El silencio en el rincón del callejón era tan denso que casi podía cortarse con una espada. Los cuatro jóvenes miraban a la distancia cómo los guardias de la Ciudad-Santuario acordonaban la zona y levantaban el cuerpo maltrecho del hombre de treinta años.
—Esto es una locura… —murmuró Caleb, pasándose las manos por sus rizos castaños, visiblemente alterado—. Livia… Lys… la chica de rosado. Todo este tiempo estuvo ahí, escuchándonos planear cómo atraparla, burlándose de nosotros en nuestras propias caras. ¡Es una maldita psicópata!
Aziel apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. El vigor de su Fase 3 latía con furia, alimentado por la rabia de haber sido engañado y puesto en peligro, a él y a sus amigos.
—Tenemos que reportarla a los Jueces —sugirió Seraphina, con la voz temblando ligeramente—. Si le decimos a Elías o a la Directora que Livia es la chica que buscan…
—No tenemos pruebas —la interrumpió Kira, con el rostro ensombrecido—. Yo no tengo forma de demostrar mis visiones ante un tribunal, y la autoridad de los Secretos no es una evidencia física. Además, hay algo que no encaja.
Kira señaló con la barbilla hacia los guardias que subían al hombre a una camilla.
—En mi visión, vi claramente cómo el viento soplaba y los cuerpos de los chicos abusados desaparecían sin dejar rastro. Fueron borrados. Pero esta vez… esta vez dejó el cuerpo tirado en medio de la calle, a la vista de todos. ¿Por qué cambiaría su modus operandi justo ahora?
Antes de que alguien pudiera teorizar una respuesta, una pequeña multitud de curiosos que había sido dispersada por los guardias comenzó a caminar apresuradamente por la calle, empujándose unos a otros.
¡Paff!
Una chica de baja estatura, con el cabello cortado hasta los hombros de un intenso color azul marino, tropezó torpemente y chocó de lleno contra el pecho de Aziel. Sus manos se aferraron al cuello y a los hombros del chico para no caer.
—¡A-Ay, lo siento muchísimo! ¡No me fijé por dónde iba! —se disculpó la chica de cabello azul con una voz aguda y nerviosa, haciendo una reverencia rápida.
—No te preocupes, estoy bien —respondió Aziel, ayudándola a estabilizarse.
La joven asintió apresuradamente y desapareció entre la multitud que huía del lugar del crimen. Aziel se frotó el cuello por inercia, sintiendo un leve calor en la zona donde ella lo había tocado, pero no le dio mayor importancia debido a la tensión del momento.
—Vámonos de aquí —ordenó Aziel, con la mandíbula tensa—. Ya es muy tarde y no estamos seguros en las calles si ella sabe que la estamos investigando. Mañana pensaremos qué hacer.
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La noche envolvía la Casa del Juicio. El bullicio de la celebración por el hijo de Elías Thorne ya se había apagado, dejando los pasillos sumidos en un silencio sepulcral.
En su habitación, Aziel estaba sentado en el borde de su gran cama. Ya se había quitado el chaleco y la camisa exterior, quedando solo con una delgada camiseta blanca. Seraphina estaba a su lado, habiendo cruzado por la puerta intermedia con su habitual pijama holgada de tonos claros.
—Sigo sin poder creerlo —comentaba Seraphina, abrazando sus rodillas, con la mirada perdida en la alfombra—. Livia se veía tan normal… tan amable. ¿Cómo puede alguien fingir de esa manera mientras hace cosas tan horribles?
—Los demonios más peligrosos no son los que tienen cuernos y piel escamosa, Seraphina. Son los que se ven exactamente como nosotros —respondió Aziel.
Su voz sonó un poco más ronca de lo habitual.
Hah… hah…
Aziel respiró hondo. Un calor asfixiante había comenzado a acumularse en la boca de su estómago desde el viaje en carruaje. Al principio pensó que era simple estrés, pero ahora, en la privacidad y el silencio de su cuarto, la temperatura de su cuerpo parecía estar elevándose a niveles febriles.
El sello de Camael en su pecho latía, pero no con la rigidez de la defensa. Esta vez, el "Vigor" del ángel parecía estar amplificando un instinto primitivo y salvaje que había sido inyectado en su torrente sanguíneo.
