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Undying Vigor (Novela)

Undying Vigor (Novela) – Capítulo 11

—Es un placer. Mi nombre es Livia. Espero que podamos llevarnos muy bien.

¡Zzzzt!

Una punzada brutal y repentina atravesó el cráneo de Kira. La chica de piel bronceada ahogó un gemido, llevándose los dedos a las sienes mientras cerraba los ojos con fuerza. En medio de la oscuridad de su mente, una voz etérea, fría y carente de toda emoción, le susurró una única palabra:

«Lys».

No hubo imágenes, ni visiones, ni contexto. Solo aquel nombre resonando como un eco vacío.

—¡Hey! ¡¿Qué te pasa?! —exclamó Caleb, dando un salto hacia atrás por la sorpresa, mirando a Kira como si estuviera a punto de colapsar—. ¡¿Qué fue eso?! ¡¿Te dio un derrame cerebral?!

Kira abrió los ojos lentamente, respirando con pesadez. Ignoró el pánico del chico de los rizos y levantó una mano para tranquilizar a Aziel y Seraphina, quienes ya se habían acercado a ella con preocupación.

—Estoy bien… Después te explicamos, Caleb —murmuró Kira. Sin embargo, interrumpiéndose a sí misma, enderezó su postura y clavó sus intensos ojos anaranjados en la joven de gafas que tenían enfrente—. Una pregunta… ¿Tu nombre real es Livia, o es Lys?

Los ojos cambiantes de la chica de cabello negro se abrieron una fracción de milímetro. Fue un microgesto de sorpresa que nadie, excepto ella misma, notó. «Así que la autoridad de Raziel le susurra mis secretos», pensó, fascinada.

Sin inmutarse lo más mínimo, la chica de gafas sonrió con una suficiencia absoluta, acomodándose los lentes sobre el puente de la nariz.

—Qué perceptiva eres —respondió con un tono tranquilo y educado—. He usado ambos nombres a lo largo de mi vida. Livia es mi primer nombre, y Lys es el apodo con el que me llamaban en mi hogar. Puedes usar el que prefieras.

Kira se quedó en silencio, esperando. Contuvo la respiración, anticipando otra punzada de dolor que le indicara que estaba siendo engañada. Pero la punzada nunca llegó. La quietud en su mente le confirmó que las palabras de la chica eran, técnicamente, ciertas.

«Maldición…», se lamentó Kira mentalmente, frustrada. «Si tan solo tuviera un mejor control sobre esta bendición, podría saber por qué Raziel me gritó ese nombre. Pero supongo que está diciendo la verdad».

Aziel, al ver que Kira relajaba los hombros y no mostraba más signos de dolor, decidió confiar parcialmente en la recién llegada.

—Bueno, toda ayuda es bienvenida. Siéntate con nosotros, Livia —la invitó Aziel, señalando el espacio libre en el banco curvo del restaurante.

Sin embargo, en el instante exacto en que Aziel se sentó, ocurrió algo completamente instintivo. Seraphina se deslizó a toda velocidad y se sentó pegada a su lado derecho, casi rozando su hombro. Medio segundo después, Kira hizo exactamente lo mismo, ocupando el lado izquierdo del chico con un movimiento elegante pero firme.

Aziel quedó atrapado en el medio, como el relleno de un sándwich, parpadeando confundido. Las dos chicas lo habían flanqueado por completo, cerrando filas frente a la desconocida, aunque ni ellas mismas entendían por qué lo habían hecho de forma tan coordinada.

Caleb, que se había quedado de pie sosteniendo su bandeja, miró la escena y soltó un silbido. Se sentó en el lado opuesto de la mesa, justo al lado de Livia.

—Wow… —murmuró Caleb, apoyando la barbilla en la mano con una sonrisa burlona—. ¿Así es como se sienten los personajes secundarios en los animes de género Harem?

El silencio fue absoluto. El sonido de los grillos en la plaza exterior pareció amplificarse. Aziel, Seraphina, Kira e incluso la propia Livia lo ignoraron de una manera tan brutal y gélida que Caleb tosió, avergonzado, y se dedicó a mirar su comida.

