La luz de la mañana se abría paso perezosamente a través de los grandes ventanales de la habitación, anunciando un día libre de clases. El silencio era absoluto y reconfortante.
Aziel abrió los ojos lentamente, sintiendo una calidez suave contra su pecho. Al bajar la mirada, vio a Seraphina profundamente dormida entre sus brazos, con el rostro relajado y la respiración acompasada. Una sonrisa genuina y desarmada, libre de cualquier tensión o guardia, se dibujó en los labios del muchacho.
Con extrema delicadeza, movió su brazo para acercarse un poco más a ella, disfrutando de la paz del momento.
De repente, Seraphina abrió sus ojos dorados de par en par. Antes de que Aziel pudiera reaccionar, ella levantó el rostro y estampó sus labios contra los de él en un beso rápido, dulce y cargado de travesura.
¡Muak!
Aziel dio un respingo, sorprendido, y se echó un poco hacia atrás con los ojos muy abiertos.
—¡Buenos días! —exclamó Seraphina, soltando una risita cantarina al ver la cara de desconcierto del chico.
—¿Estabas… estabas despierta todo este tiempo? —preguntó Aziel, sintiendo un leve calor en las mejillas, pero sin apartarse.
—¡Por supuesto! —confesó ella, inflando las mejillas con orgullo—. Llevaba como diez minutos fingiendo dormir, esperando el momento perfecto para tenderte una emboscada. ¡Y caíste redondito!
Aziel soltó una carcajada ronca, negando con la cabeza mientras se revolvía el cabello castaño. Ya no había aquella tensión asfixiante ni la vergüenza paralizante del día anterior; la conversación a oscuras de la noche pasada había curado sus inseguridades, dejando a su paso una confianza y una comodidad absolutas entre ambos.
—Eres terrible, Seraphina —bromeó Aziel, dándole un suave toque en la nariz con el dedo índice antes de levantarse de la cama.
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Quince minutos después, cada uno se había cambiado en su respectiva habitación. Aziel llevaba una camisa blanca sencilla con los bordes de las mangas remangados, mientras que Seraphina había optado por un vestido ligero y cómodo para caminar por la ciudad.
Se encontraron de nuevo en el centro de la habitación de Aziel. El muchacho estaba tratando de arreglarse el cabello frente al espejo, pero los mechones rebeldes se negaban a cooperar.
—Déjame ayudarte con eso —se ofreció Seraphina, acercándose a él con una sonrisa.
Aziel se giró hacia ella, relajando los hombros y dejándose hacer, demostrando la confianza plena que le tenía. Sin embargo, había un pequeño problema logístico: Aziel medía 1.75 metros, mientras que Seraphina apenas alcanzaba el 1.65.
Para poder acomodar los mechones de la coronilla del muchacho, Seraphina tuvo que empinarse sutilmente sobre las puntas de sus pies, apoyando una mano en el firme pecho de Aziel para mantener el equilibrio mientras con la otra peinaba su cabello. Aziel bajó la mirada, observando sus grandes ojos dorados concentrados en la tarea, y no pudo evitar sonreír ante lo adorable de la escena.
—Ejem.
Un carraspeo fuerte y claro resonó desde el pasillo abierto.
Aziel y Seraphina se congelaron en su posición. Giraron la cabeza lentamente como dos estatuas de piedra.
Apoyados en el marco de la puerta de la habitación, con dos tazas de café en las manos y expresiones de absoluta sorpresa y diversión, estaban los Jueces Gavin y Aria.
—No queríamos interrumpir el… acicalamiento matutino —dijo Gavin, levantando una ceja con una sonrisa burlona—. Pero veníamos a avisarles que el desayuno está listo.
¡Fush!
Los dos jóvenes se separaron como si tuvieran resortes, poniéndose rojos hasta las orejas.
—¡J-Juez Gavin! ¡Jueza Aria! ¡E-Esto no es lo que parece, s-solo le estaba arreglando el cabello! —balbuceó Seraphina, agitando las manos frenéticamente frente a ella.
