Sonrisa del Cielo permaneció inmóvil, con la mente en blanco.
¿Cuántas veces había imaginado este momento?
Desde que Sombra le reveló que en algún lugar allí fuera, en el vasto y espantoso mundo del Hechizo de Pesadilla, había una niña abandonada que era su hija... ¿cuántas veces había imaginado conocerla?
Al principio, Sonrisa del Cielo imaginaba su encuentro con trepidación. Después de todo, había resultado ser una madre patética, peor que patética. Había madres que abandonaban a sus hijos, y otras que los despreciaban y maltrataban. Pero, ¿cuántas madres existían que ni siquiera sabían que su hijo existía?
En ese sentido, Sonrisa del Cielo había logrado una hazaña bastante singular.
Pudo haber encontrado algo de consuelo en la hueca fantasía de que su hija había tenido una buena vida incluso sin ella —al fin y al cabo, la niña habría sido criada por su esposo y los ancianos del Clan de la llama Inmortal—. Pero Sombra había destrozado esa fantasía antes de que pudiera siquiera formarse.
Según él, todos los conocidos de Sonrisa del Cielo estaban muertos o habían desaparecido. Entonces, ¿cómo había crecido esa niña? ¿En quién se había convertido?
San Cor le había dado a Sonrisa del Cielo algunas respuestas...
Parecía que su hija había crecido hasta convertirse en alguien sobresaliente. Alguien calificada para desafiar la Quinta Pesadilla, al menos —lo que significaba que era una Suprema—. Para Sonrisa del Cielo, los campeones del mundo despierto seguían estancados en poder convertirse únicamente en Maestros, por lo que la idea de que su hija fuera Suprema era asombrosa.
Algunas de sus preocupaciones se habían calmado con las palabras de Estela de la Ruina.
Sin embargo, una nueva preocupación había estado royendo su corazón desde entonces.
Había conocido a Sombra, al fin y al cabo. Y Sombra... las grietas no habían sido muy notables al principio, pero después del Inframundo, supo que él era un ser roto. Comprendió que esta Pesadilla hacía algo a los Supremos que ella misma no había experimentado.
Así que, cuando Sonrisa del Cielo pensó en encontrarse con su hija en el camino hacia el Primer Reino, no pudo evitar sentirse preocupada.
Ya no le preocupaba ser recibida con desdén y hostilidad. Más bien, temía encontrar a su hija tan destrozada como Sombra parecía estar.
Aun así, nunca había esperado conocerla tan pronto.
Y jamás había imaginado que su hija resultaría ser la criatura de las leyendas: Abismo Blanco, la mítica soberana del Primer Reino. El ser que, más o menos por sí sola, había empujado a la humanidad desde la oscuridad de la prehistoria hasta el resplandor de la civilización.
...Sobre todo, nunca había esperado ser recibida con una indiferencia tan absoluta y desgarradora.
—Las... noticias de mi muerte fueron sumamente exageradas.
Habló sin saber realmente lo que decía, con voz rígida y titubeante. Abismo Blanco la estudió durante unos segundos, luego asintió levemente.
—A veces recuerdo haber pensado lo mismo. Aún así, qué coincidencia tan divertida.
Finalmente, Sonrisa del Cielo logró recomponerse... más o menos.
Aún estaba en shock, pero empujó ese shock hacia un compartimento separado de su mente y se obligó a lidiar con ello más tarde. Por ahora, necesitaba concentrarse en la hermosa criatura frente a ella... en su hija.
—¿Eres v-verdaderamente mi hija?
Sonrisa del Cielo sintió que su pregunta era increíblemente grosera, e hiriente, la verdad. Después de crecer sin una madre, ¿quién querría ser recibido con dudas tras un reencuentro tan esperado?
Pero aun así no pudo evitar preguntar.
Para su sorpresa... para su consternación... Abismo Blanco no pareció ofendida en absoluto. Ninguna emoción se agitó en sus llamativos ojos grises, los cuales permanecieron fríos e insensibles, como si el concepto mismo de sentir algo le fuera ajeno.
Abismo Blanco se encogió de hombros y se dio la vuelta, contemplando el cadáver ennegrecido del hombre llamado Kanakht. Su voz era uniforme:
—Una milmillonésima parte de mí es tu hija. Concedido, es una parte importante... la primera parte. Así que tiene cierta trascendencia.
¿Qué quería decir con eso?
Sonrisa del Cielo se obligó a respirar, dudó por un momento y luego dio un paso vacilante lejos del borde del abismo sin fondo detrás de ella.
Se sentía desconcertada y desanimada, pero también albergaba un atisbo de esperanza. Sí, Abismo Blanco parecía un ser completamente desprovisto de humanidad, una deidad primigenia aterradora e insensible...
Pero había actuado para evitar que Sonrisa del Cielo saliera lastimada por sus llamas.
Eso significaba que en algún lugar, bajo toda esa indiferencia alienígena, su espíritu humano no se había apagado por completo todavía. Al menos eso fue lo que Sonrisa del Cielo decidió creer, queriendo aferrarse a esa débil llama y ayudarla a crecer con más fuerza.
¿Qué era lo que había dicho San Cor?
Canción de los Caídos dice que si quieres encontrarla, necesitas viajar a las ruinas del Primer Reino y convencer a alguien llamado Abismo Blanco de que haga una visita al Palacio de Jade.
