Aziel y Seraphina escuchaban en absoluto silencio, olvidándose por completo del desayuno frente a ellos.
—Si la Casa del Equilibrio, guiada por Haniel, busca la armonía de las emociones y el flujo natural de la empatía, los Tagaririm son exactamente lo contrario —explicó la Jueza, trazando un círculo invisible en la mesa de mármol con el dedo—. Su Esfera profana rige sobre la disonancia. Aunque se sabe que se alimentan del odio, la violencia y los conflictos, su objetivo principal es quebrar la vasija humana alterando y manipulando sus emociones más profundas, como la ira o la lujuria, hasta llevarlos a la autodestrucción.
Gavin asintió, tomando un sorbo de su café ya frío.
—Las cinco Familias Qliphoth no son un mito antiguo, muchachos. Han comenzado a movilizarse activamente apenas en los últimos cinco años. Nuestros informantes las han detectado operando en las sombras de los tres continentes y en diversos países aliados.
—¿Y saben quiénes son sus líderes? ¿O qué demonios o ángeles caídos les otorgan su poder? —preguntó Aziel, con el ceño fruncido, recordando el terrorífico poder de manipulación de Lys.
—Ese es el mayor problema —suspiró Gavin con pesadez—. Toda esta información la hemos deducido por su forma de atacar y la energía residual que dejan. Hasta el día de hoy, las verdaderas identidades de los demonios primordiales que respaldan a cada una de estas cinco familias siguen siendo un misterio absoluto para las Casas.
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El sol de la mañana ya iluminaba las amplias calles pavimentadas de la Ciudad-Santuario. Aziel y Seraphina caminaban a paso rápido hacia la universidad, rodeados por otros estudiantes que charlaban animadamente.
Sin embargo, el ambiente entre ellos dos era una mezcla de tensión investigativa y una innegable timidez residual por los eventos de la noche anterior. De vez en cuando, sus manos se rozaban accidentalmente al caminar y ambos desviaban la mirada, pero rápidamente volvían a concentrarse en el peligro que acechaba en los pasillos de cristal.
—Si lo que dicen los Jueces es cierto, Lys pertenece a los Tagaririm —analizó Aziel, mirando al frente—. Eso explica por qué pudo alterar mi estado mental en el pasillo de la universidad. Y lo que le hizo al hombre del callejón… manipuló sus emociones para someterlo y drenarlo.
Seraphina asintió, llevándose una mano a la barbilla con expresión pensativa.
—¿Sabes qué más he estado pensando, Aziel? Me he dado cuenta de algo sobre ella. Ayer la vimos con el cabello rosado, luego negro cuando se presentó como Livia, y tú dijiste que una chica de cabello azul marino chocó contigo anoche…
—Sí, y estoy casi seguro de que era ella —confirmó el chico, apretando los puños al recordar cómo le había inyectado esa semilla de lujuria que desencadenó todo.
—Exacto. Pero fíjate en un detalle: cambia el color de su cabello e incluso el tamaño, pero su estatura y su complexión delgada siguen siendo las mismas —dedujo Seraphina con brillantez—. Eso significa que no es una cambiaformas completa como las calamidades de nivel superior que vimos en clase. Su camuflaje tiene límites.
—Tienes razón —concordó Aziel, impresionado por la perspicacia de su compañera—. Además, piénsalo. Antes atacó a Caleb solo para robarle dinero de forma normal, luego me tocó en el pasillo dejándome aturdido, y anoche drenó al hombre del callejón y chocó conmigo. Parece que hay un límite en la cantidad de personas a las que puede drenar emocional y energéticamente por día. Si no me equivoco, como máximo puede afectar gravemente a dos personas al día antes de tener que recuperarse.
Llegaron a los majestuosos portones de cristal de la universidad. Apoyada contra una de las columnas exteriores, Kira los estaba esperando sola. La chica de piel bronceada cruzó los brazos al verlos acercarse y les dedicó una mirada sumamente indescifrable.
—Buenos días —saludó Aziel—. ¿Dónde está Caleb?
