En el frente del Sur, el informe llegó al comandante Zhao:
—Tenemos dificultades para comunicarnos con los demás frentes. Creemos que los Marines de Plata luchan por contener y destruir las redes de comunicación enemigas. Sobre el sector donde se encuentra el Gran Kaituz, no podemos deducir su estado. En cambio, los Black Marines avanzan sin obstáculos; es probable que pronto logren cortar la línea de suministros adversaria. Solicito su guía, mi señor.
El comandante Zhao, al mando de la unidad especializada conocida como Los Sangrientos, reflexionó un instante. Miró a lo lejos la silueta de la colonia de Cartiuz 42 y pronunció con voz serena:
—Avancemos. Cada frente hallará su forma de combatir. Nosotros tenemos la nuestra.
—Entendido, mi señor —respondió uno de los suyos.
Zhao activó el comunicador de su casco y la orden llegó a todos:
—Escuchen bien: somos Los Sangrientos. Nuestra misión es aniquilar al enemigo y neutralizar sus defensas antiaéreas, esas que impiden que las cápsulas tomen tierra. Recordad quiénes somos.
Al unísono respondieron con fuerza:
—¡SÍ, SEÑOR!
Esta unidad no se parecía a ninguna otra. El honor, la disciplina y la lealtad lo eran todo para ellos. Eran guerreros implacables que apenas recurrían a armamento ellos en cambio; empuñaban espadas semejantes a katanas, de un negro abismo profundo, y portaban escudos de energía que desviaban los disparos enemigos. Despedazaban a cuanto se les ponía enfrente, tiñendo sus armaduras con la sangre de quienes osaban hacerles frente.
Zhao alzó su espada y la voz retumbó con fuerza:
—No existe un mañana si no somos capaces de borrar al enemigo de este mundo. Ningún adversario tiene poder bastante para detenernos. ¡Nadie puede contra Los Sangrientos!
—¡SÍ, SEÑOR! —respondieron al unísono.
Avanzaron en formación cerrada. El enemigo, al ver cómo su fuego era repelido por los escudos de energía, perdió el control y se lanzó desordenado contra ellos, intentando romper sus filas.
—¡Aquí luchamos! —exclamó un subteniente—. Para esto fuimos entrenados. El miedo ha sido arrancado de nosotros para siempre.
La gran unidad se dividió en dos, partiendo al enemigo por la mitad. Se movían con rapidez y precisión letal: un solo corte de sus espadas bastaba para destrozar a un adversario como si fuera nada más que una hoja seca.
Zhao arrastró a un enemigo frente a sí.
—Bestia… tu peor suerte ha sido que Los Sangrientos seamos tus oponentes.
Con un movimiento de su espada, le arrancó el cráneo. Alzó el arma ensangrentada y proclamó con voz que heló la sangre:
—Soy el comandante Zhao, líder de esta unidad. En mis filas, la muerte camina a mi lado. ¡Atacad, cobardes!
El enemigo se abalanzó sobre ellos, pero no lograba causar ni una sola baja. Los Sangrientos se volvían aún más temibles cuando rompían la formación: era entonces cuando todos desenvainaban sus espadas por completo. Y en ese instante, no había término medio: o el enemigo era reducido a pedazos, o ellos mismos serían partidos por la mitad.
La lucha del comandante Zhao por alcanzar y destruir las defensas antiaéreas enemigas avanzaba sin obstáculos aparentes. Los Sangrientos eran una unidad diseñada para la velocidad y el golpe rápido. Sin embargo, oculto en la sombra existía un peligro: el enemigo disponía de una fuerza especial conocida como Los Centinelas, capaces de volverse invisibles y portar armas de energía concebidas para atravesar cualquier escudo o defensa.
Mientras tanto, Zhao y los suyos seguían adelante, destrozando cuanto se les ponía enfrente, sin hallar un solo adversario que se atreviera a enfrentarlos cara a cara… ni siquiera un centinela.
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En el frente del Este, la situación era distinta y desesperada:
—Gran Kaituz… perdemos terreno. Los refuerzos enemigos toman tierra sin cesar y las comunicaciones con los demás frentes se han roto. No sabemos si lograrán cumplir su misión. Solicito su guía, mi señor.
Kaituz respondió con determinación:
—¿Y qué con eso? Avanzaremos sin importar el costo. Si alguien no es capaz de cumplir su cometido… entonces no merece seguirme en el campo de batalla.
Un marine estándar asintió, pero advirtió:
—Avanzaremos, Gran Kaituz… pero se ha reportado armamento de gran alcance y poder destructivo. Si disparan, nuestra unidad sufrirá graves bajas. Necesitamos destruir esas piezas pesadas.
