el encuentro con la mesera en el restaurante, la visión que le reveló el engaño de Livia/Lys, el descubrimiento de que no había ninguna mesera castaña trabajando allí, y finalmente, cómo salieron del lugar solo para ver un cuerpo caer y encontrar la masacre.
Los Jueces escucharon con creciente preocupación. Silas intercambió una mirada sombría con Elara.
—Sus descripciones confirman lo que sospechaban en la Casa del Juicio —murmuró Silas, entrelazando los dedos—. Esto es obra de los Tagaririm. Pero hay algo en el relato de ustedes que rompe todas las reglas que conocemos sobre ellos.
—¿A qué se refiere, señor? —preguntó Aziel, inclinándose hacia adelante.
La Jueza Elara suspiró profundamente. —Los miembros de las Familias Qliphoth no actúan como lobos solitarios. Son cobardes en esencia. Normalmente, se mueven en escuadrones estrictos de cuatro personas para balancear la inestabilidad de las emociones profanas que canalizan. Si uno flaquea, los otros lo sostienen. Ver a una sola chica operando por su cuenta, asumiendo identidades múltiples y cometiendo masacres a plena luz del día… es algo completamente anómalo.
—Además —añadió Silas—, su forma de operar es silenciosa. Buscan corromper ciudades lentamente desde las sombras. Masacrar a nueve personas en un salón de eventos de la Ciudad-Santuario no es un acto de infiltración. Es un acto de desesperación. Es como si estuviera llamando la atención a propósito, o como si hubiera perdido por completo el control de sus instintos.
Seraphina se abrazó a sí misma, recordando las sonrisas amables de la infiltrada. —Es aterrador… Si está perdiendo el control, ¿quién sabe qué será lo próximo que haga?
Kira la miró y, notando lo tensa que estaba la chica rubia, apoyó una mano reconfortante sobre su hombro, esbozando una pequeña sonrisa para infundirle tranquilidad.
—Tranquila, monita —le dijo Kira de manera afectuosa, usando ese apodo por primera vez—. Ya sabemos cómo opera. Y ahora los Jueces también. No dejaremos que se acerque a ti ni a Aziel.
Seraphina parpadeó, un poco sorprendida por el apodo cariñoso, pero una sonrisa cálida se dibujó en sus labios, agradecida por el apoyo de la chica de los Secretos. Caleb, por su parte, se limitó a asentir débilmente, aún demasiado pálido para opinar sobre la logística de las Familias oscuras.
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A varios kilómetros de distancia de la pacífica y armoniosa Casa del Equilibrio.
El viento soplaba con fuerza sobre el tejado inclinado de una antigua torre de observación abandonada, agitando las tejas sueltas.
Sentada en el borde del abismo, con las piernas colgando hacia el vacío, estaba la chica.
Ya no llevaba gafas. Su cabello no era rosado, ni negro, ni azul, ni castaño. Ahora, largos mechones de un vibrante y desordenado color naranja ondeaban salvajemente con el viento. Su uniforme estaba arrugado y manchado de salpicaduras microscópicas de sangre que habían escapado a su control.
Lys respiraba con dificultad. Su pecho subía y bajaba erráticamente, y su piel pálida estaba empapada en un sudor frío y pegajoso.
Hah… hah…
Se abrazó las rodillas, clavando las uñas en sus propios brazos hasta rasgar la tela de las mangas.
—Me dejé llevar… —susurró con la voz quebrada, mirando sus manos temblorosas—. Me dejé llevar otra vez. ¡Maldita sea!
Sus ojos cambiantes se oscurecieron, llenándose de una ira venenosa y un resentimiento abrumador. Todo su cuerpo vibraba con la disonancia de las emociones que acababa de absorber y masacrar. No había satisfacción en ella. Solo un vacío punzante.
Apretó los dientes con tanta furia que el labio inferior se le partió. Un hilo de sangre tibia resbaló por su barbilla, pero ni siquiera se inmutó.
