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Undying Vigor (Novela)

Undying Vigor (Novela) – Capítulo 1

Era una mañana hermosa. Donde un señor de unos cuarenta años llamado Julian, se encontraba caminando con su esposa Rebeca, llevando de la mano a sus dos hijos gemelos: un niño y una niña…

—¡Fush!~

Una ventisca… Una verdadera y fuerte ventisca helada se escuchó de pronto, seguida de un sonido crujiente, como si pesados bloques de hielo cayeran y se quebraran en pedazos.

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Era una hermosa mañana. Julian, un señor de cuarenta años, caminaba junto a su esposa Rebeca. Ambos adultos tomaban de las manos a su hijo único, llamado Kael. Al igual que sus padres, Kael tenía el cabello de color castaño oscuro y sonreía feliz mientras caminaba con ellos en medio de un hermoso campo de flores.

Llegado el mediodía, la pequeña familia decidió acercarse a un restaurante en medio de la ciudad por la que pasaban. Después de todo, ellos eran viajeros. Toda su vida se la habían pasado viajando y enseñando a las personas sobre cómo llevar una mejor vida, ayudando a otros sin pedir nada a cambio. Kael admiraba a sus padres, aun cuando su padre le regañaba por pedir cosas de más en las tiendas, o cuando su madre le incitaba a ser más respetuoso y ordenado.

Era una hermosa vida. Caminaban de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, hasta que llegaba la noche y se alojaban en un pequeño hotel o se hospedaban donde pudieran. Fueron unos largos dieciocho años de vida en constante movimiento. Conocieron personas, hicieron amigos y, aunque hubo momentos difíciles —como lidiar con personas que golpeaban a su padre, insultaban a su madre o miraban mal al chico, ya fuera porque no les agradaban o simplemente porque eran el blanco de críticas—, se mantenían unidos.

«Siento que esto está tomando mucho tiempo. Después de todo, la vida es agotadora cuando se vuelve un poco monótona…», pensó Kael con un suspiro.

—Kael, recuerdas lo que te he enseñado, ¿no? Hay que ser respetuoso, incluso cuando las personas resulten groseras. Después de todo, sentimos lástima por que sus vidas sean tan tristes que no tengan más remedio que atacar a otros… —le recordaba su madre a menudo.

Su madre siempre lo aconsejaba con firmeza; buscaba que Kael manejara la templanza, la paciencia y que no se dejara consumir por sus emociones.

«Ahora que lo pienso, cuando mi mamá me dice que no conteste a estas personas que son malas, parece que sí le afecta por la forma en que las describe…», reflexionó el joven mientras la observaba.

—¡Claro, ma! No te preocupes, lo voy a hacer… —respondió él con una sonrisa tranquilizadora.

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—Bueno, Kael, ahora que tienes tus dieciocho años, quiero que sepas que el mayor deseo que podría pedir para tu vida, es que puedas recibir la bendición de un ángel —dijo Rebeca, mirándolo con ternura.

—Mamá… ¿Una bendición de un ángel? Ni siquiera he visto a un ángel en mi vida, ni siquiera sé si existen para empezar… —replicó Kael, rascándose la nuca con incredulidad.

—Vamos, Kael… No le contestes así a tu mamá. Deja que ella termine de explicarte cuál es su deseo para ti, hijo —intervino Julian, poniendo una mano pesada y cálida sobre el hombro del chico.

—¡Gracias, amor! —sonrió Rebeca hacia su esposo, y luego se dirigió a su hijo—. Y es verdad, Kael, aunque tú nunca hayas visto un ángel, te puedo decir con total seguridad que los ángeles definitivamente existen. Después de todo, tu padre y yo los hemos visto. Definitivamente están ahí.

—Vale, ma… Pero, ¿cómo recibo su bendición? —preguntó él, lleno de curiosidad.

—Bueno… En verdad mamá tampoco lo sabe, Kael. Después de todo, es algo muy difícil de lograr. Precisamente por eso lo tengo como un deseo y no como una misión o algo así, ya que dependería de tu destino, y de que Dios te permitiera conocer a uno de sus ángeles —explicó ella con un tono solemne y esperanzador.

—Exactamente como dice tu mamá. Que Dios te permita tener un encuentro con ellos… —reafirmó su padre, mirando al cielo.

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Un día en una noche, cuando Kael y sus padres caminaban por un estrecho sendero boscoso buscando refugio, el aire a su alrededor se volvió anormalmente denso.

La temperatura cayó en picada en cuestión de segundos, congelando el rocío de las hojas y endureciendo la tierra bajo sus pies. De entre las sombras de los árboles emergieron figuras perturbadoras, envueltas en túnicas lúgubres que exhalaban un vaho helado. Eran miembros de la infame Familia Cocytus.

Julian y Rebeca no dudaron un instante. De inmediato se posicionaron frente a Kael, y de sus manos brotó un torrente de agua pura y brillante —la autoridad de su linaje espiritual— intentando formar una barrera.

Sin embargo, el poder de los asaltantes era abrumador. Con gestos gélidos y miradas vacías, los cultistas invocaron un frío antinatural que no solo congeló el agua de sus padres, sino que parecía congelar el espacio mismo, atrapándolos en una red de escarcha mortal.

