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Undying Vigor (Novela)

Undying Vigor (Novela) – Capítulo 10

La luna bañaba con su luz plateada el balcón de la habitación de Aziel. El ambiente era tranquilo, roto únicamente por las risas suaves que compartían los dos jóvenes.

Seraphina estaba sentada en la cama junto a él, vistiendo su pijama holgada de tonos claros. Balanceaba las piernas de forma despreocupada, rozando sutilmente la alfombra con las puntas de sus pies descalzos.

—Te lo juro, pensé que Caleb iba a decir algo útil sobre la universidad, pero resultó ser el chico más perezoso que he conocido en mi vida —reía Seraphina, abrazando una de las almohadas—. ¡Y su reacción cuando nos llamó "primíparos"! Fue tan descarado que ni siquiera supe qué responder.

Aziel asintió con una media sonrisa, pero, por alguna razón que no lograba comprender del todo, las palabras de la chica comenzaron a sonar lejanas, como un eco.

Sus ojos castaños, sin que él pudiera evitarlo, se desviaron de los ojos dorados de Seraphina y comenzaron a trazar las líneas de su figura. Observó la suave curva de su cuello expuesto, iluminado por la luz de la lámpara. Su mirada descendió lentamente hacia la tela holgada de su pijama, deteniéndose en la tersura de sus muslos y en la forma delicada de sus piernas mientras las balanceaba con naturalidad.

Un calor sutil, remanente de aquella extraña vulnerabilidad que había sentido en el pasillo horas atrás, pareció despertar en su pecho. El ambiente de la habitación, de pronto, se sintió denso.

Seraphina seguía hablando sobre las clases, pero Aziel ya no la escuchaba. Movido por un impulso casi instintivo que nubló su habitual estoicismo, levantó la mano lentamente. Sus dedos rozaron la cálida piel de la mejilla de Seraphina, apartando con extrema delicadeza un mechón de cabello dorado que cubría parte de su rostro.

Ba-dump.

El roce de sus dedos fríos contra el calor natural que ella emanaba hizo que Seraphina se detuviera en seco. Sus palabras murieron en su garganta. Al levantar la vista, se encontró con los ojos castaños de Aziel mirándola con una intensidad profunda y silenciosa, casi devoradora.

¡Fush!

Seraphina se puso roja como un tomate en menos de un segundo. El calor de sus mejillas habría podido hervir agua. Presa del pánico y con el corazón a punto de salirse de su pecho, apartó la mano de Aziel con un manotazo rápido y torpe, retrocediendo hasta chocar contra el respaldo de la cama.

—¡¿A-Aziel?! ¡¿Q-Qué te pasa?! —chilló ella, tartamudeando, con los ojos dorados abiertos de par en par.

El grito agudo sacó a Aziel de su trance. Parpadeó un par de veces, volviendo a la realidad. Sin embargo, en lugar de ponerse nervioso o apartar la mirada avergonzado, mantuvo su expresión calmada, ladeando la cabeza ligeramente.

—Eres muy hermosa, Seraphina —dijo Aziel con total tranquilidad y franqueza—. Lo siento. Me perdí por un momento en mis pensamientos.

¡PUM!

Esa respuesta fue el golpe de gracia. La mente de Seraphina hizo cortocircuito. El humo parecía salirle por las orejas. Agarró la almohada más cercana y se la lanzó directamente a la cara a Aziel.

—¡N-No digas esas cosas de la nada con esa cara tan seria, idiota! ¡Me voy a dormir! —gritó ella, poniéndose de pie de un salto y corriendo hacia la puerta intermedia, cerrándola de un portazo que hizo temblar la pared.

Aziel, con la almohada aún en la cara, soltó una pequeña risa genuina en medio de la oscuridad.

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A la mañana siguiente.

Seraphina estaba terminando de peinar su cabello dorado en su habitación. Cada vez que recordaba la mirada profunda de Aziel y sus palabras de la noche anterior, un rubor intenso regresaba a sus mejillas, obligándola a abanicarse con las manos.

«¡Cálmate, Seraphina! Seguro solo lo dijo porque estaba cansado… sí, eso es todo», se repetía mentalmente.