Aziel giró el rostro y miró a Seraphina. Observó la suave curvatura de sus labios, el brillo dorado de sus ojos bajo la tenue luz de la lámpara, y la tersura de sus piernas descubiertas por la pijama.
—No deberíamos pensar más en ella esta noche —susurró Aziel, acortando la distancia entre ellos en el colchón. Su mirada se volvió oscura, pesada y cargada de una intensidad que hizo que el aire en la habitación se volviera denso. Levantó una mano y trazó suavemente la línea de la mandíbula de la chica—. Eres preciosa, Seraphina. Tu cabello, tus ojos… todo en ti me vuelve loco.
Ba-dump.
Seraphina se quedó congelada. Su corazón dio un vuelco brutal. Si bien la noche anterior él le había dado un cumplido similar, esta vez había algo abrumadoramente depredador en su voz. El calor que emanaba del cuerpo de Aziel casi la quemaba.
Ella frunció el ceño, sintiendo que algo andaba muy mal. Su instinto la alertó.
—Aziel… —empezó ella, con un tono serio y nervioso, poniendo una mano sobre el pecho del chico para marcar distancia—. ¿Qué te pasa? Estás actuando muy extraño. Esto es demasiado repentino, tú no eres as…
No pudo terminar la frase.
Con un movimiento rápido e impulsado por un vigor animal que anuló cualquier rastro de raciocinio, Aziel se abalanzó sobre ella. La empujó suavemente pero con firmeza contra los cojines de la cama, apresando su cuerpo con el suyo. Antes de que ella pudiera emitir un sonido, él unió sus labios en un beso feroz, salvaje y desesperado, devorando sus palabras.
—¡Mmh…!
Seraphina abrió los ojos de par en par, conmocionada. Sus manos volaron hacia los hombros de Aziel, empujándolo y forcejeando con él, presa del pánico por la repentina agresividad del acto.
Pero el contacto de sus labios encendió una chispa incontrolable. La magia de la lujuria que corría por las venas de Aziel chocó directamente pero sutil y latente con la vasija de Seraphina. El forcejeo duró apenas unos segundos. El calor abrumador del chico, la firmeza de su cuerpo y la pasión cruda del beso derribaron las barreras de la rubia.
Sus manos dejaron de empujarlo y se enredaron en el cabello castaño de Aziel, tirando de él con fuerza. Ella dejó escapar un pequeño gemido ahogado y le devolvió el beso con una ferocidad inesperada, volviéndose igual de brusca, cediendo ante el deseo reprimido que ambos habían guardado en silencio.
¡Rustle…!
Las telas comenzaron a estorbar. Con respiraciones entrecortadas y jadeos cargados de una necesidad primitiva, las manos de Aziel se deslizaron por la pijama de Seraphina, deshaciéndose de la tela con una urgencia que no admitía demoras. Ella hizo lo mismo, tirando de la camiseta del chico y exponiendo su torso musculoso, aferrándose a su espalda con desesperación.
Los besos bajaron por la barbilla de la chica, trazando un camino de humedad y calor hasta su cuello. Aziel hundió su rostro allí, marcando su piel sensible con suaves pero firmes mordidas que le arrancaron jadeos agudos a Seraphina, mientras ella arqueaba la espalda, entregándose por completo a la abrumadora corriente de la pasión. La habitación se llenó del eco de sus respiraciones, de la fricción de la piel contra las sábanas de seda y del fuego incontrolable de un sentimiento que había roto todos los límites.
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A un par de kilómetros de distancia, en la fría oscuridad de los jardines exteriores de la Ciudad-Santuario.
Una figura caminaba en solitario, alejándose de los muros de la Casa del Juicio. La chica de baja estatura se detuvo bajo la luz de un farol. Llevó ambas manos a su cabello azul marino, y con un solo movimiento, los mechones comenzaron a desteñirse, recuperando su vibrante y largo color rosado pastel.
Lys sonrió. Sus ojos cambiantes brillaron con un resplandor rosado en la penumbra.