—Sí, por supuesto. Un servicio muy exclusivo —rió Aria, dándole un sorbo a su café antes de encogerse de hombros—. Tranquilos, muchachos, no tienen que entrar en pánico. A decir verdad, ya nos lo esperábamos. Las sirvientas del ala este ya nos pasaron el reporte de que duermen juntos, y la advertencia que les dieron ayer por la mañana… bueno, digamos que el chisme vuela en la Casa.
Aziel se tapó el rostro con ambas manos, dejando escapar un largo suspiro de pura derrota. Definitivamente, la privacidad no existía en esa mansión.
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Tras compartir un animado desayuno con la pareja de Jueces, Aziel y Seraphina se dirigieron hacia la salida de la finca carmesí para reunirse con los demás.
Justo cuando cruzaban los patios de entrenamiento, un grupo de aprendices musculosos y sudorosos se acercó a la baranda de piedra.
—¡Oye, Aziel! —le gritó el rubio con el que había peleado el primer día, ahora con una actitud de respeto absoluto—. ¡Vamos a hacer una ronda de combate con espadas pesadas! ¿Te unes al entrenamiento?
Aziel se detuvo y negó con la cabeza, levantando una mano en forma de disculpa.
—Hoy no puedo. Tenemos asuntos importantes que investigar en la ciudad. Será en otra ocasión.
El rubio asintió, pero al ver a Seraphina parada junto a él con su hermoso vestido ligero, los ojos de los demás aprendices se clavaron en el chico con una mezcla de respeto y pura, cruda y dolorosa envidia.
Por otro lado, un grupo de chicas aprendices que descansaba bajo la sombra de los toldos se acercó a la baranda, sonriéndole a la rubia con picardía.
—¡Ay, Seraphina! ¿Van a salir solos hoy? —le preguntó una de ellas en tono cantarina—. ¿Acaso es una cita por la ciudad con tu amo? ¡Qué envidia!
—¡N-No es una cita! ¡Vamos a investigar con otros amigos! —chilló Seraphina, jalando a Aziel del brazo para huir rápidamente del patio antes de que las burlas continuaran, mientras las chicas se reían a carcajadas a sus espaldas.
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El punto de encuentro no fue la gran plaza central, sino el Paseo de los Arcos de Plata. Era una inmensa avenida comercial construida sobre un sistema de canales de agua cristalina, con puentes arqueados hechos de una piedra blanca que brillaba bajo el sol. El lugar estaba repleto de mercaderes, faroles flotantes, tiendas de pergaminos y estudiantes paseando.
Aziel y Seraphina llegaron al puente acordado, donde Kira y Caleb ya los estaban esperando apoyados contra el barandal de piedra.
—¡Hasta que llegan! —los saludó Caleb, cruzándose de brazos—. Llevo media hora viendo a la gente comprar comida y me está dando hambre otra vez.
—Tú siempre tienes hambre —suspiró Kira, rodando los ojos—. Bien, estamos todos. ¿Alguna novedad?
Aziel negó con la cabeza, apoyándose en el barandal para mirar el agua fluir.
—Nada. Les preguntamos a los Jueces Gavin y Aria durante el desayuno, pero nos confirmaron que los guardias no encontraron ninguna víctima anoche, ni se reportaron más desapariciones esta mañana.
Seraphina ladeó la cabeza, pensativa.
—Es muy extraño. Lys estuvo a punto de devorar al hombre del callejón ayer por la noche, y después de eso no volvió a aparecer en absoluto. ¿Creen que se asustó porque vio a los guardias?
Kira se frotó la barbilla. Sus ojos anaranjados recorrieron la multitud de personas que caminaban por el Paseo de los Arcos de Plata, analizando los rostros anónimos con una sutil desconfianza.
—No lo creo —respondió la chica de piel bronceada, con un tono frío y calculado—. Esa infiltrada es arrogante. Jugó con nosotros en nuestra propia mesa. No se asusta fácilmente. Sinceramente... sabiendo que puede cambiar el color de su cabello a voluntad, es muy probable que siempre haya estado cerca de nosotros observándonos en silencio. Quizás pasó a nuestro lado esta misma mañana y ni siquiera nos dimos cuenta.