Para tratar de disipar sus nervios, decidió que lo mejor era actuar con total normalidad. Caminó hacia la puerta intermedia que conectaba sus habitaciones, tomó aire, y giró el pomo para darle los buenos días.

¡Clic!

—¡Buenos días, amo Aziel, espero que…!

Las palabras se congelaron en sus labios.

Aziel acababa de salir de la ducha. Estaba de pie frente a su armario, buscando ropa, vistiendo única y exclusivamente un pantalón corto oscuro. Las gotas de agua resbalaban por su cabello castaño y bajaban por su espalda y su torso descubierto. Aunque con ropa parecía un chico delgado y de complexión normal, sin ella, la historia era otra. La bendición de Camael había cincelado su cuerpo a la perfección; cada músculo, desde sus pectorales hasta su abdomen y brazos, estaba marcado con una densidad y firmeza que parecían esculpidas en mármol.

Aziel se giró lentamente al escuchar la puerta abrirse, parpadeando al verla allí de pie.

Seraphina abrió la boca, pero no emitió ningún sonido. Su rostro volvió a encenderse en un color escarlata deslumbrante.

—¡¡A-A-AVISA ANTES DE DESVESTIRTE!! —chilló Seraphina con todas sus fuerzas.

¡BLAM!

Cerró la puerta intermedia de un solo golpe, dejándose caer de espaldas contra la madera y deslizándose hasta el suelo mientras se cubría el rostro ardiendo con ambas manos.

Al otro lado, Aziel miraba la puerta cerrada con una gota de sudor en la sien.

—Pero… ¡Si esta es mi habitación! —respondió él, completamente confundido.

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Una hora más tarde, en la entrada principal de la Universidad Espiritual.

Caleb estaba apoyado contra una de las inmensas estatuas de cristal, bostezando abiertamente. A su lado, Kira revisaba unos pergaminos, ignorando olímpicamente las quejas de sueño del chico. Cuando Aziel y Seraphina llegaron, esta última aún evitando mirar directamente a los ojos a su compañero, los cuatro se saludaron y se dirigieron a su primera clase del día.

El auditorio estaba repleto. La clase de hoy era "Introducción a la Historia Angelical".

—Qué pereza —se quejó Caleb, dejándose caer en su asiento como si no tuviera huesos en el cuerpo—. Seamos honestos, esto es puro relleno de materia. A mí qué me importa lo que hicieron unos seres con alas hace miles de años. Es pura historia aburrida.

Al instante, la temperatura a su alrededor pareció caer en picada.

Aziel y Kira giraron lentamente la cabeza hacia él. Kira lo miraba con sus ojos de fuego anaranjado entrecerrados, emanando un aura de superioridad y advertencia, mientras que Aziel lo observaba con una expresión tan seria, densa y cargada de rigor que parecía a punto de aplastarlo contra la silla.

Ambos estaban directamente bendecidos por los ángeles de los que Caleb se estaba quejando.

Caleb tragó saliva ruidosamente. Un escalofrío le recorrió la espalda al sentir esas dos miradas asesinas perforándole el cráneo.

—B-Bueno, aunque viéndolo desde otra perspectiva… ¡Es una materia sumamente interesante y vital para nuestro desarrollo espiritual! ¡Sí, señor! —corrigió Caleb de inmediato, sentándose derecho como una tabla y sacando su pluma a toda velocidad.

Aziel y Kira asintieron, satisfechos, y volvieron su atención al frente.

Quince minutos después...

Seraphina miró de reojo hacia su izquierda. Caleb estaba completamente desparramado sobre el escritorio de cristal, babeando ligeramente sobre sus apuntes, profundamente dormido. Aziel y Kira simplemente negaron con la cabeza y decidieron ignorarlo.

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Muy lejos de allí, en un ala completamente opuesta de la universidad.

Una chica de cabello oscuro, recogido en una trenza estricta, y con gafas de lectura gruesas, caminaba por un pasillo vacío. Al detenerse frente a un espejo de agua decorativo, se quitó las gafas y se soltó el cabello. En un instante, los mechones negros comenzaron a recuperar un tono rosado pastel vibrante, y sus ojos cambiantes volvieron a encenderse con un hambre depredadora.