«Ese choque en la multitud fue perfecto», pensó, lamiéndose los labios con deleite. «Logré inyectarle la semilla del trance justo antes de que se retirara. A diferencia de los otros idiotas, no quise absorber su energía… quería ver qué pasaba si la dejaba actuar en su interior».
Lys soltó una pequeña risa oscura y melodiosa que se perdió en el viento.
«Me pregunto… ¿cómo reaccionará la bendición del Vigor y el Rigor del gran Ángel Camael ante la corrupción de la lujuria más pura? El rigor físico y el instinto carnal son fuerzas que habitan en la misma vasija después de todo. Si mi hechizo funciona, su propio poder angelical se volverá en su contra, amplificando sus deseos hasta enloquecerlo. Fascinante».
Con una expresión de completa satisfacción por su pequeño experimento, la antagonista se fundió con las sombras de la noche, desapareciendo por completo del mapa una vez más.
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¡Fwshh…!
La luz del amanecer se filtró lentamente por el balcón de la habitación, pintando el suelo de madera de un cálido tono dorado.
El silencio había regresado a los aposentos de Aziel.
En medio de la inmensa cama, las sábanas de seda blanca estaban completamente revueltas, arrugadas y tiradas a la mitad del colchón. La ropa de ambos yacía esparcida y olvidada en el suelo de la habitación.
Aziel estaba profundamente dormido, acostado boca abajo con un brazo extendido. A su lado, envuelta apenas en un extremo de la sábana, Seraphina descansaba con la respiración pausada. Su cabello rubio estaba desordenado y esparcido sobre las almohadas, y en la curva de su cuello y sus hombros desnudos se alcanzaban a ver las sutiles marcas rojizas de la pasión desenfrenada de la noche anterior.
El acto había sido consumado, la línea había sido cruzada, y el nuevo día en la Ciudad-Santuario prometía traer consigo las pesadas consecuencias de una mente manipulada y un sentimiento incontrolable.
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La luz del sol se filtraba por las pesadas cortinas, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire.
Aziel abrió los ojos lentamente. Parpadeó, sintiendo el calor de los rayos del sol sobre su espalda desnuda. Respiró hondo y, para su propia sorpresa, su cuerpo se sentía en un estado de perfección absoluta. El agotamiento físico que debería haberlo dejado postrado tras una noche que se extendió hasta casi el amanecer simplemente no existía. La bendición del Vigor había regenerado su estamina y sus músculos al cien por ciento.
Sin embargo, cuando su mente terminó de despertar, los recuerdos de la noche anterior lo golpearon como un bloque de granito.
El beso forzado. La agresividad de sus propias manos. La lujuria desbordada. El fuego que consumió la habitación.
Ba-dump.
Aziel se sentó de golpe en la cama, con los ojos desorbitados. Miró a Seraphina, que dormía plácidamente a su lado, envuelta en las sábanas blancas, y un terror frío, denso y asfixiante se apoderó de su garganta.
Se levantó de un salto, tropezando con su propia ropa tirada en el suelo, y corrió hacia el baño de la habitación, cerrando la puerta tras de sí con manos temblorosas. Se apoyó contra el lavabo y se miró en el espejo. Su respiración era un caos.
«¿Qué acabo de hacer?», se preguntó, llevándose las manos a la cabeza y tirando de sus cabellos. «¡¿Qué demonios acabo de hacer?!».
El horror de lo que pasó lo estaba destrozando. Él era un joven tranquilo. Había soportado decapitaciones, apuñalamientos y el desprecio del mundo. Y sí, definitivamente sentía una atracción profunda y genuina hacia Seraphina; le gustaba, le importaba más que nadie.
Pero lo de anoche… lo de anoche no había sido él. Su voluntad había sido secuestrada. Una emoción impuesta desde afuera había tomado el control de su cuerpo, usándolo para satisfacer un hambre carnal que no nació de su propio raciocinio. La idea de que su mente, su último refugio de libertad, hubiera sido violada de esa manera lo llenó de un asco profundo hacia sí mismo.
—¡Agh!
Lleno de desesperación, Aziel se dejó caer de rodillas en el suelo del baño.
¡¡CRACK!!
Golpeó su propia frente contra las baldosas de piedra con una fuerza brutal. La sangre brotó por un instante, pero la luz sutil del sello destelló en su pecho y la herida se cerró y regeneró en un abrir y cerrar de ojos, sin dejar ni una cicatriz.