—Ejem… como les decía —continuó Livia, rompiendo el hielo con su voz suave—. He visto a la chica de cabello rosado un par de veces merodeando por la universidad. Ayer estaba en la biblioteca del ala sur. Vi cómo acorralaba a un estudiante de tercer año. Le susurró algo al oído, y el chico, completamente sumiso, le entregó un amuleto de plata que llevaba en el cuello antes de quedarse balbuceando contra la pared. Parecía como si ella se alimentara de su energía o de sus emociones.

Kira mantuvo la mirada fija en Livia. Nada. Ningún dolor. La mente de la joven de piel bronceada permaneció en calma, por lo que asumió que la historia era completamente verídica.

Del otro lado de la mesa, detrás de sus gafas, los pensamientos internos de Livia eran un hervidero de cálculo frío: «Ya lo entiendo. La chica bronceada puede detectar parcialmente la mentira pura. Si digo una falsedad directa, su bendición reacciona. Pero si describo exactamente lo que yo misma hice, narrándolo como si fuera una tercera persona observando la escena… para el universo, los hechos son verdad. Tendré que tener mucho más cuidado y tejer mis palabras con verdades a medias a partir de ahora».

Seraphina se estremeció al escuchar el relato.

—Qué miedo… ¿Creen que sea algún tipo de entidad? ¿Un demonio de bajo nivel que logró filtrarse a la ciudad disfrazado de estudiante? —teorizó la chica rubia.

Aziel, recordando el calor antinatural que sintió cuando la chica le tocó el cuello, negó lentamente con la cabeza.

—No se sentía como el miasma de las aberraciones de Lilith —reflexionó Aziel, con el ceño fruncido—. Oigan… así como nosotros podríamos tener la bendición de un ángel para defender a la humanidad… ¿qué pasaría si la chica de rosado es una humana común, pero en lugar de un ángel, recibió la maldición de un ángel caído?

La mesa quedó en silencio ante la pesada teoría.

Los ojos de Caleb se abrieron de par en par, y la pereza habitual de su rostro fue reemplazada por una chispa de profunda emoción.

—¡Uhhh! ¡Manipulación mental, misterios en la escuela, maldiciones de ángeles caídos! —exclamó Caleb, golpeando la mesa con ambas manos—. ¡Las novelas de criminología y misterio son mis favoritas! ¡Tenemos que atraparla e interrogarla!

Kira soltó un suspiro cansado, frotándose el puente de la nariz.

—Cálmate, Caleb. Solo somos estudiantes de nuevo ingreso, no somos detectives de élite ni nada espectacular —lo reprimió Kira, aunque una pequeña sonrisa se asomó en sus labios—. Pero… admito que sería muy interesante desvelar este secreto. Podría ser un buen entrenamiento para mi propia autoridad.

Acordaron mantenerse alerta y compartir cualquier información nueva que tuvieran. Al terminar la cena, se despidieron de Livia, agradeciéndole la pista, y emprendieron el camino de regreso.

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La noche ya había caído cuando Aziel y Seraphina cruzaron las inmensas puertas de hierro de la Casa del Juicio.

Al entrar, se dieron cuenta de que la atmósfera era completamente distinta a la de los días anteriores. Decenas de sirvientas y mayordomos corrían de un lado a otro, cargando guirnaldas, estandartes limpios y bandejas de plata pulida. Había risas, voces fuertes y un ambiente festivo que resonaba por toda la mansión carmesí.

—Disculpe, ¿qué está pasando? —le preguntó Seraphina a una de las sirvientas que pasaba apresurada con un jarrón de flores.

—¡Oh, jóvenes invitados! —sonrió la sirvienta—. ¡Es que el joven amo ha regresado! Es el cumpleaños del hijo del señor Elías y la señora Eleanor. Acaba de volver de una expedición de varios años en el Continente del Norte, Aethelgard. ¡Todos en la casa estamos celebrando su regreso!