—Fue al baño —respondió Kira, ajustándose el cuello del uniforme. Su tono era un poco más tenso de lo normal—. Debería estar por salir.
¡Tap, tap, tap!
Casi como si lo hubieran invocado, el chico de los rizos castaños llegó corriendo hacia ellos, secándose las manos en los pantalones.
—¡Listo, listo! ¡Vámonos que llegamos tarde a la clase de la profesora Miriam! —los apresuró Caleb, poniéndose a la cabeza del grupo.
Caminaron juntos por los pasillos hasta llegar al mismo auditorio de su primer día, tomando asiento en una de las filas intermedias para la clase de Introducción a la Espiritualidad.
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¡Ring, dong…!
Las dos horas de clase transcurrieron sin mayores incidentes, pero a lo largo de toda la sesión, los cuatro estuvieron mirando de reojo hacia las puertas y los asientos vacíos.
Cuando el profesor los dejó salir, se detuvieron en el pasillo principal.
—No apareció —murmuró Caleb, mirando a su alrededor—. Livia no vino a clase.
—Sabe que sospechamos de ella por lo de anoche —respondió Kira, en voz baja—. Ahora que la descubrimos, probablemente volverá a cambiar su color de cabello e intentará mezclarse de nuevo bajo otro nombre. Tenemos que estar alerta.
Se dirigieron a la inmensa cafetería central de la universidad para almorzar. Consiguieron una mesa apartada cerca de los ventanales y, mientras comían, Aziel y Seraphina les resumieron toda la información que los Jueces Gavin y Aria les habían dado esa misma mañana sobre la Familia Qliphoth de los Tagaririm. (Por supuesto, omitiendo por completo los detalles de la pasional y vergonzosa noche que llevó a esa investigación).
—Eso explica demasiadas cosas —dijo Caleb, asintiendo con la boca llena de arroz—. Así que pertenecen al reverso oscuro… ¡Qué concepto tan increíble para los antagonistas!
Kira revolvía su té con una cuchara de plata. No había probado bocado. Miró fijamente a Aziel y a Seraphina, y un leve rubor cruzó sus mejillas bronceadas antes de desviar la mirada hacia la ventana, frotándose el puente de la nariz con cansancio.
—Para que lo sepan… yo tampoco dormí casi nada anoche —soltó Kira de repente, con un tono extrañamente afilado—. La bendición de los Secretos se activó mientras dormía y me obligó a ver algo que… definitivamente no quería ver bajo ninguna circunstancia.
Aziel y Seraphina se quedaron congelados.
Los tenedores se les cayeron de las manos con un ruido sordo contra los platos. Ambos se pusieron pálidos y luego se tornaron del color de un rubí, recordando que la autoridad de Raziel le permitía a Kira ver verdades ocultas y secretos a puerta cerrada.
«¡¿Acaso nos vio…?!», gritaron Aziel y Seraphina en sus pensamientos al mismo tiempo, sintiendo que sus almas abandonaban sus cuerpos por la pura mortificación.
Antes de que Aziel pudiera balbucear una excusa o disculparse, Caleb interrumpió, ajeno por completo a la tensión y la vergüenza de sus compañeros.
—Oye, ahora que lo mencionas… —dijo Caleb, señalando a Kira con el tenedor—. ¿Qué fue exactamente ese dolor de cabeza que te dió en la plaza cuando Livia se presentó? Dijiste que nos contarías después. ¿Y a qué se refieren con "Bendición de los Secretos"?
Kira exhaló un suspiro, dejando la cuchara en la mesa. Miró a Aziel, pidiéndole permiso con la mirada. El chico asintió con firmeza, sabiendo que ya no podían ocultarle la verdad a alguien que estaba metido de lleno en su grupo.
—Caleb —comenzó Aziel, bajando la voz para que nadie más los escuchara—. Tanto Kira como yo fuimos tocados por fuerzas celestiales antes de llegar a la ciudad. Somos bendecidos. Ella posee el favor del Ángel Raziel, de la Casa de la Claridad, lo que le permite ver ilusiones, verdades ocultas y secretos.