¡¡CRACK!!
Volvió a golpear su cabeza, como si quisiera arrancar la niebla de su cerebro a la fuerza.
Mientras el dolor punzante se desvanecía por la curación instantánea, las piezas del rompecabezas cayeron en su lugar. Recordó el poder de la chica de cabello rosado en el pasillo, esa manipulación de los instintos primarios. Y luego, recordó la calle. Recordó a la chica de cabello azul marino chocando "accidentalmente" contra él y tocando su cuello.
Aziel dejó de golpearse. Se quedó arrodillado en el suelo de piedra, con la mirada clavada en la oscuridad de sus propias manos.
El terror y la culpa se evaporaron, siendo reemplazados de inmediato por una emoción mucho más primitiva, oscura y destructiva.
La ira.
El Vigor de Camael, el Ángel del Rigor, rugió en su interior. La sangre le hirvió en las venas. Lys lo había utilizado. Había usado su vasija como un experimento, ensuciando algo que debería haber sido puro entre él y Seraphina.
Aziel se puso de pie lentamente, con los ojos ensombrecidos por una furia fría y absoluta. Se lavó el rostro, se puso sus pantalones y caminó de regreso a la habitación principal.
Al salir del baño, vio que Seraphina se estaba removiendo en la cama. La rubia abrió los ojos lentamente, frotándose la sien con una mueca de dolor de cabeza. Parpadeó, sintiendo el roce de las sábanas sobre su piel desnuda, y de repente, todos los recuerdos de la noche anterior inundaron su mente.
¡Fush!
Su rostro se volvió del color de un tomate maduro y se cubrió rápidamente hasta el cuello con las sábanas, abriendo mucho los ojos.
Aziel, sin dudarlo un segundo, caminó hacia el borde de la cama y se dejó caer de rodillas en el suelo, agachando la cabeza en una postura de completa sumisión y disculpa.
—Seraphina… lo siento. Lo siento muchísimo —dijo Aziel, con la voz cargada de culpa—. No sé qué me pasó. Fui un animal. Te juro que jamás quise faltarte al respeto de esa manera, algo me…
—A-Aziel, levántate —lo interrumpió Seraphina, con la voz temblorosa pero soltando una pequeña y nerviosa risita—. Es cierto que me asustaste mucho al principio por lo brusco que fuiste, pero… yo también me dejé llevar. No te detuve. Así que no te eches toda la culpa, ¿sí?
Aziel levantó la mirada, sorprendido por la comprensión y la calidez en los ojos dorados de la chica, aunque su rostro seguía ardiendo de vergüenza.
Seraphina le dedicó una sonrisa tímida, pero al mirarlo a los hombros y al cuello, frunció el ceño, confundida.
—Oye… —murmuró ella, ladeando la cabeza—. Estoy segura de que anoche te mordí bastante fuerte en el hombro… pero no tienes ni una sola marca. Tu piel está perfecta.
Aziel se tensó por un segundo. Se tocó el hombro izquierdo, recordando que, en efecto, ella le había dejado marcas profundas en medio de la pasión.
—Ah… eso es por mi bendición —mintió a medias, rascándose la nuca con nerviosismo—. El vigor de Camael me ayuda a curar heridas y recuperar el cansancio físico muy rápido.
Seraphina abrió la boca, comprendiendo la situación, y sus ojos se abrieron de par en par mientras el rubor volvía a apoderarse de ella.
—¡Ah…! Con razón… —balbuceó ella, cubriéndose la mitad del rostro con la sábana para ocultar su vergüenza—. Con razón podías seguir después de tantas rondas seguidas sin cansarte. Literalmente tienes estamina infinita.
Ba-dump.
Aziel sintió que el rostro le iba a explotar de la vergüenza. Ambos desviaron la mirada, incapaces de sostener el contacto visual, sumidos en un silencio abrumadoramente incómodo pero íntimo.
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Una hora más tarde, ya duchados y vestidos con sus uniformes limpios, salieron de sus aposentos para dirigirse al gran comedor a desayunar.