Visualizó a su presa: un estudiante alto, de complexión atlética, que leía un anuncio en un tablero.

Se acercó a él con pasos silenciosos y fluidos.

—Hola… Soy Lys —susurró ella, deslizando una mano delicada pero firme sobre el cuello del muchacho.

El chico se tensó, y sus ojos se nublaron casi de inmediato, sucumbiendo a la influencia embriagadora del toque.

—¿Me acompañas un momento a la zona oeste? —pidió Lys con voz dulce—. Hay algo que quiero mostrarte.

En completo silencio, el estudiante asintió, siguiéndola dócilmente.

Caminaron hasta la zona oeste de la universidad, un área de grandes andamios y columnas a medio terminar que estaba completamente desierta debido a las construcciones en curso. El silencio allí era absoluto, solo roto por el sonido de sus pasos.

Al llegar a una zona oculta entre muros de piedra y lonas gruesas, Lys se detuvo. Sin previo aviso, se giró hacia el muchacho. Su respiración se había vuelto agitada, pesada. El rubor febril dominaba su rostro pálido.

—Ya no aguanto más… —jadeó ella.

Lys se abalanzó sobre él. Con una fuerza desesperada y cruda, rasgó la camisa del chico, haciendo saltar los botones por el aire. Lo besó con una voracidad insaciable, devorando sus labios, su cuello, su pecho.

La saliva brillante se deslizaba por sus barbillas mientras ella, completamente fuera de sí por la necesidad de consumir aquella energía ajena, comenzaba a despojarse de su propio uniforme de manera frenética, ahogando los gemidos del muchacho bajo el peso de un deseo ardiente e incontrolable.

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Corte.

El silencio volvió a la zona de construcción.

Lys estaba de pie, alisándose los pliegues de su falda. Pasó una mano por su cabello, que volvió rápidamente a su aburrido color negro, y se colocó sus gafas gruesas. Al mirar su camisa blanca, notó que el cuello estaba ligeramente manchado de polvo y sudor, pero no le dio importancia.

¡Fushhhh!

Una fuerte ráfaga de viento sopló a través de los andamios. En el suelo, donde hace unos momentos había estado el estudiante de complexión atlética, ya no quedaba nada. Su cuerpo había desaparecido por completo, borrado del mapa como si nunca hubiera existido.

Lys caminó de regreso hacia los pasillos principales, mezclándose con la multitud de estudiantes con una apatía gélida. Miró hacia arriba a través del techo de cristal. El sol estaba justo en el cénit. Era mediodía.

Sintiendo el estómago vacío —aunque no de comida—, se dirigió hacia la cafetería central.

Mientras caminaba por el corredor principal, un chico de cabello castaño y rizado se detuvo frente a ella. Era Caleb, que acababa de despertar de su siesta y venía arrastrando los pies hacia el comedor.

—Oye, disculpa —dijo Caleb, rascándose la cabeza y mirándola con curiosidad—. Por casualidad, ¿no has visto pasar por aquí a una chica de cabello rosado?

Lys se detuvo. Lo miró a través del cristal de sus gafas y, lentamente, una sonrisa cálida y completamente inocente se dibujó en sus labios.

—No, lo siento mucho. No he visto a nadie con esas características.

¡Fushhhh!

El viento sopló a través de los pasillos de cristal, revolviendo los rizos de Caleb y la trenza negra de Lys.

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Caleb se alejaba por el pasillo de cristal, frotándose la nuca con una expresión de total incredulidad. Había intentado sacarle información a esa chica de gafas, y ella le había respondido con una sonrisa y una frase que destilaba una falsa inocencia casi palpable.

«¿Qué le pasa a esa chica? ¿Se cree la protagonista de la historia o qué?», pensaba Caleb, frunciendo el ceño y pateando una piedrecita imaginaria. «Digo, allá en mi mundo original las personas podían tener complejos de superioridad o un narcisismo extremo, pero verlo aquí en persona, con esa actitud tan sobrada… fue sumamente incómodo. Uf, qué escalofrío».

Sacudió la cabeza para espantar la sensación y aceleró el paso.