—Y Aziel tiene la firma del Ángel Camael, de la Casa del Juicio —completó Kira—. Su bendición le otorga un Vigor físico y una resistencia espiritual que desafían toda lógica humana.
Caleb se quedó estático. Parpadeó una, dos, tres veces. Miró a Kira, luego a Aziel, y finalmente a Seraphina, que simplemente asintió para confirmar la historia.
De repente, una sonrisa gigantesca y desquiciada se dibujó en el rostro del chico de los rizos. Llevó ambas manos a su cabeza, con los ojos brillando de una emoción que rozaba el éxtasis.
—¡NO PUEDE SER! —chilló Caleb en un susurro histérico—. ¡Soy amigo de los bendecidos! ¡En mi vida pasada era un don nadie, y en este mundo me acabo de unir al grupo principal de los protagonistas por puro accidente! ¡Tengo a la vidente, al tanque inmortal y a la waifu sanadora en mi equipo! ¡ESTO ES DEMASIADO ÉPICO!
—¡Cállate, nos van a escuchar! —siseó Kira, dándole una patada por debajo de la mesa.
—Auch… lo siento, lo siento. Es que esto es demasiada información para mi cerebro—murmuró Caleb, sobándose la espinilla, aunque su sonrisa no desaparecía.
Estaban a punto de seguir discutiendo sobre cómo aprovechar las habilidades de Raziel para localizar a Lys, cuando una sombra se proyectó sobre su mesa.
Tap, tap.
Los cuatro jóvenes levantaron la vista.
Frente a su mesa, con los brazos cruzados y una expresión de autoridad inquebrantable, se encontraba la Directora de la Universidad Espiritual. A sus espaldas, tres guardias de élite con armaduras blancas y plateadas mantenían las manos sobre las empuñaduras de sus espadas.
El bullicio de la cafetería pareció silenciarse por completo a su alrededor.
La Directora clavó sus ojos severos directamente en Aziel y Kira.
—Jóvenes bendecidos —habló la mujer con una voz que no admitía réplicas—. Se me ha informado que anoche estuvieron presentes en la escena donde un hombre fue drenado por manipulación Qliphoth. Y mis oficiales me indican que ustedes saben exactamente quién es la infiltrada que camina por mis pasillos. Acompáñenme. Ahora.
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¡Clac, clac, clac!
Los pasos resonaron por el pasillo de cristal. La Directora los guio directamente hacia el ala de aulas circulares. Al llegar, abrió la puerta del salón del joven profesor de meditación, a quien cortésmente le pidió prestado su despacho privado durante unos minutos para un asunto de máxima seguridad. El joven maestro asintió con serenidad y los dejó a solas.
Una vez que la pesada puerta se cerró, la Directora se sentó detrás del escritorio de madera pulida, cruzando las manos sobre la superficie.
—Los Jueces de la Casa del Juicio me han informado de las sospechas que recaen sobre una de mis estudiantes —comenzó la Directora, con su mirada severa escrutando a cada uno—. Relaten exactamente lo que han visto.
Aziel, asumiendo el liderazgo, procedió a detallar todo: desde el robo a Caleb, pasando por el extraño toque en el cuello en los pasillos, hasta el macabro hallazgo del hombre en el callejón y la deducción de Seraphina sobre sus cambios de cabello limitados (rosado, negro y azul marino).
La Directora escuchó sin interrumpir, frunciendo el ceño cada vez más.
—Si se trata de la Familia Tagaririm, estamos lidiando con un veneno emocional —analizó la Directora, recostándose en su silla—. Pero el Qliphoth de la disonancia tiene varias ramas. Usan el miedo, el odio, la envidia o la lujuria como catalizadores para quebrar a la vasija humana. Necesitamos detalles exactos de cómo actúa esta infiltrada para afinar la red de búsqueda mágica en la universidad. ¿Cuál es la emoción específica que ella manipula en sus víctimas?
¡Fush!
El silencio cayó como una roca. Aziel, Seraphina y Kira se pusieron rígidos. En menos de un segundo, los rostros de los tres se tiñeron de un rojo escarlata brillante.