A mitad del pasillo, una de las sirvientas mayores de la Casa del Juicio, que llevaba una canasta con ropa limpia, se detuvo frente a ellos. Hizo una reverencia educada, pero mantuvo una expresión completamente seria.
—Joven Aziel, señorita Seraphina —habló la mujer con tono profesional—. Nos alegra que se sientan cómodos en la casa, pero les rogamos que, si van a volver a tener una noche tan… enérgica, procuren controlar el ruido y los golpes contra la cabecera de la cama. Las paredes del ala este son gruesas, pero no insonorizadas.
Aziel y Seraphina se quedaron petrificados, como si les hubiera caído un rayo encima.
—Ah, y no se preocupen por el estado de la habitación —añadió la sirvienta con una sonrisa sutil—. Las criadas ya nos estamos encargando de cambiar las sábanas y limpiar el desastre. Que tengan un buen día.
La sirvienta se alejó, dejándolos solos en el pasillo. Seraphina se tapó el rostro con ambas manos, soltando un quejido agónico de pura mortificación, mientras Aziel se masajeaba el puente de la nariz, deseando que la tierra se abriera y se lo tragara.
◄ ▲ ▼ ▶
Al llegar a las inmensas cocinas y al área del comedor, notaron que casi no había nadie, excepto dos figuras familiares sentadas en una de las mesas de mármol.
Eran los Jueces Gavin y Aria. La pareja lucía completamente exhausta, con enormes ojeras bajo los ojos y tazas de café negro entre sus manos. Al parecer, habían pasado toda la noche en vela.
Al verlos entrar, Gavin levantó una mano débilmente.
—Muchachos… vengan, siéntense con nosotros a desayunar.
Aziel y Seraphina, aún recuperándose de la vergüenza, tomaron asiento frente a los oficiales, sirviéndose un poco de fruta y pan tostado.
—Se ven terribles, Juez Gavin —comentó Seraphina con preocupación—. ¿Tampoco durmieron anoche?
Aria soltó un suspiro pesado, frotándose los ojos.
—No pudimos. Ayer por la noche, un equipo de guardias encontró a un hombre abusado y drenado en un callejón del Distrito de los Artesanos. Nosotros nos hicimos cargo de la investigación preliminar durante toda la madrugada.
Aziel se tensó de inmediato, intercambiando una mirada rápida con Seraphina. Ellos habían estado allí. Ellos sabían quién era la responsable, pero seguían atados de manos para probarlo.
—¿Descubrieron algo sobre el culpable? —preguntó Aziel, intentando mantener la voz neutral.
Gavin asintió lentamente, entrelazando los dedos sobre la mesa, y su expresión se volvió mortalmente seria.
—El rastro de energía residual que quedó en el cuerpo de la víctima no pertenece a una sombra errante ni a una calamidad descerebrada como Lilith. Esa firma energética de manipulación lujuriosa y drenaje vital tiene un sello muy específico… Creemos que el atacante es un miembro de Las 5 Familias Qliphoth.
—¿Qliphoth? —repitieron Aziel y Seraphina al unísono, completamente desconcertados por el término oscuro.
Aria dejó su taza de café sobre el plato de porcelana, y el tintineo resonó en la tranquilidad del comedor.
—La Universidad y la Ciudad-Santuario están protegidas por las 5 Casas que siguen la luz de las Esferas Angelicales, ¿verdad? —explicó Aria, bajando la voz—. Pero donde hay una luz intensa, se proyecta una sombra profunda. El Qliphoth es exactamente eso. Es el reverso oscuro, la cáscara vacía y corrupta que hay en el mundo. Así como hay 5 Casas sagradas, existen 5 Familias ocultas en la clandestinidad que rinden culto y extraen su poder de los demonios que representan los vicios contrarios a nuestros ángeles.
Gavin se inclinó hacia adelante, rematando la explicación.
—Si Camael es el Rigor, el Qliphoth opuesto es la Crueldad. Si Haniel es la Armonía, su opuesto es la Lujuria. Si alguien de las Familias Qliphoth se ha infiltrado en la Universidad bajo la apariencia de un estudiante… entonces estamos al borde de una guerra interna. Y ustedes, los nuevos bendecidos, son sus presas favoritas.