Canción de los Caídos era una retadora de la Pesadilla, igual que Abismo Blanco y Sombra. Ella había enviado a Estela de la Ruina a liberar a Sonrisa del Cielo del cristal de estasis y la había señalado en dirección a su hija... así que, incluso si sus motivos seguían siendo misteriosos, Sonrisa del Cielo se inclinaba a interpretarlos como buena voluntad.
Solo podía esperar que Canción de los Caídos aún albergará la ambición de conquistar esta Pesadilla, y que sus acciones persiguieran ese objetivo.
Y mientras la Pesadilla fuera conquistada, tanto Abismo Blanco como Sombra —si seguía vivo— regresarían al mundo real.
Probablemente tendrían una mejor oportunidad de reconstruirse allí.
Sonrisa del Cielo inhaló profundamente, queriendo continuar la conversación con Abismo Blanco.
Espera, no.
Abismo Blanco... ¿no era eso meramente un título? Sintiéndose avergonzada de repente, se dio cuenta de que ni siquiera sabía el nombre de su hija.
Así que, superando su vergüenza, preguntó:
—¿Cuál es tu nombre?
Abismo Blanco le dedicó una breve mirada, luego se giró de nuevo hacia el cadáver achicharrado.
—Los nombres van y vienen.
Su voz seguía siendo indiferente.
Permaneció en silencio un momento, luego añadió en un tono distante:
—Nephis... así es como me llamaban una vez, hace mucho tiempo. Creo.
Sonrisa del Cielo sonrió débilmente.
—Ese es un buen nombre.
Vaciló un poco, luego dijo en un tono avergonzado:
—Me llamo Sable.
Aunque la mayoría de la gente solía llamarla por su Nombre Verdadero.
Sonrisa del Cielo se congeló.
Ugh... soy una idiota, ¿verdad?
¿Cuáles eran las probabilidades de que Abismo Blanco... de que Nephis no conociera el nombre de su propia madre?
Y de hecho, un segundo después, llegó una respuesta indiferente:
—Lo sé.
Luego, hubo silencio.
Ahora que Sonrisa del Cielo se había recuperado más o menos de su shock inicial, pudo observar adecuadamente a Nephis. A pesar de la terrible situación en la que se encontraba... a pesar de todo... no pudo evitar sentir que una calidez peculiar se extendía por su pecho.
¡Solo... solo mírala! ¡Esa es mi hija!
Su pálida sonrisa se ensanchó un poco.
De verdad se parecian mucho. Nephis había heredado los ojos de su padre, pero el resto de ella se asemejaba a Sonrisa del Cielo. Solo que era más alta, con una mirada más fría... y mucho, mucho más hermosa.
¡Mira qué encantadora es mi hija! ¡Mira todo lo que ha logrado!
Sonrisa del Cielo no pudo evitar imaginarse siendo la envidia de todas las demás madres. Si alguna vez llegara a escuchar a otras madres presumir de sus hijos, podía imaginarse a alguien diciendo:
—¿Mi hijo? Se acaba de graduar de la Academia... a la cabeza de su promoción, naturalmente. ¡Ah, gracias, gracias! Sí, ya tiene un trabajo asegurado en el gobierno. ¿Y tú, la mamá de Neph? Ella también es Despertada, ¿verdad?
Y entonces, Sonrisa del Cielo miraría hacia abajo fingiendo timidez y diría:
—¿Oh, Nephie? Bueno, ella... ella ya es Suprema, así que siempre está ocupada. Rara vez la veo, ¡pero qué le vas a hacer! ¡Su trabajo es muy importante!
¿Quién se atrevería a presumir después de que Sonrisa del Cielo hubiera presumido?
Aunque... su hija era mayor que ella, lo cual no era una situación que la mayoría de la gente experimentara.
¿En qué estoy pensando?
Sus pensamientos estaban en completo desorden, pero eso era de esperarse. Con cómo la presencia de Nephis afectaba a las personas, era difícil mantener el control de los pensamientos y deseos propios —el hecho de que Sonrisa del Cielo pudiera mantener la cabeza fría ya era un milagro menor—.
El punto era que Nephis —Abismo Blanco— se encontraba en un estado precario.
Al igual que Sombra, quien parecía haberse perdido en la Pesadilla, ella no estaba del todo en su sano juicio.
Sonrisa del Cielo necesitaba encontrar la manera de traerla de vuelta, pero no sabía cómo.
Probablemente no era algo que pudiera hacerse en un día o dos.
Así que, por ahora...
El primer paso sería sacarla de esta antigua tumba y mantenerse a su lado. Tal vez Canción de los Caídos sabía cómo ayudar, por lo que seguir sus instrucciones parecía una buena elección.
Correcto. Primero necesito convencerla de que abandone las ruinas de este reino arruinado y vaya a Corazón de Cuervo.
Sonrisa del Cielo abrió la boca, con la intención de decir algo...
Pero en ese momento, otro sonido rompió el silencio de la vasta cámara.
Era el sonido espeluznante, áspero y aterrorizante del aliento ronco de alguien.
Alzando la vista lentamente, Sonrisa del Cielo miró hacia donde Nephis estaba mirando: a los restos ennegrecidos y esqueléticos del gobernante original del Primer Reino.
En ese instante, el cadáver achicharrado se movió débilmente.
Abismo Blanco lo miró fijamente con el ceño fruncido y preocupado.
—Qué tedioso.
Dicho esto, ascendió los escalones del trono con pasos decisivos y colocó su mano sobre el pecho marchito del cadáver.
Un momento después, un destello de luz cegadora disipó la oscuridad, y el silencio de la vasta cámara fue destrozado por un lamento terrible y agonizante.