Kaituz dio la orden de inmediato:
—comandante Milcar, infíltrense entre las líneas enemigas y destruyan ese armamento.
El comandante asintió con firmeza:
—Recibo la orden. Iré con un grupo de marines estándar y lo destruiremos.
Se apartó y se dirigió a los seis elegidos:
—Ustedes seis vienen conmigo. Nuestra misión: destruir el armamento de energía enemigas antes de que diezmen nuestras filas. ¿Alguna duda?
Uno de ellos sonrió con ligereza:
—¿Llegaremos a tiempo para la cena?
Su compañero le dio un suave golpe en la cabeza:
—¿Bromeas con esto? Podemos no volver.
El comandante Milcar intervino con voz serena:
—Si cumplimos rápido… quizá sí lleguemos a cenar. Pero escúchenme bien: nuestro deber es cumplir la orden, sin importar quién caiga. Cumplan su cometido.
Los seis respondieron al unísono:
—¡SÍ, SEÑOR!
Se apresuraron y se infiltraron mientras la batalla, con Kaituz a la cabeza, retenía y absorbía la atención del enemigo. Los seis marines avanzaron rápidamente junto a su comandante, entre grandes bosques, naves derribadas y estructuras rotas.
Al cruzar el casco de una nave destruida, encontraron a tres pilotos arrodillados, custodiados por un grupo de Los Cenienalas.
—comandante, podemos ayudarlos —propuso un marine.
—Mantengan su posición —respondió Milcar—. No podemos detenernos. Y no podremos siquiera contra un solo centinela. Tenemos una misión y no podemos apartarnos de ella.
En ese instante, uno de los centinelas atravesó con su arma el cuerpo de un piloto. Los otros dos permanecieron en calma, sin mostrar temor… hasta que uno de ellos soltó una carcajada estruendosa que heló la sangre:
—¿Eso es todo lo que tienen? ¿Esto es todo lo que son? ¡Ustedes, que se hacen llamar Centinelas, no son más que una basura! ¡Indeseables! ¿Me entienden?
Los centinelas intercambiaron señales entre sí. Uno de los pilotos no comprendía lo que ocurría; el otro, que seguía con los insultos, seguía mirándolos con desdén.
El centinela, a través de su dispositivo, intentó expresarse en el idioma humano:
—Es cierto… que los humanos… cuando están cerca de la muerte… surge el miedo en ustedes. ¿Tienes miedo, humano?
La voz traducida sonaba entrecortada, artificial. El piloto lo miró con desprecio y respondió:
—Oír nuestro idioma salir de ti… da asco. Es repugnante.
El centinela dio un paso hacia él:
—En tus ojos veo el miedo.
—¿Ah, ¿sí? —sonrió el piloto.
El segundo piloto, aprovechando que estaba cerca, arrebató una carga explosiva del cinturón del centinela y la activó. El enemigo no tuvo tiempo de reaccionar. Su traductor solo alcanzó a decir:
—Humano… maldito…
Ambos pilotos gritaron al unísono:
—¡POR EL EMPERADOR!
La carga detonó de inmediato. La explosión los consumió, pero también hirió gravemente a los centinelas y los lanzó lejos, destrozando su formación.
El comandante Milcar, que lo había visto todo, apretó los dientes y dio la orden:
—Avancemos. Aprovechemos este momento.
Su equipo lo siguió en silencio, con la mirada baja. Solo quedaban escombros y fragmentos dispersos… el último rastro de aquellos pilotos que habían sido capturados.
La infiltración continuó sin demora. Al llegar a la zona elevada, a una distancia prudente, lograron distinguir tres piezas de artillería enemiga de tamaño colosal y poder devastador. Los equipos las reajustaban y las cargaban con energía letal; sus cañones apuntaban directamente hacia el frente donde combatía el Gran Kaituz.
Milcar no perdió tiempo:
—Seremos rápidos. Eliminaremos a los controladores y a la guardia que los protege. Una vez despejado el camino, colocaremos cargas explosivas en cada una de estas armas. ¿Entendido?
Los seis marines asintieron al unísono.
Avanzaron y dispararon sin piedad contra los enemigos, abatiendo a los controladores. La guardia reaccionó de inmediato: uno de ellos alcanzó a disparar y arrancó la cabeza a un marine. Los demás no se detuvieron ni un instante y llegaron hasta las piezas.