«Todo es su culpa…», pensó Lys, con la mente ardiendo en odio. «Me abandonaron. Me dejaron sola en medio de esta ciudad apestosa y llena de luz. Mis hermanos de la Familia me dejaron atrás…».
Las lágrimas de pura rabia se acumularon en sus ojos. Operar sola no era un plan maestro; era su castigo. Al no tener a los otros tres miembros de su escuadrón para estabilizar la inmensa cantidad de energía corrupta que canalizaba, su mente se estaba fracturando. El hambre de lujuria se había transformado en un festín incontrolable de sangre y muerte. Ya no sabía qué más hacer. Estaba atrapada entre el deseo de sobrevivir y la locura de su propio poder.
—Si voy a caer… —susurró Lys, limpiándose la sangre de la boca con el dorso de la mano, mientras una sonrisa retorcida y desesperada se dibujaba en su rostro—... me los voy a llevar a todos conmigo.
La noche devoró la ciudad, y la antagonista, ahora con el cabello teñido de un furioso color naranja, se preparó para desatar su última y más desesperada cacería.
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¡Clack!
Las pesadas puertas de la Casa del Juicio se cerraron tras ellos. El reloj del pasillo marcaba una hora peligrosamente alta en la noche. Apenas dieron dos pasos en el vestíbulo, una figura severa se cruzó de brazos frente a ellos. Era la sirvienta mayor.
—Tercera noche en la ciudad, tercer dolor de cabeza que me dan —suspiró la mujer, frotándose la sien—. Señorita Seraphina, joven Aziel. Se suponía que solo iban a investigar un poco, no a desaparecer hasta que la luna estuviera en lo más alto.
—Lo sentimos muchísimo —se disculpó Seraphina, haciendo una reverencia rápida—. Hubo un… incidente muy grave en la ciudad y tuvimos que hablar con los Jueces de la Casa del Equilibrio.
La sirvienta estaba a punto de regañarlos un poco más, cuando unos pasos firmes y pesados resonaron por las escaleras principales.
—Déjelos respirar, Martha. Han tenido un día largo.
Aziel y Seraphina levantaron la vista. Frente a ellos, vistiendo su abrigo negro y carmesí, estaba el hijo de Elías y Eleanor Thorne. De cerca, el parecido con su padre era aún más cómico e intimidante. Tenía la misma mandíbula cuadrada, la misma mirada de águila y la misma postura inquebrantable, aunque su cabello castaño oscuro estaba un poco más largo y atado en una coleta.
El joven se acercó y, para sorpresa de ambos, hizo una reverencia profunda y llena de respeto marcial hacia Aziel.
—Es un honor conocer finalmente al portador de la Fuerza de nuestra Casa. Mi nombre es Kaelen Thorne —se presentó con una voz grave pero sorprendentemente amable—. Lamento no haberme presentado antes durante la celebración.
—El honor es nuestro. Soy Aziel, y ella es mi compañera, Seraphina. No te preocupes por eso, sabemos que acababas de regresar de un viaje muy largo —respondió Aziel, estrechando la mano firme de Kaelen.
—Así es. Estuve casi tres años en el Continente del Norte, investigando los rastros de la Familia Golachab —explicó Kaelen, ensombreciendo su mirada—. Son la antítesis de nuestra Casa, el Qliphoth de la Severidad y la Destrucción. Tras años de infiltración, mi escuadrón descubrió que rinden culto al antiguo dios pagano Moloc. Realizan ritos profanos en las montañas heladas… sacrificando a sus propios hijos en piras de fuego para obtener poder demoníaco.
Seraphina ahogó un grito de horror, tapándose la boca con ambas manos, y Aziel sintió un escalofrío helado recorrerle la espalda. Sacrificar niños… la crueldad de esas sectas no tenía límites.
Aprovechando la apertura, Aziel le contó rápidamente a Kaelen la situación en la que ellos mismos se encontraban: la infiltrada de la Familia Tagaririm, los cambios de rostro y la brutal masacre que acababan de presenciar.
Kaelen apretó la mandíbula, indignado por la situación en su propia ciudad.