En el pasillo número 3 del inmenso edificio central, Aziel, Seraphina y Kira lo estaban esperando apoyados contra unos casilleros de madera tallada. Al verlo acercarse con las manos en los bolsillos, Seraphina se adelantó un paso.

—¡Hasta que por fin llegas, Caleb! ¿Por qué te demoraste tanto? —le recriminó la rubia, cruzándose de brazos—. ¿Encontraste alguna pista de la chica de cabello rosado?

Caleb soltó un bufido y se encogió de hombros.

—Nada. Se esfumó como si la hubiera tragado la tierra. Si estuviéramos en mi época y tuviéramos redes sociales, sería muchísimo más rápido stalkear a esa ladrona y encontrar su perfil, pero bueno, me toca caminar a la antigua.

Aziel, Seraphina y Kira ladearon la cabeza al unísono, con los rostros en blanco.

—¿Redes… sociales? ¿Qué es un estalkear? —preguntó Kira, pronunciando la extraña palabra extranjera con evidente confusión.

Caleb parpadeó, dándose cuenta de que había hablado de más. Agitó la mano en el aire restándole importancia.

—Olvídenlo, no lo piensen mucho. Modismos míos —rió nerviosamente—. El punto es que no la encontré. Pero ahora que es mediodía, los profesores también están en su hora de almuerzo. Podríamos ir a la zona de maestros y preguntarles directamente. Tienen que conocer a todos los estudiantes, ¿no?

—Es una idea lógica —asintió Aziel—. Vamos.

Mientras caminaban por los amplios corredores hacia la sala de profesores, Seraphina, que no podía soportar el silencio, inició la conversación.

—¿Saben? Estaba pensando… —comenzó ella, mirando el techo translúcido—. Los profesores aquí son muy diferentes a lo que imaginaba. Pensé que serían ancianos barbudos con túnicas grises regañando a todo el mundo, pero el maestro de meditación era súper joven, y la profesora Miriam parecía más preocupada por terminar su discurso que por nosotros.

—Es porque la universidad valora más el nivel de Fase que la edad física —explicó Kira, caminando con elegancia—. Alguien joven pero con una Fase 4 o 5 puede tener una autoridad espiritual mucho mayor que un anciano.

¡Tap, tap, tap!

Llegaron a la amplia terraza de descanso de los maestros. A través de los ventanales, divisaron a la Profesora Miriam, la de la clase de "Introducción a la Espiritualidad", tomando una taza de té. Los cuatro jóvenes se acercaron con respeto y la saludaron.

—Disculpe, Profesora Miriam —empezó Aziel—. Queríamos preguntarle si conoce a una estudiante en particular. Es muy delgada, tiene los ojos de un color extraño que parece cambiar, y un cabello rosado pastel muy llamativo y largo hasta la cintura.

La profesora se ajustó las gafas de media luna y frunció el ceño, pensativa.

—Cabello rosado… No, muchachos. Llevo diez años dando clases a los de nuevo ingreso y a los de semestres superiores, y no me suena en lo absoluto haber visto a una alumna con esas características. Con un color tan vibrante, la recordaría. Lo siento.

No se rindieron allí. Caminaron de profesor en profesor, topándose con la maestra Vespera de la clase de Entidades, e incluso con el joven maestro de meditación. Sin embargo, la respuesta fue exactamente la misma: nadie, absolutamente nadie, había visto jamás a una chica de cabello rosado en la universidad.

Salieron de la sala de profesores más frustrados que antes.

—Oigan… —murmuró Caleb, frotándose los brazos como si tuviera frío—. ¿Y si era un fantasma? Digo, nadie la conoce, apareció de la nada, y me robó la plata… ¡Típico de los espíritus muertos de hambre!

Kira se llevó una mano a la barbilla, con sus ojos anaranjados brillando con duda.

—Considerando que estamos en una escuela llena de anomalías espirituales… un espectro o una proyección astral no sería del todo imposible. Tal vez por eso desapareció sin dejar rastro.

—¡Claro que no! —interrumpió Seraphina, negando con la cabeza enérgicamente—. ¿Cómo va a ser un fantasma? ¡Los fantasmas son incorpóreos! Esa chica tocó a Aziel físicamente, yo misma tuve que apartar su mano, ¡y estaba helada, pero era sólida!