Caleb, que hasta ese momento había estado asintiendo con toda la seriedad de un detective, miró a sus tres amigos completamente desconcertado.
—Oigan, ¿qué les pasa? ¿Por qué se ponen así? —preguntó Caleb, sintiéndose totalmente excluido del chiste—. Yo también estuve ahí cuando me robó, ¿por qué actúan tan raro? ¡Solo díganle a la Directora qué magia usó!
Kira, sintiendo que la situación se salía de control y que la Directora los miraba con sospecha, tosió falsamente y se adelantó.
—E-Es la lujuria, Directora —soltó Kira rápidamente, apartando la mirada hacia el suelo—. La emoción que ella manipula para someter y drenar a sus víctimas es la lujuria más cruda.
La Directora parpadeó, procesando la información, y luego su expresión se suavizó un poco, comprendiendo por qué tres que a su imagen parecían niños, aunque de veinte años, estaban tan avergonzados de hablar del tema.
—Ah, ya veo —suspiró la mujer, con un tono un poco más maternal—. Es normal que un tema tan delicado los ponga nerviosos a su edad. Pero no tienen de qué avergonzarse. Mientras esa magia oscura no les haya pasado a ninguno de ustedes, no hay nada de qué preocuparse.
¡Gota de sudor frío!
Los tres chicos sintieron que el alma se les escapaba por la boca. Aziel tosió, Seraphina miró fijamente el techo como si fuera lo más interesante del mundo y Kira se masajeó las sienes, todos rogando en silencio para que la tierra se abriera y los tragara.
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La noche se cernía sobre la Ciudad-Santuario. El grupo caminaba por el Distrito Portuario, iluminado por faroles de aceite azulados.
Caleb los había arrastrado hasta un restaurante llamado La Escama de Zafiro, un local rústico especializado en comida de mar, donde el aroma a pescado asado y especias marinas abría el apetito de cualquiera.
Una vez instalados en una mesa de madera y con sus platos servidos, Caleb tomó la palabra, rebosante de emoción.
—¡Esto es fascinante! —exclamó, golpeando la mesa con suavidad—. Si la antagonista es de los Tagaririm, significa que es la debilidad natural de la Casa del Equilibrio, los seguidores de Haniel. ¡Tenemos que encontrar a alguien de esa Casa para que nos ayude! Aunque… no debe ser fácil.
Caleb se frotó la barbilla, analizando a sus compañeros con ojos entrecerrados, como si estuviera viendo una pantalla de estadísticas invisible.
—Veamos nuestro equipo… Tenemos a Aziel, que es el "Tanque" inmortal; a Kira, que es "Soporte y Visión" con sus secretos; y a Seraphina, que asumo que también es "Soporte" o sanadora… —Caleb se señaló a sí mismo con una mueca trágica—. ¡Me siento un inútil! No encajo en nada. ¡Nos falta un "Carry" que haga el daño principal, maldita sea! ¡Un equipo con puro tanque y soporte no gana las redadas!
Aziel, Seraphina y Kira se miraron, completamente atónitos y sin entender absolutamente nada de lo que el chico de los rizos estaba hablando.
—¿Qué es un carruaje de daño? —preguntó Seraphina, ladeando la cabeza.
Caleb se palmeó la frente, riendo ante la barrera cultural, y simplemente se dedicó a comer. Tras compartir las últimas teorías sobre cómo identificar a Lys mañana, Caleb se levantó rápidamente.
—Iré directo a casa. Mis padres son Jueces de la Casa del Legado, les preguntaré todo lo que sepan sobre los Tagaririm —se despidió Caleb con una sonrisa—. ¡Nos vemos mañana, equipo!
Cuando Caleb desapareció por la puerta, la atmósfera en la mesa cambió radicalmente.
Seraphina, jugando nerviosamente con su vaso de agua, bajó la mirada. Sus mejillas volvieron a sonrojarse.
—Kira… —murmuró la rubia, con un hilo de voz—. En la cafetería mencionaste que no habías dormido porque la autoridad de Raziel te obligó a ver algo sobre nosotros que no querías ver… ¿Acaso tú…?