¡Glup!
El rostro de Caleb se quedó completamente blanco. Una gota de sudor frío del tamaño de una manzana bajó por su nuca. Miró a su alrededor con paranoia, como si cualquiera de los mercaderes o estudiantes que pasaban por el puente pudiera ser la antagonista disfrazada.
Presa del pánico, Caleb se abalanzó sobre Kira. Agarró a la chica por los hombros y comenzó a sacudirla violentamente de un lado a otro.
—¡¿Cómo que siempre ha estado cerca?! ¡¿Y tú qué estás haciendo, ah?! —gritó Caleb, histérico—. ¡Abre bien los ojos, soporte de visión! ¡Usa tu radar angelical, el hack de los secretos o lo que sea que tengas, y encuéntrala antes de que nos robe la vida a todos!
Kira, mareada por la sacudida, frunció el ceño con una furia inmensa.
¡BAM!
Con un movimiento rápido, fluido y cargado de indignación, Kira conectó un puñetazo magistral directamente en la parte superior de la cabeza de Caleb.
—¡¡Idiota, me mareas!! —le gritó Kira, acomodándose su vestido mientras Caleb caía de rodillas al suelo, sobándose el enorme chichón humeante que le acababa de brotar en la cabeza.
Aziel y Seraphina soltaron una carcajada nerviosa ante la escena cómica. A pesar del peligro invisible que los acechaba entre la multitud, la extraña dinámica del grupo los mantenía a flote.
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Murmullo… murmullo…
Las siguientes tres horas fueron una cacería incesante. El grupo se dividió en parejas para cubrir más terreno a lo largo del Paseo de los Arcos de Plata y las plazas comerciales aledañas. Preguntaron en tiendas de pergaminos, en puestos de frutas, a guardias patrullando y a grupos de estudiantes.
—Disculpe, ¿de casualidad ha visto a una joven muy delgada, con cabello rosado pastel y ojos cambiantes? —preguntaba Aziel por enésima vez a un mercader de telas.
La respuesta siempre era una negativa acompañada de una mirada de confusión. Era como perseguir a un fantasma en medio del día.
Fatigados y con la garganta seca, los cuatro jóvenes se reunieron cerca de la baranda de un puente de piedra. El bullicio de la ciudad seguía su curso, ajeno al peligro que acechaba en las sombras.
Kira levantó la vista. El cielo estaba completamente despejado y el sol brillaba en su punto más alto, cayendo verticalmente sobre la Ciudad-Santuario sin proyectar sombras largas.
—Dios juega con el Leviatán ahora —murmuró Kira de forma solemne, acomodándose el cuello de su blusa.
Aziel y Seraphina asintieron, comprendiendo de inmediato que la frase significaba que era exactamente el mediodía.
Sin embargo, Caleb parpadeó, completamente descolocado.
—¡¿Eh?! ¡¿El Leviatán?! ¡¿La gran criatura colosal marina que destruye barcos?! —exclamó Caleb, con los ojos brillando de fascinación, mirando al cielo como si el monstruo fuera a caer de las nubes—. Espera, espera… si esa cosa es tan inmensa y antigua, ¿por qué no se reproduce y domina los mares de este mundo? ¡Debería haber miles de ellos!
Kira lo miró con una mezcla de severidad y profundo cansancio.
—Tú de verdad te quedas dormido en todas las malditas clases, ¿no es así? —lo regañó la chica bronceada, cruzándose de brazos—. Se nos ha explicado en la historia divina básica. En el origen, el Creador hizo al Leviatán macho y hembra. Pero al ver que si se reproducían destruirían el mundo por su inmensidad, Dios mató al macho para preservar el orden.
Seraphina asintió, recordando los apuntes de la clase. —Exacto. Solo queda la hembra en las profundidades del abismo. Y la historia dice que durante las últimas horas de la mañana, antes de que caiga la tarde, ella solo puede salir a la superficie a esa hora exacta, porque en el mediodía, Dios es el único dueño de su voluntad y juega con ella para mantenerla a raya.