Caleb dejó caer los hombros, soltando un lamento dramático que resonó en el pasillo.

—¡Qué injusticia! ¡A Aziel al menos lo afectó con una brujería de control mental para someterlo! —se quejó el chico de los rizos, mirando al cielo con frustración—. ¡En cambio a mí, me robó mis ahorros en mis narices sin usar ni un solo truco! ¡Me dejé estafar por pura lástima!

Kira y Seraphina se miraron por un segundo antes de estallar en carcajadas.

—¿De verdad caíste tan fácil? —se burló Kira, cubriéndose la boca mientras reía—. ¡Para ser un chico que habla de cosas raras como "redes sociales", resultaste ser una presa muy ingenua, Caleb!

—¡No se rían, mi estómago está sufriendo las consecuencias! —lloriqueó él, uniéndose a las risas a regañadientes.

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El día avanzó y el cielo se tiñó de un profundo y hermoso color anaranjado. Las clases habían terminado y los cuatro jóvenes caminaban por la gran plaza de la ciudad.

Caleb se había empeñado en ir a cenar al mismo lugar del que Aziel y Seraphina le habían hablado: El Caldero de Bronce.

Mientras caminaban, el ambiente se tornó un poco más serio. El viento de la tarde parecía traer consigo murmullos inquietantes.

—¿Escucharon el rumor que corrió en la última clase? —preguntó Kira en voz baja, mirando a su alrededor—. Dicen que dos estudiantes de semestres superiores han desaparecido el día de hoy. Sin dejar rastro alguno. Sus compañeros encontraron sus mochilas tiradas, pero ellos simplemente se esfumaron.

Aziel frunció el ceño. —¿Creen que haya sido obra de alguna sombra o entidad que se filtró ayer durante el ataque de Lilith?

Caleb soltó una pequeña risa nerviosa. —O tal vez… ¿fueron atropellados por un carruaje y transportados a otro mundo mágico? Ya saben, el clásico destino de los protagonistas.

Al ver que los otros tres lo miraban con expresiones mortalmente serias y un tanto confundidas, Caleb tosió y agitó las manos. —¡P-Perdón! Fue una broma de mal gusto. Olvídenlo.

Seraphina soltó una risita suave para aligerar la tensión. —Ay, Caleb… si no es una cosa rara que dices, es la otra. De verdad tienes mucha imaginación.

¡Tap, tap…!

Unos pasos constantes se acercaron a ellos. Delante de la fuente central de la plaza, una figura femenina se interpuso en su camino. Llevaba el uniforme impecable, gafas de lectura gruesas y el cabello de un negro profundo recogido en una trenza estricta.

Caleb abrió los ojos de par en par y la señaló con el dedo, gritando sin ningún filtro:

—¡Hey! ¡Es la narcisista!

Aziel, Seraphina y Kira se giraron hacia él, completamente extrañados. No conocían la palabra "narcisista", pero por el tono de Caleb, no sonaba a un cumplido.

La chica de gafas ignoró olímpicamente el insulto. Con una sonrisa cálida y una compostura perfecta, se detuvo frente al grupo y los miró a través de los cristales de sus lentes.

—Lamento la interrupción —dijo ella con una voz suave y melodiosa—. Escuché por casualidad que estaban buscando a una estudiante de cabello rosado. Si me lo permiten, me gustaría ofrecerme a ayudarles a encontrarla. Conozco muy bien los rincones de esta universidad.

Los cuatro chicos se quedaron sorprendidos por la repentina y amable oferta de una total desconocida.

Internamente, detrás de esa fachada de estudiante modelo, la chica estaba soltando una carcajada oscura y retorcida. La emoción de jugar con sus presas en sus propias narices era un manjar delicioso. Ella era la misma chica de cabello rosado; ella era la sombra que había devorado a los desaparecidos, y ahora, se estaba infiltrando en el mismísimo grupo que la buscaba.

Hizo una pequeña reverencia, perfecta y calculada.

—Es un placer. Mi nombre es Livia. Espero que podamos llevarnos muy bien.

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