—¡Kael, huye! —gritó Julian, mientras un pilar de hielo negro atravesaba brutalmente su defensa, hundiéndose en su pecho.

Rebeca, con el rostro bañado en lágrimas, usó sus últimas fuerzas para envolver a su hijo en una corriente de agua fluida, empujándolo lejos del peligro.

—¡Que Dios te guíe, hijooo! —sollozó ella. Un segundo después, la escarcha de los atacantes la alcanzó, cristalizando su cuerpo y el de Julian hasta fragmentarlos cruelmente en un millar de pedazos resplandecientes.

El impacto del agua arrojó a Kael hacia la oscuridad del bosque, llevándoselo lejos de la masacre. El terror, el dolor y la visión de sus padres destrozados quebraron su mente por completo, sumiéndolo en una profunda inconsciencia.

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¡Gasp!

Kael despertó exaltado, tomando una gran bocanada de aire.

Todo a su alrededor estaba oscuro. Al bajar sus manos temblorosas, sintió que estaba sentado sobre tierra fría y rocosa. Cuando sus ojos finalmente lograron adaptarse a la densa penumbra, se dio cuenta de lo absurdo de su situación: se encontraba completamente solo en una pequeña isla de tierra muerta.

A su alrededor, extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista en la oscuridad, yacía un inmenso y perturbador lago de aguas negras y quietas, un cuerpo de agua tan sereno que no reflejaba ni un solo destello de luz. No sabía cómo había llegado allí. No había rastros del bosque, ni del hielo, ni de sus padres. Solo el eco del silencio y un vacío desgarrador en su pecho.

De repente, la inmensidad de aquel abismo atemporal se estremeció. No hubo luz celestial ni coros angélicos. Una presión aplastante descendió sobre la isla, como si la gravedad misma intentara obligar a Kael a postrarse. El aire se volvió asfixiante, cargado de una presencia de rigor y fuego que no ardía, pero que paralizaba.

Una figura imponente se materializó frente a él. Su armadura parecía forjada con la misma esencia del límite absoluto; su cabello de un color anaranjado oscuro, y un par de alas majestuosas del mismo color de su cabello se extendían detrás de su espalda, ésto junto a sus ojos, que eran como brasas que juzgaban sin piedad el caos de la existencia.

—Este no es lugar para los muertos que aún respiran —resonó la voz del ángel, vibrando en el pecho de Kael como un terremoto contenido.

El dolor por la pérdida de sus padres se transformó rápidamente en una determinación ciega e iracunda. Recordó las palabras de su madre. Allí estaba, un ángel. El ser que debía otorgarle una bendición.

—¡No vine aquí a morir! —Kael se puso de pie, con las piernas temblando pero los puños apretados—. Mi madre pidió que un ángel me bendijera. ¡Dame la fuerza para que nadie más tenga que ser congelado y destruido!

El ángel lo miró con indiferencia.

—La bendición del rigor no es un consuelo para un alma rota. Eres un recipiente frágil. Retrocede y acepta tu fin.

Pero Kael no retrocedió. Consumido por una rabia justa y una terquedad inquebrantable, se abalanzó sobre el ángel, aferrándose a sus vestiduras espirituales. Al contacto, las manos de Kael sintieron un dolor abrasador, como si tocara hierro al rojo vivo, pero se negó a soltarlo. Camael intentó sacudírselo de encima con la fuerza de un huracán, arrojándolo contra las rocas de la isla.

¡Crack!

El chico escupió sangre, pero se levantó una vez más y embistió de nuevo, atrapando el brazo de éste ser. La noche en aquel umbral infinito se convirtió en una arena de agonía. Forcejearon durante horas que parecían milenios. Kael fue aplastado, golpeado, quemado por la simple presencia de Camael, pero la memoria fragmentada de su familia y el instinto de sobrevivir lo obligaban a levantarse. No pedía piedad, exigía la autoridad para poner un límite al caos que le había arrebatado todo.

Finalmente, cuando un tenue destello dorado comenzó a quebrar la oscuridad infinita del lago —el amanecer en el mundo espiritual—, el forcejeo cesó. Camael miró al humano maltrecho que, aún de rodillas y respirando con dificultad, mantenía sus manos fuertemente aferradas a él.

El ángel alzó su mano brillante y la posó sobre la cabeza del muchacho.

—Has forcejeado, Dios te ha dado vigor y no te has quebrado —declaró Camael, su voz ahora poseía un tono de reverencia solemne—. Tu voluntad es el límite que la Fuerza demanda. Kael ha muerto en la oscuridad de esta noche junto a su pasado.

Una luz deslumbrante y candente atravesó el pecho del joven, grabando a fuego la marca en su misma alma. El dolor desapareció, reemplazado por una pesada y eterna quietud en sus huesos.

—Levántate —ordenó el ángel, desvaneciéndose lentamente en la aurora del umbral—. Desde este amanecer llevarás la marca de la Fuerza. ¡Ahora te llamarás Aziel!

Y entonces, Aziel abrió los ojos de nuevo en el mundo de los vivos, completamente solo, pero sellado para la eternidad.

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