Curiosos por conocer al heredero de aquella imponente casa de vigor y fuerza, Aziel y Seraphina caminaron hacia el Gran Salón, siguiendo el ruido de las celebraciones.

Al asomarse por las puertas de roble, vieron a Elías Thorne, con sus dos metros de altura y su abrigo carmesí, riendo a carcajadas mientras palmeaba la espalda de un muchacho que estaba de pie frente a él.

Aziel y Seraphina se acercaron un poco más para ver el rostro del joven cumpleañero.

En el instante en que lo vieron, los dos se detuvieron en seco.

El hijo de Elías vestía un abrigo negro y carmesí idéntico al de su padre. Su postura era recta como una tabla. Su rostro tenía exactamente el mismo ceño fruncido, la misma mandíbula cuadrada, la misma mirada severa y afilada, y la misma aura de intimidación absoluta. Literalmente, era una copia carbón de Elías Thorne, solo que escalado a un metro con ochenta de altura y con unas pocas arrugas menos. Era como ver a un "Mini-Elías".

Aziel se tapó la boca rápidamente con ambas manos, sus hombros temblando violentamente por el esfuerzo de contener la carcajada. Seraphina se dio la vuelta hacia la pared, mordiéndose el labio inferior con fuerza mientras pequeñas lágrimas de risa se acumulaban en sus ojos dorados.

—Es… es igualito… —susurró Seraphina, con la voz ahogada por la risa.

—¡Parece que Elías se multiplicó por mitosis! —balbuceó Aziel en voz baja, incapaz de aguantar más.

Los dos jóvenes se escabulleron por el pasillo hacia sus habitaciones, soltando carcajadas limpias y contagiándose la risa el uno al otro. Tras un día lleno de tensiones, misterios oscuros y depredadores ocultos, la ridícula y reconfortante normalidad de la Casa del Juicio era exactamente lo que necesitaban para poder descansar.

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¡Splash, splash…!

El sonido relajante de las cascadas interiores resonaba por toda la inmensa propiedad de la Casa del Legado. Caleb caminaba por los pasillos de mármol azulado, rodeado de infinitas estanterías talladas en piedra y canales de agua cristalina que fluían incluso por los techos, desafiando la gravedad mediante la autoridad de Zadkiel.

A pesar de llevar viviendo allí un buen tiempo, Caleb miraba a su alrededor con una mueca extraña.

«Aún no me acostumbro del todo a este lugar…», pensó, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón. «Hace exactamente un año que tomé el control del cuerpo de este "Caleb". Es una locura. Allá en mi mundo yo era un simple estudiante universitario que leía novelas ligeras y jugaba videojuegos, y de repente… ¡Puf! ¡Fui transportado como el protagonista de un Isekai!».

Caleb suspiró, acercándose a uno de los canales de agua para mirar su reflejo. Sus rizos castaños estaban alborotados.

«Lo más curioso de este mundo es su nivel de conocimiento. Tienen una comprensión abismal y avanzadísima sobre las moléculas, las bacterias, la anatomía y el cosmos… pero irónicamente, no tienen nada de tecnología. Ni teléfonos, ni internet, ni pantallas. Todo funciona con energía espiritual y espadas. Por fortuna, el Caleb original y yo teníamos la misma edad, veinte años, así que no se sintió tan raro apoderarme de su vida».

¡Tap, tap!

—Joven amo Caleb.

Una sirvienta con un uniforme impecable en tonos aguamarina hizo una reverencia profunda frente a él, interrumpiendo sus pensamientos metanarrativos.

—Sus padres, el Juez Alistair y la Jueza Helena, lo están esperando en la biblioteca principal para la cena.

—Ah, sí. Diles que ya voy para allá —respondió Caleb, rascándose la cabeza. Disipó sus pensamientos sobre su vida pasada y esbozó una pequeña sonrisa. «Supongo que ya es hora de dejar de quejarme y acostumbrarme por completo a esta nueva vida. Al menos ahora tengo amigos que parecen sacados de un anime Shonen».