Caleb se quedó boquiabierto, procesando la brutal y épica escala de la historia celestial de ese mundo.
—Vaya… ¡eso es durísimo! —susurró el chico.
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Guiados por el rugido del estómago de Caleb, entraron a un restaurante cercano llamado Las Brasas del Herrero, un local de dos pisos famoso por sus cortes de carne asada y mesas de roble oscuro.
Se acomodaron en un cubículo espacioso. Unos segundos después, una mesera se acercó a su mesa. Era una mujer joven, muy bonita y elegante, con el cabello castaño brillante cortado hasta el cuello y una sonrisa coqueta.
—Bienvenidos. ¿Qué les sirvo el día de hoy, muchachos? —preguntó ella con una voz dulce y melodiosa, anotando en su libreta de cuero.
Cada uno pidió su plato, y la mesera, tras guiñarle un ojo de forma sutil a Aziel, se retiró hacia las cocinas.
Caleb se recostó en el asiento de madera y soltó una pequeña risa. —Oigan, ¿se imaginan que esa mesera tan linda fuera Lys disfrazada? Jaja, nos estaría trayendo la comida envenenada.
¡ZZZZT!
Una punzada brutal, afilada como un picahielo, atravesó el cráneo de Kira.
La chica de piel bronceada ahogó un grito de dolor, agarrándose la cabeza con ambas manos y cayendo de rodillas al suelo del restaurante. El mundo a su alrededor se desdibujó por completo.
En su mente, la visión se materializó con una claridad aterradora. Vio a la chica de cabello rosado pastel parada frente a un espejo de la ciudad. Vio cómo la energía residual de la lujuria que había devorado la noche anterior la envolvía. Su cabello rosado no solo cambió de color, sino que se acortó hasta el cuello, volviéndose castaño. Pero lo más espeluznante fue su rostro: sus facciones se alteraron, sus huesos parecieron reacomodarse bajo la piel a través de una ilusión densa, transformándose exactamente en la mesera bonita y elegante que los acababa de atender.
—¡Kira! ¡¿Estás bien?! —Aziel se arrodilló junto a ella de inmediato, sosteniéndola por los hombros mientras Seraphina la miraba aterrorizada.
Kira abrió los ojos, jadeando, empapada en sudor frío. Su mirada anaranjada estaba llena de pánico.
—Acérquense… —susurró Kira con la voz quebrada.
Cuando los tres se inclinaron hacia ella, Kira les relató cada detalle de la visión. Les explicó cómo la infiltrada había usado la energía drenada del hombre del callejón para romper sus propios límites de camuflaje, alterando no solo su cabello, sino la percepción total de su rostro y su voz.
Los tres palidecieron. Una gota de sudor frío bajó por la sien de Aziel.
Antes de que pudieran procesar el horror, un hombre robusto con un delantal manchado de carbón se acercó a su mesa, cargando una inmensa bandeja de madera con sus cortes de carne humeantes. Era un mesero.
—Aquí tienen sus pedidos, jóvenes —dijo el hombre con voz grave, dejando los platos.
Caleb, con las manos temblando, miró al mesero. —D-Disculpe, señor… ¿Dónde está la mesera que nos tomó la orden? La chica de cabello castaño hasta el cuello.
El mesero frunció el ceño, mirándolo con total desconcierto. —¿Mesera? Muchacho, yo soy el único que atiende las mesas del primer piso hoy. En este local no ha trabajado ninguna mujer con esa descripción. Nunca.
Aziel, Seraphina y Caleb giraron sus rostros lentamente hacia Kira, rogando en silencio que la bendición de los Secretos les diera una punzada de dolor, indicando que el hombre mentía.
Pero Kira se quedó completamente inmóvil. No sintió nada. Su mente estaba en calma absoluta.
El mesero había dicho la verdad.
Se quedaron mirando sus platos de carne asada, paralizados por un terror indescriptible. Nadie dio un solo bocado. La depredadora les había tomado la orden directamente en la mesa, sonriéndoles a la cara, y se había esfumado en el aire sin que nadie, absolutamente nadie en el restaurante, notara su presencia.