—Malditos cobardes… —gruñó Kaelen—. Aziel, Seraphina, me encantaría quedarme y destrozar a esa escoria junto a ustedes. Pero no puedo. Mañana al alba, mi escuadrón y yo partimos de nuevo hacia las fronteras para continuar la purga de los Golachab. Les pido disculpas por no poder ayudarlos a cazar a esa infiltrada.
—Tu misión es vital, Kaelen. Nosotros nos encargaremos de esto —le aseguró Aziel con firmeza.
Kaelen asintió, orgulloso de la determinación del muchacho, y se despidió con una reverencia antes de retirarse a sus aposentos.
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El cansancio físico y emocional era abrumador cuando finalmente entraron a la habitación de Aziel.
Se dejaron caer sobre la cama, mirando el techo en silencio. La masacre en el salón de eventos y la historia de los niños sacrificados a Moloc giraban en sus cabezas, llenándolos de estrés y ansiedad. La Ciudad-Santuario ya no se sentía como un refugio, sino como una jaula.
Seraphina giró la cabeza en la almohada y miró el perfil de Aziel. Sus ojos castaños estaban llenos de preocupación. Lentamente, ella acortó la distancia y apoyó su cabeza en el pecho del chico, escuchando los latidos firmes de su corazón. Aziel la rodeó con sus brazos al instante, como si fuera un instinto natural protegerla.
—Tengo miedo, Aziel —confesó ella en un susurro, acariciando suavemente la tela de la camisa del chico—. Todo se está volviendo muy oscuro.
—No dejaré que te toque. Te lo prometo —respondió él, besando la cima de su cabeza.
El ambiente, poco a poco, comenzó a cambiar. El estrés y el terror del día buscaron una válvula de escape en el calor mutuo. Seraphina levantó la mirada y se encontró con los ojos de Aziel. Esta vez, las pupilas del chico no estaban nubladas por ninguna niebla rosada, ni había una urgencia agresiva y animal en su respiración. Solo había un cariño inmenso y una atracción pura.
Seraphina se apoyó sobre un codo y le dedicó una sonrisa tímida, pero cargada de una valentía nueva.
—Oye… —susurró ella, rozando su nariz con la de él—. Ya que esta noche no estamos bajo la influencia de ninguna magia rara ni manipulaciones mentales… ¿qué te parece si esta vez lo hacemos nosotros? De verdad.
Ba-dump.
Aziel sintió que el corazón se le detenía por un segundo. La miró a los ojos, buscando cualquier rastro de duda, pero solo encontró un deseo cálido y genuino.
Sin esperar respuesta, Seraphina cerró la distancia y lo besó. Fue un beso suave y exploratorio que rápidamente se encendió con la fricción. Aziel respondió con devoción, deslizando sus manos por la espalda de la rubia, atrayéndola por completo hacia su cuerpo.
La habitación se llenó del sonido de respiraciones agitadas. A diferencia de la brutalidad forzada de la otra noche, cada roce ahora estaba lleno de significado. Aziel se deshizo de la ropa de ella con una lentitud reverencial, adorando cada centímetro de su piel, mientras Seraphina trazaba con sus yemas los músculos marcados del pecho y el abdomen del chico, haciéndolo estremecer.
Los besos bajaron por el cuello de Seraphina, arrancándole pequeños gemidos que se perdían en la penumbra. Ella enredó sus dedos en el cabello castaño de Aziel, arqueando la espalda mientras él la besaba y la marcaba con un cuidado exquisito. Se dejaron llevar por la pasión, consumiendo su estrés y sus miedos en el fuego de un amor que había florecido en medio del caos, entregándose por completo a las sensaciones hasta que la madrugada los abrazó.
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¡Knock, knock!
El suave golpeteo en la puerta de la habitación sonó un par de veces. Afuera, la misma sirvienta que los había regañado por el ruido esperaba con una canasta de toallas limpias. Al no escuchar respuesta, la mujer pegó la oreja a la madera por un segundo.
Suspiro.
