Una pastilla, una diminuta cápsula recubierta por una capa hidrosoluble biológicamente inocua; una capa cuya existencia misma es el resultado de un siglo de investigación y avances tecnológicos. Una síntesis artificial de sustancias químicas y producto de procesos complejos. Y, al final, un medio para alcanzar un fin. Una forma de administrar una mezcla de otras sustancias químicas con un propósito determinado: vitaminas para la nutrición, medicación para el tratamiento o... tal vez algo más. Confiamos en que lo que ingerimos no nos hará daño y en que quienes lo crearon tenían las mejores intenciones. Pero, a fin de cuentas, resulta difícil, o quizás imposible, saber realmente qué hay dentro de una pastilla. Eso fue así hasta el día en que ingresé en un centro de investigación como sujeto de pruebas. Lo único que hice fue tragarme una pastilla que, según me dijeron, era un suplemento para la salud.