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Mientras tanto, en la imponente Casa de la Claridad.

Kira caminaba a paso rápido por los pasillos recubiertos de espejos y cristal puro que reflejaban la luz de la luna. Al igual que Aziel y Seraphina, ella no había nacido en la cuna de oro de los Jueces; había sido recogida y apadrinada por la Casa de la Claridad el mismo día en que Raziel le otorgó su bendición.

Aún le resultaba increíblemente incómodo que una sirvienta caminara en absoluto silencio tres pasos detrás de ella.

—Puedes retirarte por hoy. Quiero descansar a solas —le ordenó Kira al llegar a su habitación.

—Como ordene, señorita Kira. Dulces sueños —respondió la mujer, haciendo una inclinación antes de cerrar la pesada puerta de cristal opaco.

Kira se dejó caer sobre la cama de sábanas blancas, exhausta. Había sido un día lleno de información falsa y verdades a medias. Cerró los ojos, esperando que el cansancio la venciera rápidamente.

Pero en cuanto se durmió, la bendición de Raziel actuó.

¡Zzzzt!

El destello de los secretos olvidados inundó su mente. Hacía tiempo que no veía algo tan nítido en un sueño.

De repente, se vio a sí misma flotando como un espectro invisible en medio del piso siete de la universidad, y en otras zonas solitarias. Vio a la chica de cabello rosado. Vio cómo arrinconaba a los estudiantes varones contra las paredes y los ventanales. Observó con horror cómo la chica los besaba y abusaba de ellos, sometiéndolos contra su voluntad mientras una luz rosada brillaba en sus ojos, consumiendo la energía vital y los deseos de sus víctimas de una manera sumamente lujuriosa y depredadora.

Y luego, el sonido perturbador.

¡Fushhhh!

Kira vio cómo, tras terminar con ellos, la chica simplemente cambiaba el color de su cabello a negro y se ponía unas gafas. Un viento antinatural soplaba de la nada, y los cuerpos de los jóvenes abusados simplemente se desvanecían en el aire, borrados de la existencia.

¡Gasp!

Kira se sentó de golpe en su cama, empapada en sudor frío, respirando de forma entrecortada y aferrándose a las sábanas con terror.

—No… ¡están desapareciendo! ¡Esa chica los está cazando! —balbuceó, temblando.

Se llevó las manos al rostro, frustrada y al borde de las lágrimas. Había visto el abuso, había visto el viento… pero la visión se había cortado antes de que pudiera escuchar algún nombre o ver claramente el rostro con las gafas puestas. Se maldijo a sí misma por su falta de control.

«Tengo que volverme más fuerte…», se prometió Kira en medio de la oscuridad, apretando los puños con fiereza. «Tengo que avanzar de Fase para dominar la autoridad de Raziel, o esa cosa nos devorará a todos».

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A la mañana siguiente.

El sol brillaba con intensidad sobre la Ciudad-Santuario. Aziel, Seraphina y Talia —la chica tímida que habían conocido el día anterior— estaban sentados juntos en el inmenso comedor de la Casa del Juicio, terminando su desayuno.

—Muchas gracias por acompañarme a comer —dijo Talia, acomodándose los anteojos con una sonrisa tímida—. Hoy empezamos clases después del mediodía, así que fue un alivio no tener que desayunar rápido.

—¡Para nosotros también! —respondió Seraphina con entusiasmo—. Al fin pudimos dormir un poco más.

Tras despedirse de Talia en el patio principal, los dos jóvenes aprovecharon la mañana libre.

Aziel decidió unirse a un grupo de aprendices en los campos de tierra del ala oeste para hacer ejercicio. Se quitó la camisa, dejando al descubierto su torso perfectamente esculpido por el vigor de la bendición del ángel, y comenzó a hacer flexiones y combates de práctica bajo el ardiente sol, ganándose el respeto silencioso de los demás chicos por su fuerza brutal y su resistencia inagotable.