La mujer negó con la cabeza, rodando los ojos con una sonrisa resignada, y dejó la canasta de toallas en el suelo, justo en la entrada. "Ay, estos jóvenes… tienen demasiada energía", pensó, recordando el suave pero innegable ruido que se había filtrado por los pasillos durante la noche.
Adentro, la luz del sol iluminaba las sábanas revueltas.
Aziel abrió los ojos y sonrió de inmediato. Seraphina estaba acurrucada contra él, con una pierna enredada entre las suyas y la cabeza apoyada en su hombro. Al sentir que él se movía, ella despertó, desperezándose con una sonrisa perezosa y radiante.
—Buenos días… —murmuró ella, dándole un beso tierno en la mejilla.
—Buenos días. ¿Dormiste bien? —preguntó Aziel, acomodándole un mechón dorado detrás de la oreja.
—De maravilla —rio Seraphina, abrazándose más a él como si fuera un oso de peluche gigante—. Aunque creo que volví a escucharte golpear la cabecera un par de veces. Definitivamente la señora Martha nos va a matar.
—Ah, maldición… —Aziel se cubrió el rostro con una mano, rojo de vergüenza, mientras Seraphina soltaba una carcajada cantarina, besando sus nudillos. El ambiente entre ellos ya no era el de dos compañeros de viaje; parecían una pareja de recién casados, bromeando y disfrutando de la cálida intimidad de la mañana.
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En la Casa de la Claridad, la situación era diametralmente opuesta.
Kira estaba recostada en su cama, con las sábanas hasta el cuello, mirando fijamente el techo de cristal. Tenía unas ojeras oscuras bajo sus preciosos ojos anaranjados. Su párpado derecho temblaba sutilmente por la falta de sueño y el estrés extremo.
—¿Por qué…? —susurró Kira, con la voz rota y desesperada—. ¡¿Por qué maldita sea tuve que ver eso OTRA VEZ?!
Había sido una tortura. Anoche, antes de dormir, le había pedido a la autoridad de Raziel que le mostrara si Aziel y Seraphina estaban en peligro inminente por la chica de cabello naranja. El universo, en su infinita literalidad, le había respondido mostrándole a la pareja "consumando" su estrés de una forma sumamente explícita para confirmarle que estaban, de hecho, perfectamente a salvo y felices.
«¡No quiero ser una mirona! ¡Solo quería saber si la loca del Qliphoth los iba a atacar!», gritaba Kira en sus pensamientos internos, agarrando la almohada y poniéndosela sobre el rostro para ahogar un grito de frustración. «La próxima vez que Aziel me mire a los ojos, voy a recordar cómo… ¡Agh! ¡Basta, cerebro, borra esa información!».
Estaba física y mentalmente agotada por los caprichos de los Secretos de Raziel.
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Muy lejos de las risas matutinas y las visiones incómodas.
En el baño público de un viejo edificio mercantil de la zona sur, el goteo constante de una llave mal cerrada rompía el silencio lúgubre.
En el suelo de baldosas sucias, el cadáver de una mujer yacía inerte. Tenía los ojos muy abiertos y el cuello roto. No había marcas de labial. No había lujuria involucrada. Fue un acto rápido, violento y carente de cualquier tipo de placer.
Lys salió del cubículo. Su cabello, ahora de un furioso y desordenado color naranja, caía sobre sus hombros. Se lavó las manos manchadas de sangre en el lavabo, mirando su reflejo en el espejo roto con una expresión vacía y muerta.
Silencio.
Esta vez no hubo ráfagas de viento barriendo el lugar. No hubo un ritual de limpieza. El cuerpo de la mujer quedó allí, abandonado para que cualquiera lo encontrara. Lys ya no tenía el control, y ya no le importaba ocultar sus huellas.
La excitación de la cacería había desaparecido por completo de su sistema. No sentía lujuria. No sentía el morbo de corromper a los de la luz.
Al salir del edificio y perderse en las calles concurridas, Lys apretó los puños hasta que sus uñas se clavaron en sus propias palmas. Todo lo que quedaba en el oscuro abismo de su vasija destrozada era una ardiente, asfixiante y pura IRA.