Al pasar junto al cuerpo caído, el Comandante Milcar dijo con voz firme y dura:
—No hay tiempo para llorar a los caídos. Coloquen las cargas explosivas. El enemigo puede darse cuenta de que hemos tomado sus posiciones.
Los cinco marines restantes se apresuraron a colocar los artefactos.
—Listo. Diez segundos para la detonación —anunció uno.
—Bien. Retirémonos —ordenó Milcar.
Mientras se alejaban, uno de los soldados chocó contra algo que no se veía. Milcar, al ver que no había nada ante ellos, gritó de inmediato:
—¡Disparen! ¡Es un centinela!
La figura se hizo visible un instante y partió por la mitad al marine. Concentraron el fuego contra ella, pero el enemigo volvió a desaparecer. Giraron en todas direcciones buscándolo entre la vegetación, tensos y sin saber de dónde vendría el siguiente golpe. Otro marine fue atravesado por la espalda; sus armas dispararon al aire antes de caer.
—¡Maldito! —gritó un compañero, disparando a ciegas. Pero el centinela ya no estaba. Luchaban contra un enemigo que no era un simple adversario: era un cazador.
Uno tras otro cayó. Al final, solo quedó un marine junto al comandante Milcar.
—Vaya… parece que no llegaremos a tiempo para la cena —dijo el soldado con voz suave.
Milcar no perdió la calma:
—Tengo un plan. ¿Te queda alguna carga explosiva?
—Sí, señor.
—Bien —dijo Milcar—. Tú serás el cebo. Cuando dispares, el centinela atacará: van tras quien hace ruido, intentando acabar con él. En cuanto se deje ver, lánzale la carga y aléjate lo más rápido que puedas. ¿Entendido?
El marine asintió.
—Bien. Yo correré. Tú mantente aquí en posición.
Milcar salió corriendo. El marine disparó en todas direcciones para atraer la atención. El centinela atacó, atravesando con su arma a Milcar y dejándose ver por un instante.
—¡Malditooooo! —rugió el marine.
Pero Milcar, herido, sonrió y dijo:
—Te atrapé.
Lo sujetó con toda su fuerza y le clavó la carga explosiva en la coraza.
—Si muero… tú también verás el infierno conmigo.
El centinela intentó zafarse y huir, pero Milcar no lo soltó. La carga detonó, consumiendo al comandante Milcar y destruyendo al enemigo para siempre.
—¡NOOOO! —gritó el marine—. ¡comandante!
Pero ya era tarde. El comandante Milcar había caído.
El marine, al ver el cuerpo inerte del comandante Milcar, le hizo un saludo de despedida. Luego apuntó al centinela y disparó una última vez:
—Tenía que asegurarme de que murieras sin poder volver a levantaros.
En ese instante, una explosión estruendosa retumbó a sus espaldas: las cargas detonaron y redujeron a escombros el poderoso armamento enemigo. El soldado se alejó del lugar, con la determinación de regresar e informar al Gran Kaituz.
Mientras tanto, el comandante Fellmor señalaba las llamas en la altura:
—Gran Kaituz… se ven explosiones allá arriba. Creemos que Milcar ha cumplido su misión.
El marine llegó justo a tiempo y se presentó:
—Informe: hemos destruido el armamento pesado enemigo.
Kaituz respondió sin apartar la vista del frente:
—Bien.
—El comandante Milcar ha caído en combate —añadió el soldado—, pero no antes de eliminar a un centinela con su propia vida.
Kaituz asintió solemnemente:
—Milcar… ha logrado una hazaña digna de su nombre. Avancen.
El comandante Fellmor transmitió la orden a todas las filas:
—¡Mantengan la formación! ¡Avancen! ¡Concentren todo el fuego contra el enemigo! El comandante Milcar ha caído en el campo de batalla… pero murió con honor, destruyendo a un centinela. ¿Cómo prefieren morir: como cobardes… o como héroes del Imperio?
Al unísono rugieron:
—¡COMO HÉROES DEL IMPERIO! ¡AAAAAH!
Con ese grito, descargaron todo su poder contra el adversario y avanzaron imparables, recuperando el terreno perdido.
Desde la retaguardia, las sombras avanzaban junto al científico. Una de ellas habló:
—Estamos por llegar al punto de encuentro. Recuerde: una vez ante el Gran Kaituz, su seguridad quedará en sus manos. ¿Entendido?
El científico asintió sin añadir palabra. Estaban cerca. En todos los frentes el resultado era distinto, pero la humanidad se mantenía impasible, negándose a ceder un solo palmo de tierra y avanzando sin importar los sacrificios que ello conllevara.
Continuará…