Seraphina, por su parte, se quedó descansando bajo la sombra de un gran árbol, conversando alegremente con un grupo de jóvenes sirvientas y aprendices de la casa.

—Y dime, Seraphina… —empezó una de las chicas de cabello corto, dándole un codazo juguetón—. ¿Cómo van las cosas con tu guapísimo "amo"?

—¡Sí! —agregó otra, riendo con picardía—. Los vimos entrenando. El joven Aziel tiene unos músculos increíbles. ¿Volviste a quedarte dormida "accidentalmente" en su cama anoche?

¡Fush!

El rostro de Seraphina se tiñó de un rojo tan intenso que rivalizaba con los estandartes de la Casa del Juicio.

—¡N-No pasó nada de eso! ¡F-Fue un error la primera vez! —tartamudeó la rubia, abanicándose el rostro frenéticamente mientras las demás chicas estallaban en risas burlescas, disfrutando de la inocencia y el evidente enamoramiento de la compañera del bendecido.

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Las campanas de la universidad sonaron marcando la una de la tarde.

Aziel, Seraphina, Kira y Caleb ya estaban reunidos en la entrada del gran auditorio de historia. Junto a ellos, caminando con una postura recatada y una sonrisa amable, estaba Livia. La chica de gafas se había integrado al grupo con una naturalidad escalofriante.

Los cinco tomaron asiento en una misma fila, preparándose para la clase de la tarde. En el tablero rúnico, el título brillaba con letras doradas: "Sobre las 5 Casas: Historia, Política y Deberes (Duración: 4 horas)".

Caleb soltó un quejido agónico y dejó caer la cabeza contra el escritorio con un ruido seco.

—¡No puede ser! ¡Cuatro horas escuchando sobre la burocracia de las Casas! —lloriqueó el chico de los rizos, mirando al techo con total desesperación—. ¡Esto es demasiado! ¡Nos están metiendo relleno puro y duro antes del verdadero arco de acción! ¡Qué pereza!

Aziel y Kira se giraron para fulminarlo con la mirada, pero antes de que pudieran regañarlo por su actitud irrespetuosa hacia la historia de sus propias Casas, Seraphina soltó un largo y pesado suspiro.

—La verdad… —murmuró Seraphina, apoyando la mejilla en su mano con la mirada perdida—. Sí suena como a un montón de relleno. Cuatro horas es demasiado tiempo sentados.

Caleb levantó la cabeza de golpe, con los ojos brillando de gratitud hacia la rubia, mientras Aziel y Kira parpadeaban, sorprendidos de que incluso la optimista Seraphina estuviera de acuerdo con el chico raro. Livia, por su parte, se limitó a sonreír en silencio, ajustándose las gafas mientras observaba a sus "amigos" debatir, esperando pacientemente el momento perfecto para volver a cazar.

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Treinta minutos después...

El eco de la voz del profesor de historia resonaba por las altas bóvedas del inmenso auditorio de cristal, detallando fechas y tratados burocráticos de hace siglos. Para Aziel y Kira, cada palabra era información vital que absorbían en silencio.

Pero para otros, era la mejor canción de cuna del mundo.

Caleb ya había cruzado la línea del sueño profundo. Estaba recostado de lado, usando sus propios pergaminos como almohada, con la boca ligeramente abierta y un hilo de baba amenazando con caer sobre sus apuntes.

A la derecha de Aziel, la situación no era muy diferente. Seraphina había luchado valientemente contra el sueño durante los primeros veinte minutos, asintiendo con la cabeza y parpadeando pesadamente, hasta que finalmente perdió la batalla. Su cabeza se ladeó suavemente hasta apoyarse por completo en el hombro de Aziel.

Ba-dump.

El chico se tensó como una estatua de piedra en el instante en que sintió el peso de la rubia contra él y el suave aroma a vainilla de su cabello. Tratando de no hacer ningún movimiento brusco que la despertara, Aziel acomodó sutilmente su postura, usando la increíble firmeza de la bendición de Camael para servir como un pilar inamovible, sosteniéndola para que durmiera cómoda y no se cayera del asiento.