Kira cerró los ojos y se tiró el largo cabello blanco hacia atrás con exasperación. Su rostro bronceado se encendió de rojo.
—Sí, Seraphina. Lo vi —afirmó Kira, casi en un susurro, mirando a ambos lados para asegurarse de que nadie escuchaba—. Tuve que presenciar todo el maldito acto. Como si estuviera sentada en la esquina de la habitación. Y por Dios, ¿cómo hicieron para seguir toda la noche de esa manera? ¡Casi me da un infarto de solo verlos!
Aziel se cubrió el rostro con ambas manos, sintiendo que su dignidad quedaba hecha polvo.
—No fue mi culpa… ¡O bueno, sí, pero no a propósito! —se apresuró a justificar Aziel, mirándola con desesperación—. Fue Lys. Anoche, disfrazada con el cabello azul, volvió a chocar conmigo y me tocó el cuello. Dejó la emoción implantada.
Kira dejó de estar avergonzada. Su expresión se volvió afilada y mortalmente seria, cruzando los brazos sobre la mesa.
—La bendición de Camael te otorgó un Vigor infinito, Aziel. Esa energía salvaje amplificó la emoción que Lys te inyectó hasta que perdiste el control.
Kira se inclinó hacia adelante, mirándolo a los ojos con dureza.
—Tienes que vigilar tu mente, Aziel. ¿De qué te sirve tener una tenacidad física inquebrantable si cualquiera puede meterse en tu cabeza y bloquear tu raciocinio? Si esa familia no solo manipula la lujuria, sino también la ira o el odio, podrían usarte como un arma de destrucción masiva. Serías el títere perfecto.
Mientras pronunciaba esas palabras, un pensamiento sombrío cruzó la mente de la chica de piel bronceada. Recordó la sangrienta visión del callejón. Si Aziel perdiera el control por completo y se volviera un enemigo, ¿cómo lo detendría? ¿Cómo matas a alguien que no puede morir?
Kira sacudió la cabeza, disipando ese oscuro pensamiento antes de que echara raíces.
—Solo… ten cuidado. Aprende a meditar y a cerrar tu vasija. Nos vemos mañana —se despidió Kira, levantándose y dejándolos a solas para que procesaran la advertencia.
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La noche ya estaba en su punto más profundo cuando Aziel y Seraphina llegaron finalmente a los portones de la Casa del Juicio.
Al entrar, la sirvienta mayor que los había regañado esa misma mañana los estaba esperando en el pasillo, luciendo visiblemente preocupada.
—¡Joven Aziel, señorita Seraphina! Se han demorado muchísimo. Estábamos a punto de enviar a los guardias a buscarlos, considerando la conmoción que hay en la ciudad —dijo la mujer, suspirando aliviada—. Pero bueno, al menos ya están a salvo en casa. Vayan a descansar.
—Gracias, y disculpe la preocupación —respondió Aziel con una reverencia suave.
Caminaron en silencio hasta la habitación. El ambiente estaba extrañamente calmado. Ya no había rubores mortificantes ni tensión en el aire; la dura advertencia de Kira los había centrado de nuevo en la realidad del peligro que corrían.
Aziel se quitó los zapatos y se sentó en el borde de la inmensa cama, exhalando un largo suspiro.
Seraphina no se fue a su cuarto. Caminó hacia él y, con total naturalidad, se sentó a su lado, apoyando la cabeza en el hombro del muchacho. Aziel rodeó su cintura con un brazo, acercándola a él.
Charlaron durante horas en la penumbra. Hablaron de sus miedos, de las clases, de lo absurdo que era Caleb y de lo aterradora que era la infiltrada. Fue una conversación sincera, donde las barreras que ambos habían mantenido durante sus vidas solitarias terminaron de derrumbarse.
Cuando el cansancio finalmente los venció, se acostaron juntos en la inmensa cama. Esta vez no hubo emociones erráticas implantadas por demonios, ni lujuria desbordada por fuerzas externas. Se abrazaron con ternura bajo las sábanas de seda y cayeron en un sueño profundo y reparador, encontrando en el otro la paz que el mundo exterior intentaba arrebatarles.