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Salieron de Las Brasas del Herrero con el estómago revuelto y el corazón latiendo a mil por hora.
Se detuvieron en la concurrida acera frente al edificio de cuatro pisos, intentando procesar la monstruosidad de la situación.
—Si puede cambiar su rostro a voluntad… estamos perdidos —dijo Aziel, mirando a la multitud de personas que caminaban a su alrededor—. Cualquiera de ellos podría ser ella. El mercader de manzanas, un guardia, un niño. Está jugando con nosotros.
—Pero ¿por qué? —preguntó Seraphina, abrazándose a sí misma—. Ayer dedujimos que manipulaba la lujuria para drenar energía… ¿Por qué arriesgarse a acercarse a nosotros como una mesera falsa si no intentó drenarnos? ¿Qué está buscando?
—Ayer lo dije —interrumpió Kira, con la voz ensombrecida—. Los Tagaririm no solo rigen la lujuria. Rigen la disonancia emocional entera. La lujuria, el miedo, la ira… todo les sirve. Y ahora mismo… está cultivando nuestro miedo. Nos está cazando psicológicamente.
Caleb estaba a punto de maldecir su suerte por haber caído en un mundo tan retorcido, cuando un sonido agudo y ensordecedor rompió la rutina de la calle.
¡¡CRASSSHHH!!
El sonido de un ventanal de cristal haciéndose añicos resonó desde las alturas.
Los cuatro levantaron la vista por puro instinto. Un cuerpo humano atravesó la lluvia de cristales rotos desde el cuarto piso del mismo edificio del que acababan de salir, cayendo al vacío a una velocidad aterradora.
¡¡¡SPLAT!!!
El impacto seco y brutal contra los adoquines de piedra hizo temblar el suelo. La multitud estalló en gritos de pánico. Era un hombre vestido con ropa de mercader, pero su cuerpo estaba grotescamente destrozado por la caída.
—¡Viene del cuarto piso! ¡Entren, rápido! —gritó Aziel.
El Vigor de la Fase 3 explotó en sus venas. Aziel se lanzó contra la multitud despavorida que intentaba huir, usando sus hombros y su fuerza bruta como un rompehielos humano para abrirles el paso a Seraphina, Kira y Caleb hacia el interior del edificio.
Subieron las escaleras de piedra de dos en dos, guiados por un olor denso, dulce y metálico que comenzaba a inundar los pasillos. Olía a cobre. Olía a muerte.
Al llegar al cuarto piso, Aziel pateó la puerta doble de madera, destrozando la cerradura.
¡PUM!
El grupo entró de golpe a lo que parecía ser un amplio salón de reuniones. Y entonces, el aire abandonó sus pulmones.
La escena frente a ellos no era un simple asesinato. Era una obra de arte pintada con pura agonía.
Nueve cuerpos destrozados estaban esparcidos por la habitación. Hombres y mujeres, vestidos con ropas elegantes, yacían sobre inmensos charcos de sangre oscura y espesa que manchaban las alfombras y salpicaban las paredes. No habían sido simplemente asesinados; habían sido masacrados con una crueldad metódica.
Varios de ellos estaban completamente decapitados, con sus cabezas rodando cerca de las esquinas del salón, conservando expresiones de terror absoluto en sus rostros pálidos. Los torsos de las víctimas habían sido abiertos de tajo con una fuerza descomunal, dejando que sus órganos internos, intestinos humeantes y vísceras se desparramaran por el suelo de madera de manera grotesca.
El olor a sangre y fluidos corporales era tan abrumador que Caleb cayó de rodillas, vomitando el aire de su estómago vacío, mientras Seraphina se tapaba la boca, sollozando de puro horror ante la macabra carnicería.
Las heridas no eran sutiles. No había marcas de labial ni drenaje seductor. Esto era ira pura, violencia desatada, el reverso de la compasión llevado a su extremo más sádico.
En medio de la matanza, Aziel se quedó inmóvil, mirando las paredes manchadas de sangre, dándose cuenta de que la sombra que los acechaba no solo buscaba placer en sus cuerpos... buscaba ahogarlos en un mar de crueldad absoluta.