Livia, sentada al otro extremo de la fila, observó la tierna escena. Una sonrisa enigmática y fascinada se dibujó en sus labios mientras analizaba la clara debilidad emocional que el chico de la Fuerza sentía por la joven rubia.

Sin embargo, Livia no era la única que observaba.

Unos asientos más allá, Kira la miraba de reojo con una expresión gélida y analítica. La chica de piel bronceada apretaba la pluma entre sus dedos. En sus pensamientos internos, el rompecabezas comenzaba a tomar una forma macabra.

«En la visión que tuve anoche... la chica de cabello rosado se lo tiñó de color negro opaco y se puso unas gafas», pensó Kira, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda. «No pude verle bien el rostro después del cambio porque la visión se cortó, pero... esta chica, Livia, también tiene el cabello negro y usa gafas. Apareció de la nada y se acercó a nosotros con una excusa perfecta. ¿Será una coincidencia? La autoridad de Raziel me susurró el nombre 'Lys', y ella admitió usarlo...».

Kira tragó saliva, decidiendo mantener sus sospechas ocultas por el momento, pero sin quitarle los ojos de encima a la extraña joven de gafas.

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¡Ring, dong…!

Las cuatro agotadoras horas de historia finalmente llegaron a su fin.

El cielo exterior ya estaba teñido de un profundo azul oscuro, salpicado por las primeras estrellas. El grupo de cinco estudiantes salió de la universidad y decidió buscar un nuevo lugar para cenar. Caminaron hasta el Distrito de los Artesanos y entraron a un restaurante llamado El Refugio de Ámbar, un lugar de dos pisos construido con madera oscura, iluminado por cálidas linternas de fuego atrapado en esferas de cristal, famoso por sus costillas asadas y su ambiente acogedor.

Apenas tomaron asiento en una mesa circular cerca de la ventana, Livia comenzó a actuar de forma extraña.

Hah… hah…

La respiración de la chica de gafas se volvió pesada y entrecortada. Pequeñas gotas de sudor frío perlaban su frente pálida. Sus manos temblaban sutilmente sobre la mesa de madera. El hambre, aquella necesidad primitiva y oscura de devorar la energía ajena, la estaba consumiendo por dentro; llevar tanto tiempo rodeada de auras tan puras y densas como las de Aziel y Kira estaba llevándola a su límite.

—Yo… lo siento mucho. Tengo que irme —murmuró Livia, levantándose de golpe, con la voz un poco rasposa—. Me surgió un imprevisto urgente.

Caleb, que se estaba estirando para desperezarse, la miró y soltó una carcajada burlona.

—Oye, si tienes que ir corriendo al baño porque te cayó mal algo del almuerzo, dilo sin pena. ¡A todos nos pasa! —bromeó el chico de los rizos sin ningún filtro.

¡Paff!

Kira le dio un manotazo seco y doloroso en la nuca a Caleb.

—¡Ay! ¡¿Por qué me pegas?! —se quejó él, sobándose la cabeza.

—¡Porque eres un idiota, no se le dicen esas cosas a una chica! —lo regañó Kira, fulminándolo con la mirada.

Livia ni siquiera se inmutó por la broma. Su respiración seguía acelerada. Hizo una rápida reverencia y salió del restaurante a paso veloz, casi corriendo, perdiéndose en las sombras de la noche.

—Qué chica tan rara —comentó Seraphina, parpadeando confundida.

Una vez que pidieron sus platos, Seraphina y Caleb, sintiéndose un poco culpables por haberse dormido, les pidieron a los otros dos que les contaran qué habían enseñado.

—En resumen —explicó Aziel, cortando un trozo de carne—, explicaron la estructura de las cinco Casas y cómo se alinean con sus ángeles guardianes. La Casa del Juicio de Camael rige el rigor y la tierra; la del Equilibrio sigue a Haniel con el aire; la del Legado, donde está Caleb, fluye con el agua y la memoria bajo Zadkiel.

—Y la Casa de la Claridad de Raziel custodia la luz y la verdad, mientras que la Estructura de Zaphkiel moldea el cristal y el tiempo —concluyó Kira, tomando un sorbo de té—. Básicamente, la ciudad se sostiene gracias a que estas cinco autoridades mantienen el orden del mundo material.

Estaban a punto de continuar la charla, cuando un sonido escalofriante rompió la paz de la noche.

—¡¡AAAHHH!! ¡Ayuda! ¡Que alguien traiga a los guardias!

El grito agudo de una mujer resonó desde la calle, muy cerca del restaurante.

Aziel, Seraphina, Kira y Caleb se levantaron de un salto, abandonando la comida, y salieron corriendo del local. Una pequeña multitud de transeúntes ya se estaba arremolinando en la entrada de un callejón oscuro y húmedo, iluminado apenas por la luz de la luna.

Los cuatro chicos se abrieron paso a empujones. Al llegar al frente, la escena los dejó paralizados.

Tirado en el suelo de piedra, yacía un hombre de unos treinta años. Su ropa estaba rasgada, con la camisa abierta y parcialmente desnudo. Estaba completamente inconsciente, con la mirada perdida y en blanco, pero lo que lo hacía perturbador eran las marcas: todo su cuello y rostro estaban cubiertos de besos de labial carmesí. Además, tenía sutiles y crueles cortes en los brazos y el pecho, de los cuales brotaban finos hilos de sangre, como si hubiera sido arrinconado y sometido con violencia antes de ser devorado energéticamente.

No era una escena de muerte, pero la crudeza del abuso era profundamente incómoda y enfermiza.

¡Zzzzt!

A Kira le dio un vuelco el estómago. El rompecabezas finalmente hizo "clic" en su cabeza. Miró al hombre tirado y luego miró hacia la dirección por la que Livia había desaparecido hacía apenas quince minutos.

—No puede ser… —susurró Kira, con la voz temblando y los ojos anaranjados dilatados por el horror—. Es ella.

—¿Qué? ¿De qué hablas, Kira? —preguntó Aziel, poniéndose en guardia instintivamente.

Kira retrocedió un paso, alejándose de la multitud para que nadie más los escuchara, y jaló a sus amigos hacia un rincón de la calle. Estaba pálida.

—La visión que tuve anoche… vi a la chica de cabello rosado haciendo exactamente esto —explicó Kira, respirando agitadamente—. Ella abusaba de los estudiantes, los besaba para robarles la energía, y luego… luego se cambiaba el color del cabello a negro y se ponía unas gafas de lectura para pasar desapercibida.

Seraphina se tapó la boca con ambas manos, horrorizada.

—Cabello negro… y gafas… —murmuró la rubia, recordando a la perfección la apariencia de la amable chica que se les había unido.

—Hace quince minutos, Livia se fue del restaurante sudando y respirando con desesperación, como si tuviera una prisa. Y ahora, a unos metros de aquí, encontramos a una víctima con las marcas exactas de la chica de rosado —sentenció Kira, mirando a Aziel a los ojos.

El silencio que siguió fue absoluto, frío y pesado. El sonido de los guardias de la ciudad llegando a lo lejos parecía un eco distante.

Caleb, que había estado escuchando toda la deducción con los ojos muy abiertos y la mandíbula tensa, tragó saliva de forma ruidosa. Su típica actitud despreocupada se había esfumado por completo, dejando paso a un terror genuino.

—Eso significa… —balbuceó Caleb, mirando el asiento vacío a través de la ventana del restaurante, donde hace unos minutos estaba la chica—. ¿Eso significa que la chica de rosado… el demonio que roba energía y hace desaparecer a los estudiantes… estuvo sentada comiendo y riéndose con nosotros todo este tiempo?

Un escalofrío helado les recorrió la columna vertebral a los cuatro. La antagonista no estaba escondida en las sombras de la ciudad; estaba jugando con ellos desde el asiento de al lado.

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